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miércoles, 13 de octubre de 2010

El dromedario no es un camello defectuoso

Publico a continuación un escrito, obra de Miguel A Santos Guerra, que en esta oportunidad se refiere a la atención a la diversidad, a la necesidad de construir una escuela que respete las diferencias individuales, cuidando la autoestima de los alumnos. Como nos tiene acostumbrado el autor, se trata de un texto muy claro y profundo a la vez.

Miguel Ángel Santos Guerra
Doctor en Ciencias de la Educación.
Diplomado en Psicología.
Catedrático de Didáctica y Organización Escolar.
Autor y Director de libros, colecciones, revistas y publicaciones de libros sobre educación.
Miembro de la Comisión Asesora para la evaluación del sistema educativo de la
Junta de Andalucía.


El Dromedario No Es Un Camello Defectuoso


¿Qué pensar de quien considerase deforme a un dromedario por tener dos jorobas en lugar de una sola como le sucede al camello? ¿Sería justo que maltratase al animal con golpes, insultos y exigencias a las que no puede responder? ¿Sería lógico que pretendiese eliminar una de ellas para que se asemejase al deseado modelo? ¿Sería justo que le castigase por su “maldita diferencia”?

Lo mismo podríamos decir de quien pensase que la gallina es un águila defectuosa y pretendiese hacerla volar a base de un absurdo y estéril adiestramiento. Un camello es un camello. Un dromedario es un dromedario. Una gallina es una gallina. Un águila es un águila. Estas afirmaciones que parecen obviedades cercanas al ridículo están frecuentemente negadas cuando, en la escuela por ejemplo, tratamos a los niños y a las niñas como si fuesen iguales, como si tuviesen que acomodarse a un prototipo. Quienes se alejan de ese modelo, de ese arquetipo, parece que tienen alguna deficiencia, alguna tara. Son, por consiguiente, niños defectuosos.

Una niña, por ejemplo, sería un niño defectuoso. Por eso llora, por eso es mala en matemáticas, por eso es charlatana. Un niño con síndrome de Down sería un niño normal defectuoso, que no puede aprender nada, que no puede valerse por sí mismo. Un niño gitano sería un niño payo defectuoso, incapaz de hablar bien, de comportarse cortésmente. Un niño magrebí sería un niño andaluz defectuoso, que no domina la lengua castellana, que no conoce las costumbres, que no sabe quién es la Virgen del Rocío.

El modelo lo constituye el varón, blanco, sano, inteligente, autóctono, creyente, payo, vidente, ágil, oyente, castellanoparlante... Los demás son “anormales” o, lo que es peor, “subnormales”. La institución escolar alberga problemáticas muy diversas, no sólo debidas a las diferencias infinitas individuales sino a las diferencias grupales (étnicas, lingüísticas, culturales, religiosas, económicas, de género...). Hay que caminar hacia una escuela inclusiva. Lo cual exige hacerse permanentemente esta pregunta: ¿a quién excluye la escuela?, ¿a quién le pone trabas para una integración plena? Si un centímetro cuadrado de piel (las huellas digitales) nos hacen diferentes a miles de millones de individuos, ¿qué no sucederá con toda la piel? Con todo lo que ésta tiene dentro, con la historia y las vivencias y las emociones y las expectativas. No hay un niño exactamente igual a otro. Ni siquiera dos gemelos univitelinos pueden considerarse idénticos. Su historia es distinta, sus vivencias son diferentes. Como en la escuela la actuación se dirige hacia un alumno tipo, quienes no responden a él, se encuentran con dificultades de adaptación. No es la escuela la que se adapta a los niños sino éstos quienes tienen que ajustarse al modelo que se propone o se impone en la escuela. Lo digo no sólo por lo que respecta al aprendizaje de las materiales sino a la forma de comportamiento y de relación. Cuando se habla de “educación especial” creo que se produce una tautología. ¿Puede haber educación que no sea especial, que no refiera a cada niño en particular? O es especial o no es educación.

El riesgo está en pensar que la diversidad afecta solamente a aquellos niños con alguna deficiencia como la invidencia, la sordera, el síndrome de Down, la espina bífida. Como si el resto constituyese un grupo homogéneo, idéntico. No. Cada niño es único, irrepetible, irreemplazable. No existe ese “alumno tipo medio” al que nos solemos dirigir cuando hablamos o cuando evaluamos. La diversidad no es una lacra. Es un valor. Precisamente porque somos diversos podemos complementarnos y enriquecernos. Podemos ayudarnos. Y habrá más necesidad de ayuda para quienes tienen alguna dificultad o alguna carencia. La cultura de la diversidad necesita avivar la sensibilidad hacia el otro.

Imaginemos que en un Centro de Salud tuviera que atender un médico a los pacientes en grupos de 20 o de 30. Que tuviese que observar a todos los pacientes de forma simultánea durante un rato y luego recetar a todos la misma medicación. ¿Cómo podría responder a las necesidades de cada uno? Es probable que lo que le vendría bien a uno resultaría un desastre para otro. La atención a la diversidad exige cambios importantes en esferas muy distintas. En primer lugar en las actitudes de las personas. Me refiero tanto a padres como a profesores y alumnos. Hay que abrirse a los otros, aceptarlos como son, ayudarles a desarrollarse al máximo de sus posibilidades. En segundo lugar, en la organización de los centros. La atención a la diversidad tiene unas exigencias organizativas relacionadas con la flexibilidad, la creatividad, la autonomía y la audacia. Si la organización es rígida será difícil encontrar respuestas adaptadas. Si desde la Administración no se propicia, se cultiva y se apoya la iniciativa del profesorado, será imposible la respuesta adaptada a las exigencias que plantean los alumnos de cada escuela. En tercer lugar, requiere recursos personales y materiales. No se puede hacer frente a las exigencias de la diversidad sin más profesores, sin más espacios, sin más recursos. La cultura de la diversidad exige la puesta en funcionamiento de políticas de redistribución y de políticas de reconocimiento. Me explico. Hay grupos diferentes en la sociedad (pobres y ricos, cultos e incultos, por ejemplo). La solución para atender esta diversidad está en redistribuir los bienes para que esos grupos se nivelen. Hay otros grupos que son diferentes (por ejemplo, creyentes y agnósticos, payos y gitanos, homosexuales y heterosexuales...). Respecto a ellos es preciso que se desarrolle una política de reconocimiento, de valoración positiva, no de igualación, no de redistribución.

Todo ello tiene que ver con la autoestima, con la aceptación de sí mismo. Porque si el gitano se avergüenza de serlo, si el emigrante se siente acomplejado, si el sordo no acepta su sordera, toda la intervención exterior resultará inútil. La atención a la diversidad exige el respeto a todas las personas. Pero, arranca del respeto de cada persona por sí misma. Permítaseme terminar con una pequeña fábula al respecto. Una hormiga le pregunta a un elefante: - ¿Cuántos años tienes? - Tengo tres años., contesta el elefante, con orgullo. ¿Y tú? La hormiga contesta, justificando su pequeño y vergonzoso tamaño: - Yo también tengo tres años, pero es que yo he estado malita.

sábado, 13 de marzo de 2010

Metacognición autoestima autoconcepto y autoeficacia

En el presente artículo su autora, miembro del Departamento de Departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), analiza una serie de conceptos fundamentales en los procesos de conocimiento y aprendizaje y la influencia que el control de las características personales del aprendiz pueden tener en estos procesos.

METACOGNICIÓN  es un constructo que hace referencia a la capacidad de conocer, analizar y controlar los propios mecanismos de aprendizaje, incluye el conocimiento y control de los actos personales entre los que destacaríamos, el autoconcepto, la autoestima y la autoeficacia (Monereo, Castello, Clariana, Palma, Pérez, 1995).



Con este término hacemos referencia al conocimiento de la propia mente, por lo que puede considerarse como parte esencial del autoconcepto o conocimiento de la propia realidad personal, que condiciona no sólo nuestra conducta sino también nuestras propias esperanzas o niveles de aspiración en la vida (Burón, 1999), es decir, autoestima y autoeficacia.


Por otro lado, en un sentido amplio entendemos por autoconcepto, el conocimiento de las propias capacidades mentales, incluyendo tanto aspectos cognitivos, como evaluativos/afectivos, constituyendo una organización cognitivo/efectiva que influye en la conducta.


Se puede decir que determina la conducta, el pensamiento y las reacciones emocionales ante situaciones conflictivas, y por consiguiente, que influye en la relación interpersonal (Paya, 1992).


Constituye el punto de partida en la realización de todos aquellos procesos  necesarios para construir una personalidad moral, autónoma y responsable. Implica la aplicación de habilidades de autoobservación y autoevaluación. Podría ser estructurado en tres dimensiones: la propia identidad, la autoestima y la autoconstrucción.


La enseñanza del uso estratégico de los procedimientos de aprendizaje, en la medida en que favorezcan la reflexión consciente, la regulación, la toma de decisiones en relación a las propias habilidades, contribuirá a la mejora del autoconcepto, y viceversa, un buen conocimiento y control sobre las propias capacidades contribuirá a un mayor nivel de conciencia y regulación, necesarios para conseguir un comportamiento estratégico.


Este conocimiento, más o menos estable, acerca de las propias habilidades tiene como consecuencia inmediata la generación de expectativas, positivas o negativas, en función de si el autoconcepto es positivo o negativo. La autoestima supone el valor o evaluación afectiva que el individuo realiza de sí mismo.


Finalmente, por autoeficacia, entendemos un conjunto de creencias que tiene un estudiante sobre su capacidad para aplicar correctamente los conocimientos y habilidades que ya posee, así como la percepción que tiene de sus posibilidades para realizar nuevos aprendizajes.


Creencia en las propias posibilidades

Muchas veces, la creencia en las propias posibilidades tiene más importancia que la posesión misma de las capacidades, medios o soluciones para conseguir tal o cual cosa.
La anticipación del éxito puede ayudar a mantener la ejecución, la anticipación del fracaso puede conducir a ansiedad. Las altas expectativas de autoeficacia son la base de una ejecución exitosa, mientras que las dudas acerca de uno mismo pueden garantizar el fracaso.


El alumno puede utilizar los indicadores de autoeficacia para ejercer el control sobre el propio proceso de aprendizaje, pero será más capaz de ejercer ese control cuando tenga acceso a un repertorio de estrategias que favorezcan la regulación y el control sobre el propio aprendizaje. La autoeficacia mejora la verbalización, que en cualquier caso, es la explicitación de la conciencia sobre el comportamiento durante el aprendizaje.


Junto con el conocimiento no se puede olvidar la capacidad de regulación del mismo. La regulación del comportamiento es una dimensión de la metacognición, que implica conocimiento, control y valoración de las capacidades, que el aprendiz pone en marcha en el proceso de enseñanza/ aprendizaje y la consecuente toma de decisiones para optimizar el proceso.


El comportamiento del aprendiz será más estratégico en la medida en que el deseo de aprender este más orientado a experimentar el progreso personal y el dominio de la tarea (meta de aprendizaje), pero a su vez, el conocimiento de los medios para llevar a acabo la resolución de tarea, es decir, conocer que estrategias de aprendizaje puede utilizar, permitirá al alumno esperar resultados positivos y centrase en la aplicación de la información disponible. Es necesaria una combinación de aspectos motivacionales y cognitivos. Pueden ser alumnos altamente motivados pero no capaces de autorregulación, o pueden ser alumnos con un alto nivel en estrategias de autorregulación pero con un interés muy bajo (Monereo et al., 1995).


Por tanto, podemos concluir considerando que el hecho de que un aprendiz sea capaz de actuar de forma cada vez más autónoma sobre su propio proceso de aprendizaje, implica al mismo tiempo ser capaz de conocer y controlar la influencia que sus características personales como aprendiz pueden tener en este proceso.


Esperanza Bausela Herreras


Doctora en Psicología y Ciencias de la Educación,


Facultad de Psicología de la UNED

Fuente

http://comunidadescolar.educacion.es/


 


 

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