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jueves, 24 de febrero de 2011

El mono Federico

Algunas veces los educadores, los padres y madres y los políticos (entre otros agentes benefactores) ponen especial empeño en adivinar cuál es el interés de sus alumnos, hijos y súbditos respectivamente.
Para ayudar a sus protegidos o beneficiarios deciden sin consulta previa y sin duda alguna qué es lo que les hace falta, lo que más necesitan o lo que más les gusta. Ni por asomo se les ocurre pensar que pueden estar equivocados y que son los interesados quienes de verdad saben lo que les importa. Estos agentes suelen utilizar frecuentemente la expresión “por su bien” para justificar su comportamiento unilateral, pretencioso, paternalista o autoritario. “Por su bien” imponen unas decisiones, premian comportamientos o hacen concesiones y regalos.

Esa tendencia a etiquetar como “menores de edad” a las personas, a considerarlas incapaces de saber lo que quieren, necesitan y desean es un error de la educación y una perversión de la política. Utiliza Holderlin al respecto una hermosa y profunda metáfora: “Los educadores forman a sus educandos como los océanos forman a los continentes: retirándose”.

No es fácil. La tentación es anegarlos, es decir pensar por ellos, decidir por ellos, actuar en lugar de ellos. El problema reside en que no siempre aciertan en esa suposición, sea por ingenuidad, sea por despiste, sea por pura perversión. Resulta curioso que, en ocasiones, el esfuerzo que hacen resulte estéril o, incluso, perjudicial. Lo voy a explicar con una historia. Alguien ha dicho que la distancia más corta entre una persona y la verdad es un cuento. No sé si será muy cierta la afirmación. Por si acaso, voy a expresar esa idea a través de una curiosa historia que he leído recientemente en el libro “La ecología emocional”, historia que trascribo libremente. Se cuenta que una señora argentina va a comprar dos pasajes de primera clase para un viaje de Buenos Aires a Madrid. En el transcurso de la conversación el empleado de la agencia se dio cuenta de que el acompañante de la señora era un mono. La compañía se opuso a que viajase en el avión un mono y no aceptó el argumento de la mujer de que si ella pagaba podía decidir con quién viajar, a dónde y cómo. Aún así la señora, que tenía mucha influencia, consiguió gracias a la recomendación de un directivo de la compañía, que se aceptase que el mono pudiera viajar en una caja especial cubierta con una lona, en la zona de azafatas del avión, en lugar de hacerlo en la bodega del avión con los equipajes facturados.

De mala gana la mujer aceptó, de modo que llegó al avión con una jaula cubierta por una lona que llevaba el nombre bordado de Federico. Ella misma se ocupó de que quedara bien instalada y se despidió del mono tocando la lona y diciendo: - Pronto estaremos en tu tierra, Federico, tal y como le prometí a Joaquín. A mitad del largo viaje una azafata tuvo la ocurrencia de dar un plátano y agua al mono y, al levantar la lona, se dio cuenta de que el animal estaba muerto, tendido en el suelo de la jaula. Rápidamente avisó a los compañeros quienes, consternados, sabiendo las elevadas influencias de la señora, llamaron a la base para explicar el suceso y pedir instrucciones. Se les dice que es preciso que la señora no se de cuenta de nada, puesto que sus puestos de trabajo peligrarían. - Tenemos una idea, -les dicen- haced una foto del mono y enviadla por fax al aeropuerto de Barajas y nosotros daremos instrucciones para reemplazar al simio por otro idéntico tan pronto como aterricéis.

El personal lo hizo al pie de la letra. Al llegar a Madrid tuvo lugar la sustitución. Compararon la foto del mono con el sustituto y después de algunos retoques dejaron al simio dentro de la jaula y se llevaron el cadáver de Federico. Al bajar del avión la señora reclamó impaciente la jaula al sobrecargo.
- Aquí tiene el mono, señora. - Ay, Federico, finalmente estamos en tu tierra..., dice la mujer levantando la lona. Y añade, estupefacta: - Pero...¡si éste no es Federico! - ¿Cómo que no es Federico? ¿No ve, señora, que es su mono?. - De ninguna manera, éste no es Federico. - Señora, todos los monos son iguales. ¿Cómo sabe que no es Federico? - Muy sencillo, porque Federico... estaba muerto. La mujer llevaba al mono a enterrar a España porque se lo había prometido a su marido, Joaquín, antes de que éste muriera.

Dar por supuesto el deseo, la necesidad, el interés y el gusto de los demás lleva a pintorescas, tristes y, a veces, dramáticas situaciones. Conduce también a esfuerzos baldíos y a comportamientos abusivos. El interesado sabe en qué consiste su bien.

Pensar que al hacerlo se equivoca y que los demás lo conocemos mejor y somos más sabios y más honestos que él mismo, lleva a cometer errores como el de los miembros de la tripulación de nuestra historia. La sobreprotección es una actitud dañina y egoísta que impide que el otro sea él mismo y crezca con libertad. La sobreprotección, paradójicamente, es destructiva y anuladora. Satisface a quien la practica, pero anula y destruye a quien la recibe. Hay que tener cuidado con el mono Federico.


Autor
Miguel Ángel Santos Guerra
Doctor en Ciencias de la Educación.
Diplomado en Psicología.
Catedrático de Didáctica y Organización Escolar.
Autor y Director de libros, colecciones, revistas y publicaciones de libros sobre educación.
Miembro de la Comisión Asesora para la evaluación del sistema educativo de la
Junta de Andalucía.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Autoridad

Conocemos el daño que provoca el autoritarismo. Se «obedece» por miedo a la represalia, al castigo y se acumula impotencia y odio. También sabemos que el abandono, la incertidumbre, el desamparo producen graves inseguridades en la conformación de la personalidad.

Tanto la inseguridad que provoca la amenaza y el castigo, como la inseguridad que se siente ante el abandono, son consecuencias de la falta de autoridad.


Pensemos, estimado lector, en la cantidad de chicos en peligro que nos rodean; estos chicos son los que, en poco tiempo, se transforman en «chicos peligrosos».


Son niños que carecen de la protección que proporciona la autoridad paterna. Luego, en forma alarmante, los adultos piden que la autoridad (jurídica, policial) haga algo. El pedido apunta a encerrar a esos niños que se volvieron peligrosos, o a matarlos porque «ya están perdidos». Estoy diciendo inseguridad como producto de la falta de autoridad.


Cuando crecemos sabiendo lo que está bien y lo que está mal, la seguridad en nuestros actos se va afianzando porque los adultos nos «demuestran» que es bueno ser bueno; y que los malos ocasionan daños a los demás.


La mayoría de nosotros fuimos educados bajo estos principios, algunos con padres coherentes y otros con padres contradictorios. La coherencia o la contradicción, la fuimos descubriendo a medida que nos volvíamos adultos y comprendíamos la historia de nuestros mayores.


Pero lo que está bien y lo que está mal fue cambiando. Los valores se fueron devaluando. El valor de la vida se fue devaluando. La hipocresía se fue valorizando.
Los niños que se vuelven «peligrosos» no son solo chicos pobres. Los padres que tienen buena posición económica, también tienen «chicos peligrosos».


La falta de autoridad paterna, la violencia y el desamparo, se padecen en familias de distinta condición económica. Cuando la inseguridad (y no me refiero a la inseguridad ante los ladrones o asesinos) se instala durante la formación de la personalidad en un niño, tiene consecuencias de riesgo en su futuro. Riesgo para sí mismo y para «terceros», como dicen los peritos.


La verdadera autoridad se gana por mérito propio. Es ejercida cuando el Otro la reconoce. Se puede tener poder y no tener autoridad. Los argentinos tenemos dificultad en diferenciar autoridad de autoritarismo. Vea lector, como la historia siempre nos marca; en este caso la historia de nuestro país.


La Declaración de los Derechos del Niño, nos enseña a avanzar en la comprensión de nuestros chicos, no nos quita los derechos de los adultos. Respetar a un niño es conocer sus necesidades y entonces saber qué hacer con nuestra responsabilidad de adultos para con ellos. Ser responsables es poder dar respuesta.


Poner límites calma y protege (aunque el limitado se enoje), cuando decimos ¡Basta! se termina algo. El límite es mucho más que un «no». La aplicación de una sanción no alcanza si no va acompañada de una reflexión que le permita al niño o al joven expresarse, elaborar (aprender) y comprometerse con un comportamiento diferente.
El compromiso en el cambio de comportamiento, otorga seguridad. Y cuando nos sentimos seguros no tenemos ganas de transgredir, competir o agredir. La seguridad que se adquiere ante una eficaz puesta de límites, eleva la autoestima porque nos sentimos tenidos en cuenta, sentimos que tienen confianza en nuestra capacidad de cambiar.
Ser «discípulo» (viene de disciplina) es mucho más que ser un buen alumno, es seguir la opinión, la enseñanza de nuestro maestro o padre. Es ejercer con placer lo aprendido. Placer de identificarnos con el maestro.


Para recuperar la autoridad es importante recuperar la confianza y el amor por la tarea de educar, tanto en casa como en las instituciones. Tarea muy difícil en nuestros tiempos pero placentera cuando el lazo entre educador y educando se establece en un sincero compromiso afectivo.


 

http://www.elchubut.com.ar/

04/10/2009   Por la licenciada Irene Sofía Rojek

Contribuciones a la Educación -20-

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