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sábado, 6 de marzo de 2021

Cómo volver a la presencialidad

 Una discusión pública sobre el derecho social a la educación atravesada por expectativas desfasadísimas de la escuela real; la falta de balance honesto de la experiencia 2020 y 15 millones de niños, niñas, adolescentes y adultos que esperan definiciones sobre el regreso presencial a las aulas. En este texto Manuel Becerra propone tres líneas para pensar el debate: el sistema educativo federalizado, los semáforos y los protocolos. “La pandemia es una trampa: no hay pedagogías ni didácticas óptimas, no hay escuelas seguras”, dice pero apuesta a la utopía de encarar el problema con franqueza y buena voluntad.

 


Los docentes recordaremos enero de 2021 como las vacaciones mentales que no tuvimos. Nunca antes la discusión sobre nuestro trabajo y sus condiciones fue tan tironeada y operada en tiempos en los que nuestra mayor preocupación debería ser cuidarnos del sol. Sin tiempo ni espacio para hacer un balance real de la extraña experiencia de un 2020 pandémico, de encierro, desgarro social y emocional y paranoia por una enfermedad fantasmagórica, fuimos lanzados de una patada en el traste a ser objeto de experimentos para el regreso a una presencialidad plena que nos llena de asteriscos y preguntas.

 

La discusión pública sobre el derecho social a la educación está muy atravesada por expectativas desfasadísimas de la escuela real -sobre las que no reflexionaremos aquí, pero que son un gran problema-, una intención sostenida (aunque con intensidades variables) para desprestigiar el trabajo docente, y muchos recursos más que terminan conduciendo a un desierto bullicioso: todos gritan y nadie conversa. Quienes toman decisiones educativas o desconocen lo que gobiernan o, cuando aciertan, son invisibilizados entre el ruido.

 

En el medio, casi quince millones de niños, niñas, adolescentes y adultos que esperan definiciones acerca de cómo sería volver a las aulas físicas con el menor riesgo posible. La pandemia es una trampa: no hay pedagogías ni didácticas óptimas, ni hay escuelas seguras.

 

Anoté algunas líneas centrales que creo pueden aportar a ordenar algo del debate. Las intencionalidades electorales (recordar siempre esto cuando veamos titulares estridentes sobre educación) las pasarán por alto, desde ya (tal vez, como digresión, una de las deudas que tenemos como sociedad –o tiene todo Occidente tiene, bah- es aprender a separar la paja mediática electoral del trigo real).

  

Un sistema educativo federalizado

 Las responsabilidades del Estado nacional y las de los Estados provinciales no son equivalentes. El Estado nacional no gestiona escuelas ni paga salarios docentes de manera directa, como sí lo hacen las provincias. En este punto existe un debate no resuelto sobre cuál es la función del Estado nacional: la última dictadura militar, el menemismo y el aliancismo, el macrismo y la actual gestión no le han dado un peso relevante y han optado por descargar la responsabilidad sobre las provincias. Se reserva, eso sí, funciones para establecer consensos generales a través del Consejo Federal de Educación, donde participan los 24 ministros provinciales y el nacional, para llevar adelante políticas unificadas en todo el país. El gobierno kirchnerista 2003-2015 dotó al ministerio nacional de amplias atribuciones -establecidas en la Ley de Educación Nacional- que le otorgaron una fuerte presencia en todo el territorio para intentar revertir la desigualdad entre las provincias. Este es un debate extensísimo, y que se remonta a los orígenes mismos del sistema educativo a fines del siglo XIX, pero pensando en el inicio de clases en 2021 cabe mencionar que la posición de Nicolás Trotta ha sido promover que cada provincia tome sus propias decisiones dentro de marcos generales, sin intervenciones concretas fuertes más allá de apoyo financiero, la evaluación general del sistema, la producción de materiales y la recuperación de becas y cursos de capacitación para docentes, como detalla el documento “A las aulas” que elaboró a fines del año pasado. ¿Esto qué significa? Que cada gestión provincial debe pensar los esquemas de retorno en función de su sistema, y en definitiva la responsabilidad directa está en cada jurisdicción.

 

Así, los sindicatos docentes se organizan por jurisdicción, y en cada una de ellas hay al menos uno que forma parte de la confederación más grande de sindicatos docentes del país: CTERA. Las organizaciones allí nucleadas tienen experiencias diferentes según la relación que tengan con el gobierno de cada provincia: en CABA el gobierno del PRO ha sido muy confrontativo desde 2015 con UTE, en la Provincia de Buenos Aires la relación ha sido diferente y hubo períodos de confrontación desde Scioli y Vidal hacia SUTEBA y una mayor colaboración desde la gestión de Kicillof. En síntesis, la razón de ser de todo sindicato es defender los intereses de sus representados e integrantes. Los sindicatos docentes, en concreto, no son algo diferente de los docentes, aunque sí son la institucionalización de su representación, que según cada territorio y sindicato es más o menos fiel de los intereses de sus bases. Durante 2020, CTERA en general y muchos de sus sindicatos de base insistieron con la provisión de computadoras a alumnos y docentes. Ya comenzado 2021, la posición de los sindicatos se desplazó a una mayor predisposición para pensar esquemas bimodales (o sea, con grupos presenciales y grupos remotos trabajando alternadamente) con ciertas exigencias.

 

Vale la pena aclarar en este punto que para todas las jurisdicciones la pandemia representó un ahorro fenomenal de recursos en distintas áreas: concretamente en educación hubo ahorros en limpieza, en salarios de suplentes, en mantenimiento de infraestructura, en pago de electricidad, telefonía, gas e internet, entre varios etcéteras, y una parte de ese ahorro fue a su vez financiado por las computadoras, celulares y conexiones a internet y eléctricas personales de los docentes y las familias. De manera que también correspondería una importante compensación salarial.

 

Argentina es un país con una alta tasa de sindicalización, lo que para quien escribe es una excelente noticia y una de las grandes virtudes de nuestro país. Sin embargo, muchas personas no comparten esa valoración, y hay quienes consideran esta característica como un obstáculo. Independientemente de esa posición, pelearse con los sindicatos de un sector es pelearse con la realidad: en educación, específicamente, los sindicatos son parte de la gobernanza del sistema educativo, guste más o menos. Desmontar eso ha sido, y sigue siendo, una tarea costosísima y que impacta directamente en la calidad de la educación: el prestigio de la escuela se construye sobre todo con una dirigencia y una sociedad que confía en sus docentes. Si no, tenemos la paradoja que transitamos actualmente y que describió la compañera Nuria Illán en su cuenta de Twitter sobre los discursos en torno a los docentes: “Trabajan pero no trabajan. No son profesionales pero parece que cumplen múltiples funciones sociales. Hacen todo mal pero necesitamos que lo hagan. No discutimos política con ellos pero les pedimos que gestionen todo. Son pobres pero viven de arriba sin laburar.” Convocar a los sindicatos docentes y promover una negociación es potestad exclusiva e intransferible de los gobiernos. Y un paso central para avanzar en la solución de los problemas con buena voluntad, fuera de disputas electoralistas.

 

Semáforos

 En el escenario pandémico las decisiones educativas no pueden pensarse como si no hubiera pandemia. La variable sanitaria debería ser la principal, aunque no la única. La escuela es el “espacio natural” de niños, niñas y adolescentes. Es la agencia estatal más territorializada (o sea, la que tiene mayor presencia en todo el territorio, mucha más que la policía, la justicia o el sistema de salud), y eso la carga de responsabilidades que exceden lo académico (y justamente cómo fue absorbiendo esas responsabilidades es uno de los problemas de las expectativas desfasadas que mencionaba antes). Garantiza el derecho social a la educación y es también espacio de contención, socialización, cuidado. Esta última función -la del cuidado- quedó especialmente a la vista en la pandemia: los adultos necesitan desarrollar sus actividades productivas mientras sus hijos van a la escuela. La concentración de esas esferas -laboral, educativa, crianza- en el hogar, esto es, la privatización de circuitos públicos hacia el espacio doméstico, hizo que se obstaculizaran muchísimo entre sí y generó y profundizó situaciones de violencia allí donde existían.

 

Pues bien, la dimensión sanitaria ha sido simplificada con esquemas llamados “semáforos”, que indican cuándo la presencialidad puede ser más segura y cuándo menos, combinando diferentes indicadores. La Sociedad Argentina de Pediatría, por ejemplo, tomó el suyo de los Centers for Disease Control and Prevention del Departamento de Salud de Estados Unidos. Los indicadores principales que cruza son: cantidad de casos nuevos por jurisdicción, o partido/departamento, o municipio (de acuerdo a la escala territorial que se elija) cada 100.000 habitantes en los últimos 14 días; la tasa de positividad de pruebas RT-PCR en el mismo lapso; y la capacidad por escuela de implementar estrategias de cuidado ante el COVID (barbijos/máscaras, distanciamiento, higiene personal regular, limpieza del edificio y rastreo de contactos). Su semáforo tiene cinco escenarios (Riesgo más bajo, Menos riesgo, Riesgo moderado, Mayor riesgo, Riesgo más alto). Luego establece seis indicadores secundarios más entre los que están, por ejemplo, el cambio de porcentaje de casos nuevos cada 100.000 habitantes en los últimos 7 días y las camas de terapia intensiva ocupadas, entre otros.

 

El Consejo Federal de Educación armó su propio semáforo y lo publicó a través de la resolución 370/20. Cada jurisdicción debería sopesar tres indicadores: niveles de transmisión según criterios del Ministerio de Salud; la razón entre casos nuevos de las últimas dos semanas y las dos semanas anteriores; y el porcentaje de ocupación de camas de terapia intensiva. De cómo se combinen estos tres indicadores depende que se lo considere un escenario de bajo, mediano o alto riesgo. A esto se le deben sumar nueve puntos, o requisitos mínimos, que cada jurisdicción debe cumplir para evaluar los esquemas de presencialidad, entre los cuales está que haya representantes educativos en los Comités Operativos de Emergencia (COE) provinciales.

 

El semáforo de la Sociedad Argentina de Pediatría es mucho más restrictivo que el que propone el Consejo Federal de Educación, esto significa que según la primera en muy pocos lugares de Argentina se podría pensar en una presencialidad plena.

 

Si el esquema de semáforos se pensara en lugar de por jurisdicción por partido/departamento o municipio, permitiría tomar decisiones más eficientes: abrir las escuelas plenamente allí donde hay bajo riesgo, y armar otros escenarios de grupos reducidos, alternancia horaria u otras posibilidades en los lugares donde el riesgo es mayor.

 

Cabe hacer esta salvedad: según el censo 2010, en el AMBA (el Área Metropolitana de Buenos Aires que incluye la Ciudad Autónoma y varios municipios de la Provincia de Buenos Aires) viven alrededor de 12.800.000, el 31,9% de la población del país. Si a esto le sumamos los 1.455.000 habitantes del Gran Córdoba y los 1.238.000 habitantes del Gran Rosario, nos da que el 38,6% de la población del país vive en tres grandes aglomeraciones urbanas (la población urbana total, en Argentina, supera el 90%). Sabemos que la concentración de población es el primer factor de circulación comunitaria del Covid, de manera que si bien las provincias podrían abrir escuelas en municipios y partidos con bajo riesgo, la mayor parte de los alumnos y docentes argentinos estarían expuestos en escenarios de riesgo medio o alto. Allí, entonces, habría que pensar, como se dijo, esquemas de grupos reducidos, de alternancia horaria, garantizar licencias excepcionales a los docentes con comorbilidades o al cuidado de personas de riesgo, garantizar continuidad pedagógica no presencial a alumnos con las mismas características, entre otros etcéteras. Esos esquemas deberían estar detallados al milímetro en los protocolos.

  

Qué debería decir un protocolo

 Si empezamos por la negativa, un protocolo no debería ser un listado de objetivos generales y afirmaciones vagas, sino un detalle preciso y transparente de qué es lo que se debe hacer, cómo se distribuyen las responsabilidades entre los ministerios de educación de cada jurisdicción, las burocracias intermedias y las escuelas, y formas y recursos para su implementación.

 

En su interior, debe contener justificaciones pedagógicas acerca de a qué alumnos se les dará prioridad en una presencialidad con grupos reducidos y por qué y cuáles serán los fundamentos y formatos de la evaluación de los contenidos trabajados en el bienio 2020-21, entre otros aspectos.

En términos epidemiológicos, debería detallar, por ejemplo:

 

- Cuál es la estrategia de vacunación para la población escolar (alumnos y docentes): tiempos, prioridades, lugares.

 

- Qué mecanismos de testeo y seguimiento se ejecutarán. Lo deseable es que sea con una frecuencia corta, y lo ideal es que los testeos se realicen en las mismas escuelas.

 

- Qué licencias estatutarias se contemplarán para los docentes, y los mecanismos para sus reemplazos. ¿Cuántos docentes actuales están en condiciones de ser exceptuados en la jurisdicción? ¿Los reemplazos se harán a través de los sistemas previstos en el Estatuto del Docente? ¿Se flexibilizarán los requisitos para que ingresen estudiantes avanzados de los profesorados, dada la situación? ¿Con qué recursos se cuenta para financiar esto?

 

- Cómo se articulará la apertura de edificios escolares y el sistema de transporte: aquí está el verdadero nudo del problema. Como se dijo, la mayoría de la población en nuestro país vive en aglomeraciones urbanas. Allí, además de los más de diez millones de alumnos y más de un millón de docentes, circulan trabajadores y trabajadoras de todos los rubros. El sistema educativo debe ser el rubro que más personas moviliza diariamente en el mundo, de manera que el desafío está puesto especialmente en el transporte público. ¿No se podrían pensar esquemas de entradas escalonadas en el horario a las escuelas para evitar superposición con otros rubros? ¿Qué corredores serán los privilegiados en cada gran ciudad? ¿Qué evaluación y estrategias de aumento de frecuencias de colectivos y subtes se emplearán?

 

- Diferentes esquemas de presencialidad en grupos reducidos, contemplando personas por metro cuadrado, cantidad de docentes por alumnos,

 

- Detallar avances en preparación de infraestructura: instalación de detectores de dióxido de carbono, habilitación y clausura de espacios en función de la ventilación, puesta a punto de la plomería, inversión masiva en elementos de limpieza y protección, esquema intensificado de limpieza integral de los edificios, incluyendo cálculos de aumento de la planta de auxiliares y formas de financiamiento. Si se van a utilizar otros espacios (clubes, museos, teatros, parques, universidades), deberían detallarse las mismas variables.

 

- Y, por supuesto, planes de acción en caso de que se detecten casos de Covid en la escuela. ¿Cómo afecta la organización de los grupos? ¿Y al trabajo docente? ¿A partir de cuántos casos se debe poner en aislamiento a un grupo entero, a partir de cuántos se debe considerar que hubo un brote en la escuela y corresponde suspender la presencialidad en todo el establecimiento? ¿Cómo se actúa a continuación?

 

Volver

 La escuela es el espacio natural de niños, niñas y adolescentes. También es el espacio natural de co-crianza (si cabe la paradoja) donde las familias encuentran una clave en la organización de sus tiempos. Y también es nuestro espacio natural como docentes, trabajadores y trabajadoras de la educación. Hace casi 200 años que los sistemas educativos del mundo funcionan presencialmente: hablamos de generaciones y generaciones, miles de millones de personas forma(tea)das en ese esquema. La pandemia, que puso al mundo fuera de quicio, también nos puso así a nosotros. Hay una nostalgia, un deseo, un deseo desesperado por volver al mundo pre covid, que probablemente tarde mucho en llegar.

 

Es profundamente doloroso -y no suma nada a ningún debate- que se acuse a los docentes de preferir esta locura global a trabajar como trabajamos toda la vida, y de soslayar y subestimar los profundos impactos que tendrá este escenario en términos emocionales, académicos, e íntimos en nuestros alumnos.

 

Termino pidiendo una utopía que sé de antemano imposible: en educación, encarar el problema con franqueza y buena voluntad, sin marketing vacío, especulaciones electorales ni confrontaciones innecesarias. La pelota la tienen los gobiernos.

 

 

 

 

 

AUTOR

Manuel Becerra

Fuente

http://revistaanfibia.com/ensayo/como-volver-a-la-presencialidad/?fbclid=IwAR3i674KuIQEBXXAWOecANuhDFGhEUI84wr6K-8XsH7h4mmwyAkaKM2f5cY

martes, 22 de diciembre de 2020

¿VOLVER A LAS AULAS?

 Sí, porque es en el aula, laboratorio, biblioteca, centro de prácticas, patio, comunidad donde el docente conoce a sus estudiantes y su evolución académica de manera objetiva, y donde el niño, niña, joven puede socializar bajo el espacio educativo.

 


Sin embargo, las preguntas deberían ser: ¿qué condiciones y garantías necesitamos para volver a las aulas? ¿Con qué propuesta educativa y pedagógica vamos a retornar? ¿Con qué capacitación docente? ¿Qué asistencia deben desarrollar los establecimientos educativos luego de un periodo de dislocación? ¿Cuál es la propuesta de reinserción educativa para quienes salieron del sistema educativo?

 

Necesitamos mirar al Sistema Nacional de Educación de manera global. Según datos oficiales de MinEduc, durante el año lectivo 2018-2019, el número de estudiantes fue de 4’581.835, de los cuales el 24% estaba matriculado en instituciones educativas del área rural; mientras el número de docentes dentro del Sistema Nacional de Educación fue de 217.748, de los cuales 169.559 docentes corresponden a la educación pública o fiscomisional. La distribución de los docentes por área geográfica demuestra que 7 de cada 10 trabajan en instituciones educativas del área urbana. Mientras el número de establecimientos educativos representó 16.301 instituciones entre todos los sostenimientos, de las cuales el 46% está ubicado en zonas rurales.

 

Por ahí se ha iniciado el retorno, mediante un grupo de instituciones ubicadas en el área rural; un segundo grupo más reducido son los establecimientos particulares que comienzan a enfrentar posibles casos de contagios en el interior del plantel. La realidad demanda al Gobierno asumir la educación como responsabilidad central del Estado, eso significa: articulación entre los distintos sistemas, destinar presupuesto con eficiencia y eficacia, vincular y fortalecer al sistema de salud y educación pública, promover un sistema educativo que responda a las necesidades sociales en sus diversos aspectos y que ubique a la tecnología al servicio de la pedagogía, ya que también se ha demostrado que la enseñanza telemática versus enseñanza presencial está siendo utilizada para ocultar los problemas estructurales de nuestro sistema educativo. No podemos seguir alabando desde el discurso la enseñanza telemática, eso en los hechos ha significado empobrecer aún más nuestro modelo educativo. Mientras no se pueda volver a las aulas por la pandemia, es urgente dotar a los estudiantes de los sectores populares con las herramientas tecnológicas necesarias e internet gratuito para cerrar la brecha digital.

 

Es menester señalar que cuando se esgrime desde la autoridad el supuesto derecho de madres o padres para decidir el retorno a las aulas, así sea bajo un plan piloto, se está falseando el debate. Ya que la única elección posible está entre regresar y no regresar. Dejando en segundo plano qué garantías se necesitan y quién es el responsable de darlas, o si es el momento oportuno. Por ahí debería partir una decisión científica y técnica, vinculados el anhelo y necesidad de volver a las aulas. (O)

 

 

 

 

Por Andrés Quishpe

Fuente: https://www.eluniverso.com/opinion/2020/11/27/nota/8063164/volver-aulas

 

sábado, 18 de julio de 2020

Carlos Skliar: "Volver a la escuela va a ser complicado por cómo están chicos y educadores"

Dice que la educación exhibió en la pandemia su costado más burocrático, centrado en la tarea, resolución y evaluación. Y rescata que se haya eliminado este último término. La “tecnoeducación”, el papel de los docentes, el nuevo paradigma.


Carlos Skliar es escritor, pensador y pedagogo. También es investigador del Conicet y del área de Educación de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso) y vicepresidente de PEN Argentina (organización que nuclea a poetas, ensayistas y narradores). "En la pandemia la escuela tomó su peor forma o apariencia: la relación entre tarea, resolución y evaluación", afirma. A la vez sugiere nuevos caminos posibles, a partir de lo que este contexto inédito puede dejar como enseñanza: "Al contrario del exceso y la parafernalia de la conectividad, he retrocedido a la idea de la pedagogía pobre: aquella que mira para los costados y se da cuenta de que lo más importante de la vida o del mundo es aquello que hemos dejado ignorado".

--¿Qué aspectos sobre la educación deja ver la pandemia?
--Hay algo que venía de antes que la situación de aislamiento reveló. La escuela tomó su peor forma o apariencia: la relación entre tarea, resolución y evaluación. Es una suerte de burocratización. Una fórmula que solamente consiste en dar un material, asistir a la tarea y juzgar. Por suerte la evaluación quedó en la nada. Fue justo que lo hayan pensado así. Mantuve una conversación multitudinaria con miles de personas, docentes en su mayoría, sobre el agotamiento; sobre esa caricatura de la escuela, esa forma desdichada. Muchos empezaron a darse cuenta de que estaban ocupando el tiempo sin considerar la situación, lo intempestivo del problema educativo, del mundo y de la vida, que está aconteciendo en este momento. Como si la escuela fuese ajena, como si perdiera de vista que se trata de un momento límite de una cierta forma del mundo y de vivir. Creo que hubo dos reacciones: por un lado, la escuela como reproducción mecánica, burocrática, administrativa; por el otro, es una oportunidad para que vuelva a ponerse en escena como el lugar donde aprendemos a vivir. En el fondo se trata de la diferencia entre tiempo ocupado y libre.

--¿En qué sentido?
--La escuela había acogotado el tiempo libre en nombre de aprender y de que no hay que perder el tiempo. En nombre de que el niño será un adulto empleado en unos años. Esto pone en el tapete la discusión de si la escuela es un lugar de tiempo libre o de tiempo terriblemente ocupado por una planificación. Yo era partidario de creer que la escuela era tiempo libre. Que significaba salir del ritmo frenético o de aceleración personal. Era irse a pensar y sentir el mundo, no justamente ocupar el tiempo como lo hacen los adultos. Esto se vio retratado en estos meses a propósito de ocupar a los niños con tareas. Del otro lado está la idea de liberarlos, dejarlos en paz. Y también es un gesto terriblemente educativo: nos han formado cuando nos han dejado en paz para leer, jugar, lo que sea.

-.Usted también viene reflexionando sobre la "tecnoeducación".
--Ya se preveía una escolarización o educación formal mediada por la tecnología. Se hablaba de una “tecnoeducación”, de una livianísima o superficial mediación por parte de los maestros. O de su fin. La pandemia subrayó la confusión entre conectividad y comunicabilidad. Estoy impactado con esta idea: hasta ahora era claro --pensé que lo era-- que la responsabilidad de un educador es tomar la palabra en nombre de la humanidad, el mundo anterior, presente y porvenir. Y buscar cómo comunicarla en diferentes estructuras. Si fuera a través de la conectividad, con ella como una herramienta más. Ahora es como si se hubiera invertido esta lógica. Dado que en una buena parte del mundo la conectividad es un hecho, pareciera estar resuelta la comunicabilidad. Tomar la palabra, tener algo para decir, quedó en la nada. Como si fuera superficial, banal, dado por la naturaleza. Y no es verdad. Habría que insistir en qué tienen el mundo y nuestras vidas para decir que se pueda comunicar bajo las formas que se quiera, y ver si la conectividad ayuda o no. No tengo problemas con las nuevas tecnologías, siempre que nos sirvamos de ellas para el eje fundamental de construcción de sexualidad, ciudadanía, mundialización y todos los temas que atraviesan a la escuela.

--La idea de una escuela sin maestros es contradictoria con la sobrecarga que elles manifiestan que vienen experimentando en la pandemia, ¿no?
--La tecnoeducación crea la falsa idea de la disponibilidad. Lo que antes era un espacio-tiempo consagrado a la tarea de educar se ha vuelto una cuestión de disponibilidad. No sólo ha aumentado el trabajo: ha aumentado la reunión por el trabajo. El perfil administrativo-burocrático del maestro, como si ése fuera el lugar de su responsabilidad o preocupación. Estoy seguro de que nadie quiso ser educador para eso. Aquí está la mezcla entre disponibilidad y disposición: "Estoy terriblemente dispuesto al gesto de educar pero no estoy disponible 24/7". Se ha ingresado en el acelerar de un proceso descripto hace más de una década: 24/7 para educadores. Agotamiento absoluto. He escuchado que la vuelta a la normalidad traerá consigo una catarata de licencias médicas... el volver a la escuela va a ser complicado por el estado en que se encuentran chicos y educadores. Es una sobrecarga superflua: no ataca el nudo de la cuestión. Hablamos de lo periférico, todo el tiempo. Hay una mezcla entre rutina y ritual que habría que despejar. Volver a ciertos rituales, no rutinas, no estaría mal. La escuela tiene algo de rutina, por supuesto. La ciudad se organiza a partir de ella. Pero dentro de la escuela hay rituales hermosos que estamos echando de menos y olvidando.

--¿Qué opina de la brecha digital, que afecta tanto a estudiantes como a maestros?
--Esto se había marcado hace un tiempo de otra manera, con otros conceptos, que presagiaban que nuestra generación y las anteriores estaban desacompasadas con respecto a las generaciones digitales nacientes. En algunos casos se mencionaba como un obstáculo que los maestros no estuvieran a la altura de los niños. Y mucha gente planteaba que la educación era un punto de encuentro entre diferentes generaciones, que ése era el principio educativo por excelencia. Hay que mirarlo desde dos lugares. Si esta idea de brecha digital es una falsa acusación a los maestros, mi defensa tiene que ver con que siempre la educación es un encuentro entre generaciones desacompasadas, que buscan encontrar lo común para ir más allá de las propias edades y lo que corresponde a una época determinada. Por otro lado, el relato de la brecha digital es evidente en términos cuantitativos. Como los estudiantes, muchos maestros tampoco tienen acceso liberado, gratuito, sostenido. Este es un principio por el que yo había batallado: si provisoriamente íbamos a tener que mutarnos en una suerte de educación virtual, la condición no podía ser la precariedad de nadie. Hay quienes creen que lo digital es apenas un medio atractivo, lleno de recursos, muy potente, pero que es simplemente una forma de transmisión y no determina contenidos. Otros creen que la forma determina contenidos, un tipo de palabra y lenguaje, formas de hacer. Yo estoy entre ambos. Tengo una sensación de que muchos están instalando la idea de que aquello que puede ser provisorio en momentos de pandemia será definitivo. Hay que hacer un proceso de sedimentación. Hay una enorme discusión para dar sobre qué quedará y qué no. Qué es lo superfluo y qué lo significativo. Qué es lo banal, lo mecánico; qué es lo espiritual.

--¿Y qué supone que quedará?
--Va a depender mucho de la forma en que salgamos de esta condición de aislamiento y distanciamiento. Hay una posibilidad de salir absolutamente agotados, hartos, con un cansancio feroz, que no produciría un encuentro demasiado dichoso. Si imaginamos el reencuentro como una celebración hay que ver cómo llegamos a la fiesta. Preparar un poco las casas. Las escuelas tienen que volver a estar en condiciones no precarias para que pueda ser una celebración adecuada y no vuele todo por el aire. No se puede volver a la explosión de un tanque de gas, a un techo caído, a la falta de calefacción. La gente eligió otro Estado. La tercera línea que hay que pensar es que nos debemos --si las urgencias no nos vuelven a consumir-- una larga conversación sobre el mundo anterior. Sobre cómo llegamos a la pandemia para analizar si la pandemia es una excepción o formaba parte de un mundo anterior.

-.¿Qué reflexiones le sugiere la manera en que distintos países del mundo retoman las clases?
--Muchos estamos pensando en el regreso como la vuelta de la celebración, la fiesta, pero todavía estamos en el medio de. Espero que todo lo que está siendo planteado como regreso sea un momento de la historia. Que nada asuma carácter definitivo. Lo que veo en general (no en las escuelas) me espanta un poco: es un espectáculo del cual no quisiera participar. Entiendo las medidas de cuidado, pero... ¿cómo nos vamos a cuidar del mundo que ha creado esta pandemia? ¿O del mundo que ha dejado todo al pie de la pandemia? Otra sensación que tengo es ante lo precario. Estoy como el personaje de La peste, de Camus, cuando en la última parte siente la alegría de que podemos volver todos a las calles a estar juntos de nuevo, pero mantiene un pie atrás sintiendo que otra rata rabiosa nos va a morder. Se volverá pero la precariedad se va a manifestar con toda su crudeza. La precariedad de la pobreza, la miseria, el hambre. Será un regreso sin gloria, por otro lado. Volver a percibir la precariedad en la que vivimos. Por ahora no tengo más que estas dos imágenes. Vi cómo estaban volviendo a las escuelas y creo que es mejor volver aún en el espectáculo complejo de los sombreros de metro y medio y de tres chicos en una sala. Prefiero volver a la precariedad que como tantos sentirme ahogado en esta provisoriedad. Hay un deseo de padres y chicos de que sea como sea hay que regresar. Y revisar nuestra habitualidad. No regresar al lugar de aceleración, enfermedades, competencias, mercado educativo.

--Muchos padres cuando ven las imágenes de las escuelas del mundo que reabrieron se espantan…
--Soy un poco desconfiado. Tengo la impresión de que los países que ya plantearon el regreso lo hicieron por el experimento de la productividad, para que vuelva a funcionar un poco la maquinaria. Para dejar un poco libre al mundo adulto y que siga mecanizándose. No sé si es honesto. Por otro lado, pienso que tenemos una noción, una idea sobre a qué llamamos "escuela". Su forma, su apariencia. Todos los cambios que se produjeron en esa apariencia han provocado una reacción inmediata de rechazo o adoración. Hay algo que hay que discutir sobre la forma escuela. El rechazo tiene que ver con que da la sensación --y confieso que a mí también-- de que están yendo a la escuela pero ésa no es la forma escuela o no la que nos gusta. Con el contacto, el cariño, el afecto, la compañía, el roce, la ronda; todo lo que es estar los cuerpos juntos. Es, quizá, caer en la cuenta de que no haya una forma escuela. O que la forma escuela es totalmente informe, no deformada, sino una forma que hay que hacer todo el tiempo. Pensemos en las escuelas de fronteras o en las de los campos de refugiados...

--O en la escuela como comedor...
--Los noventa trajeron la forma comedero y así podríamos revisar… hay escuelas que se han vuelto forma radio, danza, literatura. Esto pone en tela de juicio que hay formas consagradas. Pueden serlo para una época determinada, pero han sido mutantes todo el tiempo. Con honestidad brutal, en las últimas semanas he vuelto a leer y pensar sobre la idea de una educación pobre. Al contrario del exceso y la parafernalia de la conectividad, de que podemos estar todos, que el micrófono, la cámara, los pizarrones, no sé cuánto... toda la sofisticación me ha hecho retroceder a la pedagogía pobre. Está vinculada con la idea del arte pobre de los '60, con el cine, el teatro. Era una idea de trabajar de alguna manera con lo olvidado, lo descartado, lo que en algún momento de la historia se deshecha como antiguo, añejo, anacrónico, y convertirlo en el conector del debate y el trabajo educativo. No es en el sentido de para pobres o empobrecida. Es aquella pedagogía que mira a los costados y se da cuenta de que lo más importante de la vida o del mundo es aquello que quizás hemos dejado ignorado. El residuo, la basura de una época. Estoy en una suerte de rechazo a la sofisticación, a lo que algunos llaman el pantallismo exacerbado. De quedarse enredado en esos espejitos de colores y los efectos que provocan. La pobre es una suerte de pedagogía melancólica que se pregunta por aquello que fue abandonado. Está en el mundo, sólo que a los costados, no hacia adelante en esa idea de progreso mortífero que tenemos los humanos.

--¿Y qué residuos se podrían rescatar?
--Siempre fui de los que piensan que educar tiene que ver con poner el mundo sobre la mesa. Es una suerte de banquete; invitar a la gente a que conozca, sienta, perciba, toque todo lo que la humanidad ha creado. Recuperar la tradición de lo pobre implicaría rescatar el arte, en primer lugar. No la productividad artística: la vida artística. Esa vida inútil de lo bello, la apreciación estética, renunciar a la apreciación tecnológica y poner en el centro de la escena una existencia poética, ética, política en las mejores tradiciones. Recuperar muchísimas experiencias de escuelas de arte, de música, populares, de gestión social. Como si de algún modo fuéramos contraepocales o nos quitáramos de las exigencias de la época. Oponiendo a la exigencia de rendimiento y la idea de éxito, ahora un poco desmoronada, la idea de una experiencia libertaria que sólo --creo yo-- el arte, la lectura, la escritura podrían volver a situar.

--¿Es un momento para repensar, también, la formación docente?
--Es un tema delicado, espinoso. Parece que cada tiempo necesita de una transformación de los programas formativos. Siempre se responsabiliza a la falta de formación de la carencia, como si nunca fuera suficiente, como si siempre hubiera que encerrarnos a formarnos. Está también la maldición de entender a la formación como capacitación o actualización, de sólo revisar las novedades de la disciplina pedagógica. Me parece que es algo mayor, mayúsculo, que excede el campo de la capacitación o actualización. Tiene que ver con una permanente revisión de la propia biografía y la colectiva. Con ser capaces de entender qué de verdad nos ha enseñado, qué de verdad hemos aprendido en la vida, qué nos ha dado la escuela que todavía sigue en nosotros, qué nos ha quitado, qué tiene sentido y que lo ha perdido. Forma parte de una compleja trama de contenidos que se han desviado en los últimos años hacia el camino del maestro y profesor como simple mediador. Como si no hiciera falta un educador para que los niños se relacionaran directamente con la máquina del mundo. La figura de un maestro excede el campo de la escuela. Es siempre aquel o aquella delante del cual podemos hacernos preguntas. No para que las responda, sino para que acompañe su naturaleza y existencia. Preguntas sobre el amor, el dolor, la muerte, las dificultades, la fragilidad, el hambre, la miseria. Hay que buscar un modo de reconquistar la imagen del educador en términos de una figura esencial en la vida cotidiana de una sociedad.





Por María Daniela Yaccar
Fuente

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