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domingo, 14 de marzo de 2021

La igualdad allá, en el horizonte


De los tres principios que rigen las democracias modernas –y vigentes aún, en cierto modo– es el de la Libertad el que se enarbola continuamente, para justificar que en las democracias la suerte que corremos cada persona (con derechos y deberes) es producto de la voluntad, habilidad y empeño personales, así es que lo que te vaya bien a ti te lo achacaremos en exclusiva y lo que te vaya mal, también.

Da la impresión de que la falta de recursos y oportunidades nos la hemos buscado. Ello nos convierte en mayorías desempoderadas, mientras las minorías poderosas fomentan el acopio de ganancias, tanto materiales como simbólicas, empobreciendo así a las mayorías. El principio de Igualdad no interesa lo más mínimo a quienes disfrutan del poder, aunque éste sea nimio. En la actualidad tenemos un retrato fehaciente de esta última frase: cuando se vota debemos creer que nuestro voto irá a parar a quien marcamos en la papeleta para que gobierne en nuestro nombre y nos represente con arreglo a lo que votamos. Pero ya sabemos que no es así: que todo depende de los juegos de tronos a donde vayan a parar nuestros votos. Y, puede ser que nuestro propio voto no nos represente a la hora de la verdad.
Pero aquí hablamos de escuela, de sistema educativo universal y obligatorio, de un deber derivado del derecho a la igualdad, que debía ser equitativo, crítico e imparcial, para que el derecho pudiera beneficiar al conjunto y a cada persona en particular.
Pero esto, en realidad, es un relato de igualdad formal: acceso y permanencia en el sistema educativo. Cuando profundizamos un poco y ampliamos la mirada, enseguida podemos ver los vacíos, las contradicciones, los déficits, los obstáculos. No todo el alumnado con derecho a la educación recibe una educación con derechos, equidad y solidaridad. Algunos sectores minoritarios se llevan la parte del león y las mayorías: migajas. Normalmente estos grupos con privilegios provienen de clases sociales acaparadoras de los bienes comunes. Lo que observamos es que el gran pedazo de tarta va desapareciendo engullido por quienes se creen con mayor derecho.
La escuela pública y sostenida con fondos públicos no se pensó para acrisolar desigualdades sino justamente para lo contrario: para neutralizarlas, paliarlas y poder ir superándolas y anulándolas. Durante un corto tiempo fue así: la escuela era lo único que podía igualar a nuestra gente joven, a través de los aprendizajes y la interacción entre personas de distintas procedencias y situaciones personales.
Así es que lo que más está fallando es la igualdad, arrinconada incluso como algo no deseable y que puede esperar, sin consecuencias. La igualdad hay que construirla, porque no venimos de ella y, frecuentemente, hay que construirla con acciones compensatorias que traten diferente a lo desigual, poniendo más esfuerzo en las personas o los grupos que han sido tratados de forma discriminatoria.
Aunque no parezca a simple vista, las niñas y las jóvenes son tratadas de forma desigual a la baja, por aplicación de los principios androcéntricos de igualitarismo: olvidemos la desigualdad y partamos de un punto (inexistente) común y así podemos creer que la carrera empieza en una misma línea de salida, sin rémoras.
Las acciones compensatorias no sólo deben aplicarse a los colectivos o personas con necesidades educativas especiales, ni a quienes proceden de otros lugares del mundo, con lenguas o religiones distintas. Todavía son minorías y constituyen particularismos, merecedores de los mismos derechos educativos.
El caso de las niñas, de las jóvenes y de las mujeres es bien distinto: constituimos la mitad de la población mundial y en todos los lugares del mundo. ¿Será por esto que las políticas de igualdad entre mujeres y hombres están costando tanto en implantarse y generalizarse a nivel formal y real? Este tipo de igualdad le afecta a toda la población –la escolarizada también– y quizás sea esta una de las razones más potentes que nos expliquen su retraso y hechos reaccionarios, que muestran su resistencia por doquier.
La escuela es para todas y todos y debe rediseñarse para que sirva a todas y a todos, sin desigualdad de trato ni de condiciones. Porque hasta ahora los currícula no contemplan la obra humana de las mujeres ni está normalizado un lenguaje de buen trato y justicia, que acabe con el simbólico de que los hombres poseen mayor capital de representación, autoría y presencia hacedora y que, por tanto, son superiores.
Como no es así hasta la fecha, las niñas están derivando cada vez más hacia sectores típicamente “femeninos”, relacionados con la imagen, la estética, la moda, los cuidados, las tareas auxiliares. Donde se ven triunfando gracias a las redes sociales. Se presentan y venden modelos juveniles femeninos supersexualizados y aliñados con raciones de “maldad” y de rivalidad, así como de violencia. Y que nunca falte la exaltación de la maternidad y de la ayuda. Todo esto se vende bien gracias a sofisticadas técnicas de marketing, que crean deseos y expectativas alcanzables o inalcanzables, pero presentados como si fueran una meta coincidente.
Por lo menos en la escuela habrían de tener modelos múltiples de mujeres, presentadas en sus diversos contextos y realizando múltiples tareas, para que puedan mirarse en espejos que las reflejen en positivo.
La coeducación es la fórmula: descubrir el sexismo y el androcentrismo, neutralizarlos, nombrar el mundo de manera justa para así compensar las desigualdades de representación y de reconocimiento. No es de recibo que la igualdad siga sin aprenderse en la escuela y que, por el contrario, la desigualdad siga patente (en el currículo formal) o latente (en el currículo oculto) pero, en cualquier caso, normalizada.
Acerquemos la Igualdad que está esperando en el horizonte como objetivo, seamos agentes activistas de la misma. La mejor herencia educativa que podemos dejar en el presente y para futuras generaciones.



Autora
Elena Simón
Fuente

martes, 19 de agosto de 2014

Las revoluciones educativas


Las instituciones dedicadas a la transmisión de conocimientos han evolucionado a lo largo de la historia, los humanos aprendemos no sólo por imitación, sino por medio de enseñanzas. En esa historia hubo grandes reformas, una muy importante fue la universalización y la prolongación de la escolarización ¿Son suficientes estos cambios? ¿Responde la escuela a los objetivos que formalmente se proclaman en la sociedad? ¿Está dirigida al logro de una mejor democracia?


El establecimiento de instituciones dedicadas a la transmisión del conocimiento acumulado a lo largo de la historia constituye, sin duda, uno de los mayores progresos logrados por la humanidad. Gracias a ellas, la cultura, las formas de vida, las prácticas sociales, los conocimientos, pueden ser transferidos a las nuevas generaciones.
Sin embargo, las escuelas, que se empezaron a establecer hace unos cinco mil años, tienen que ir modificándose en consonancia con los cambios sociales producidos, y desde esas lejanas épocas, en los albores de la historia, las sociedades han cambiado extraordinariamente.

Remontándonos hacia el pasado, podemos señalar, entonces, que el primer gran avance en la educación, la primera revolución educativa, fue el establecimiento de unas instituciones específicamente dedicadas a transmitir a las nuevas generaciones el conocimiento que habían alcanzado las generaciones anteriores. Frente a los restantes animales, que aprenden a través de su experiencia, e incluso pueden aprender de sus congéneres por imitación, los seres humanos somos capaces de enseñar, y esto sólo se produce en nuestra especie. Desde tiempos inmemoriales, los humanos han enseñado a sus crías, pero crear instituciones dedicadas de manera exclusiva a esta tarea constituye un gran paso adelante.

Este invento se produce en sociedades que podemos considerar de tipo esclavista –lejos, por tanto, de la democracia que queremos disfrutar actualmente–, como en Egipto, en Mesopotamia y más tarde en Grecia; no obstante, constituyó un progreso enorme que abrió la puerta a la transmisión sistemática y directa de la cultura, y a su mejor preservación. Cada uno de nosotros no necesita descubrir todo lo que aprendieron nuestros predecesores, sino que se nos transmite ya una gran parte de la cultura que ha sido acumulada por las generaciones anteriores. Esto queda bien reflejado en esa hermosa metáfora muy antigua, a la que gustaba referirse Newton, pero que es muy anterior a él: cada uno de nosotros somos enanos que estamos subidos sobre las espaldas de gigantes y gracias a ello, por pequeños que seamos, vemos un poquito más lejos que esos gigantes que nos han antecedido.

El segundo gran cambio en la educación, la segunda gran revolución, ha consistido en extenderla no sólo a un grupo selecto, de futuros funcionarios, clérigos o intelectuales, sino a todos. Es una idea que empieza a defenderse en el siglo XVII, en sociedades muy distintas en las que se empieza a hablar de derechos humanos, de derechos universales, que se formularán explícitamente en las revoluciones francesa y norteamericana.
Uno de sus primeros proponentes fue el gran educador centro-europeo Jan Amos Comenius, quien tuvo la osadía y la visión de futuro de sostener que había que enseñar “todo a todos”, y todos incluía también a las mujeres, algo en verdad revolucionario en ese momento. Además, Comenius ha tenido una influencia gigantesca dentro de la historia de la educación, pues fue el primero que generalizó el uso de ilustraciones en los libros de texto. Antes, los libros destinados a la enseñanza no tenían dibujos o ilustraciones, pero Comenius, en el libro que tituló Orbis sensualium pictus, representaba el mundo en imágenes para que los niños pudieran acompañar las palabras con imágenes.

A finales del siglo XVIII se estableció un sistema de escuelas estatales en Prusia, y desde finales del siglo XIX cada vez se hablaba más de implantar una educación para todos, pero lograrlo ha requerido muchos años y todavía hay numerosos países en el mundo que están lejos de haber conseguido escolarizar a todos sus niños y jóvenes.

Los progresos
Si examinamos la situación de la enseñanza en la actualidad, podemos ver que se han realizado enormes progresos, porque se ha visto que el nivel educativo tiene una gran influencia sobre el desarrollo económico y social de un país y muchos estudios muestran cómo el aumento de la escolaridad repercute directamente sobre la renta per cápita.

Más educación, además, suele garantizar mejores perspectivas laborales desde el punto de vista individual. La persona que ha estudiado más tiene mejores posibilidades de conseguir trabajo, muchas veces no en lo que ha estudiado, pero sí más posibilidades de estar empleado, y hoy los países realizan enormes esfuerzos para tener escolarizada a toda la población, a los niños y las niñas durante muchos años.

Entonces, la prolongación de la escolaridad es un hecho característico de nuestro tiempo: en muchos países la escolaridad obligatoria supone permanecer en los centros educativos durante un mínimo de diez o doce años, desde los seis años de edad hasta los dieciséis o dieciocho. Además, se tiende a ampliar la escolarización también por abajo en la llamada educación preescolar, o escuela infantil. Hay un movimiento que lleva a extender el periodo de escolarización incluso desde los dos años por abajo, y luego por arriba se sigue extendiendo, de tal modo que dentro de unos años quizá la gente terminará de estudiar a los treinta años, al hacer una licenciatura, una maestría, un doctorado, estudios posdoctorales, es decir, se pasará buena parte de la vida en los centros educativos.

Algunas dificultades
Todo esto nos tiene que llevar a ser optimistas respecto a los cambios que se han producido en la educación, pero al mismo tiempo no debe hacernos olvidar que siguen existiendo una serie de dificultades que voy a mencionar de manera rápida, como, por ejemplo, el escaso aprendizaje de los contenidos que se transmiten en la escuela o el aumento excesivo de contenidos escolares (que es algo en verdad preocupante, pues cada vez hay más cosas que estudiar). Se van introduciendo nuevas materias, se va hablando de los temas transversales, idiomas extranjeros, educación para el consumo, educación vial, tecnologías de la información y la comunicación, educación para la salud, educación sexual, educación para la igualdad y la tolerancia, educación para la ciudadanía, y podríamos seguir añadiendo temas, porque cada vez que hay algún asunto que tiene importancia social se intenta introducirlo en la escuela y convertirlo en una materia escolar. A todo esto hay que añadir como problemas la violencia en las escuelas y el maltrato entre iguales, la pérdida de prestigio del profesor, el abandono escolar, entre otros.

La pregunta que nos tenemos que plantear es: ¿estamos proporcionando una educación que sea realmente democrática? Como hemos comentado, las escuelas han aparecido en sociedades que no eran democráticas y se basan más bien en un modelo absolutista en el que el profesor desempeña el papel del Rey Sol. Esas escuelas se han consolidado durante mucho tiempo funcionando al servicio de la preparación de los ciudadanos en esas sociedades, y sabemos que la función de la educación, como había señalado Durkheim, es la socialización sistemática de la generación joven. La educación consiste, pues, en socializar a los nuevos miembros de la sociedad para que adquieran unas características parecidas a las de los miembros adultos de esa sociedad.

Hoy, podemos percibir que existe una contradicción entre el tipo de educación que se proporciona en las escuelas y el modelo de sociedad al que formalmente se aspira, porque las escuelas no son instituciones que hayan nacido en sociedades democráticas, que tengan en su origen una vocación democrática, y lo que tendríamos que conseguir es constituir escuelas que sean democráticas, que preparen a los individuos para funcionar en una sociedad democrática como auténticos ciudadanos, y no como súbditos. Además, debemos preparar a nuestros alumnos para desenvolverse en una sociedad que cambia muy rápidamente. Por eso se habla de que la escuela más que transmitir unos conocimientos bien establecidos, tiene que enseñar a aprender y a adaptarse a situaciones cambiantes.


Autor
Juan Delval
Extraído de: La escuela para el siglo XXI

Juan Deval
Doctor en Filosofía. Catedrático de Psicología Evolutiva y Educación en la Universidad Autónoma de Madrid. Sus líneas de investigación versan sobre el desarrollo del pensamiento infantil, especialmente en lo relativo a la lógica, a la formación del pensamiento científico y a la construcción de nociones sociales, así como a su aplicación a la formación de conocimientos en la escuela.

domingo, 14 de abril de 2013

El pluralismo como valor fundamental en sociedades democráticas y globalizadas

¿En qué consiste, para la Educación, tomar al pluralismo como valor fundamental? ¿Cómo actuar frente a las nuevas generaciones? Debe ofrecerle recursos para que sepa exigir sus derechos, sin conformarse con los silencios de los deben responder, reconocer sus deberes, participar activamente en la comunidad, reconocer al otro como interlocutor válido para buscar justicia y construir su vida buscando la felicidad en su comunidad. Los siguientes párrafos amplían el tema.



Educar es en buena parte una tarea logística y que educar en valores consiste esencialmente en crear condiciones. Estas condiciones deben contribuir al hecho de que en nuestro proceso de construcción personal -que no es solamente individual, sino que se da en la interacción con los otros- aprendamos a apreciar valores, a denunciar su ausencia y a configurar nuestra propia matriz personal al respecto. La tarea de educar en valores consiste, en primer lugar, en crear condiciones que fomenten la sensibilidad moral en aquellos que aprenden, a fin de constatar y vivir los conflictos morales de nuestro entorno tanto físico como mediático. En segundo lugar y a partir de la vivencia y análisis de experiencias que como agentes, pacientes u observadores puedan generar en nosotros los conflictos morales en nuestro contexto, educar en valores y para la ciudadanía ha de permitir superar el nivel subjetivo de los sentimientos y, mediante el diálogo, construir de forma compartida principios morales con pretensión de universalidad. Y en tercer lugar, debe propiciar condiciones que ayuden a reconocer aquellas diferencias, valores y tradiciones de la cultura de cada comunidad, que favorezcan la construcción de consensos en torno a los principios básicos mínimos de una ética civil o ciudadanía activa, fundamento de la convivencia en sociedades plurales. Estos principios básicos se refieren a la justicia y son identificados por Rawls como igualdad de libertades y de oportunidades, y distribución equitativa de los bienes primarios.



La persona, en tanto que ciudadana, es sujeto de derechos, deberes y sentimientos. La educación debe ofrecerle recursos para que sepa exigir sus derechos, no conformarse con los silencios de quienes deben responder, asumir sus deberes, sentir moralmente, participar activamente en la comunidad de la que forma parte, reconocer al otro como interlocutor válido para buscar lo justo y construir su vida buscando la felicidad en su comunidad. Educar para la ciudadanía es formar personas con el objetivo de que desarrollen el sentido de pertenencia a su comunidad y sean capaces de priorizar sus acciones en función de criterios de justicia. Tal y como señala Adela Cortina, cada comunidad tiene tradiciones de vida buena, que los ciudadanos tienen que asumir; pero además, un buen ciudadano debe saberse con otros en un proyecto compartido de justicia y ser capaz de deliberar conjuntamente con los otros sobre lo justo y lo injusto.



Por ello, en sociedades democráticas, el valor fundamental que conviene promover es el pluralismo. Este concepto implica algo más que respeto, tolerancia y que, incluso, tolerancia activa. El pluralismo es el valor que nos permitirá profundizar en estilos de vida democráticos -a nivel familiar, social, laboral y comunitario- y el que más puede contribuir a la construcción de nuestra comunidad iberoamericana, así como, a través de ella, a la construcción de una comunidad global más justa y equitativa. Apostar por el pluralismo como valor fundamental y fundamento de la democracia significa apostar por un modelo de construcción de ciudadanía, así como de educación ciudadana, basado en criterios de justicia; aunque también en el reconocimiento del otro y en el valor del cuidado, en reconocer la memoria como una fuente buena y válida en la construcción de nuestra identidad, y en la defensa y profundización de estilos de convivencia intercultural y de construcción de ciudadanía inclusivos. Una sociedad que entienda el pluralismo como valor y que reconozca en igualdad de condiciones a todas las personas que la conforman, es una sociedad que, además de reconocer los derechos de ciudadanía a todos sus miembros, entiende que la ciudadanía es algo abierto y en construcción.



Probablemente debamos comprender así a la comunidad iberoamericana de la que formamos parte. No tanto como una madre o una patria, sino como una cultura en construcción que reconoce las distintas memorias de cada pueblo y nación, que lucha por la igualdad de derechos de todos sus miembros, y que asimismo avanza hacia un modelo de convivencia intercultural inclusivo y construido colaborativamente. Es la nuestra una comunidad que no debería practicar un modelo de convivencia intercultural de corte diferencialista, sino de carácter inclusivo. Que no debe preocuparse solamente por una ciudadanía que garantice derechos y exija deberes a cada uno en su lugar, sino que también debe preocuparse por formar una ciudadanía entrenada para construir juntos sentido de pertenencia, nueva ciudadanía. Para ello, conviene avanzar pedagógicamente en el marco de una perspectiva que integre la construcción de modelos de vida basados en la libertad, la justicia y la dignidad, con prácticas de aprendizaje y convivencia que permitan apreciar el valor de la memoria, el de la empatía y la compasión -sentir con el otro y hacerme cargo de él-, y el de la responsabilidad ética como fuentes de convivencia y factores de transformación social y de construcción de ciudadanía. Supone apostar por un modelo de ciudadanía activa y de sociedad democrática basado en la colaboración, el apoyo mutuo, la compasión y la participación.





Extraído de
Educación y ciudadanía en sociedades democráticas: hacia una ciudadanía colaborativa
Miquel Martínez Martín
En
EDUCACIÓN, VALORES Y CIUDADANÍA
Bernardo Toro y Alicia Tallone
Coordinadores

martes, 10 de abril de 2012

Participación y ciudadanía

La democracia está íntimamente ligada a la participación ciudadana ¿Puede considerarse democrática una sociedad, donde la mayoría ha abdicado de sus derechos a la participación? En este sentido ¿Qué se puede hacer desde las escuelas? El problema no respeta fronteras, y la siguiente opinión, se formula desde el punto de vista de los padres de los alumnos.




La progresiva desafección de la ciudadanía en torno a la política hace que en los estados democráticos se produzcan elevados índices de abstención. En muchas ocasiones es poco más del 50% del cuerpo electoral el que se acerca a las urnas y decide quién gobierna y qué políticas se aplican.

La democracia, el mejor para muchos y para otros el menos malo de los sistemas, no puede sustentarse sólo en el ritual ante las urnas cada cuatro años; un ritual necesario, el de elegir a nuestros representantes en las instituciones, pero no suficiente. La democracia exige, si queremos que sea viva y transformadora, la participación activa de los ciudadanos y ciudadanas en partidos políticos, asociaciones empresariales y sindicales, ONG, movimiento vecinal o federaciones de padres y madres del alumnado.

Para comenzar a transformar la actual situación se precisa formación en valores democráticos, cauces en los que la gente se sienta protagonista y pueda palpar que su acción conjunta con otras personas ayuda a modificar el estado de cosas, por ejemplo, en los colegios e institutos. Y ello exige cambios a favor de un papel más decisivo de las familias en los consejos escolares. Pero, sobre todo, precisa de una mayor implicación de éstas en la educación de sus hijos y en la vida de los centros.

Vivimos en sociedades políticamente plurales y cada vez con mayor variedad religiosa u origen étnico. Aunque se empeñen los sectores más conservadores no hay una única forma de pensamiento, ni una única moral ni un único modelo de familia. Con ello hemos de saber convivir, aprovechando sus elementos más enriquecedores y teniendo como límite el escrupuloso respeto a los derechos humanos.

En ese marco se producen crispados debates, como el de la implantación de Educación para la Ciudadanía. Un sector radicalizado de la derecha la boicotea desde el poder político de algunas comunidades, como ha ocurrido en Valencia y Madrid, mientras algunos padres impulsan la objeción a la asignatura. Se cuestiona el papel del Estado como educador sobre la base de una supuesta exclusividad familiar en la formación en valores, de raíces poco democráticas y ajena a la realidad social en la que podemos y debemos compartir valores comunes.

La sentencia del Supremo a favor de Ciudadanía -señalando que es totalmente compatible con el derecho a la libertad religiosa e ideológica que proclama la Constitución debe hacer volver las aguas a su cauce. Y posibilitar que trabajemos desde el sistema educativo por una auténtica formación en valores, desde la pluralidad a la igualdad entre hombres y mujeres, desde la defensa del medioambiente a los derechos sociales y económicos; es decir, construyendo una sociedad más justa para todos y todas.





Autor
Luis Gil Moreno
Presidente de la Federación de APAS “Galdós” (Gran Canaria)
Fuente
en/feb/mar 2009 padres y madres de alumnos y alumnas Nro 47



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martes, 12 de julio de 2011

SAVATER DESTACA IMPORTANCIA DE EDUCACION PUBLICA PARA DEMOCRACIA

La escuela puede cumplir importantes funciones, entre ellas la del fortalecimiento democrático. No podemos imaginar una democracia fuerte, teniendo una escuela deficiente, con una parte de la población que no puede ejercer la ciudadanía plenamente. En este artículo Savater se expide sobre el tema.
El escritor español Fernando Savater destacó hoy la importancia de la educación pública en la construcción de la democracia, ante un grupo de alumnos de la escuela 11 de Villa Ballester que trabajó con su libro "Historia de la filosofía. Sin temor, ni temblor".

De visita relámpago en Argentina, no por la 37 Feria del Libro sino para la filmación del documental "Lugares con genio", que lo trajo a Buenos Aires para hablar de Borges y se estrenará en septiembre próximo, Savater hizo un alto en la escuela Roberto Noble, donde los alumnos tuvieron un primer acercamiento a la filosofía universal de la mano de su último trabajo para jóvenes.

"Las escuelas son los lugares donde se conserva el espíritu de la civilización, donde se posibilita y distribuye humanidad -postuló- Y vosotros tenéis la responsabilidad de educaros para ayudar a los niños que nadie va a preocuparse por educar".

Y ésa es la importancia de la escuela pública, la base de las sociedades democráticas" lanzó esta mañana, recién llegado de España, en el patio de la escuela.

"En una democracia todos los ciudadanos somos los que gobiernan, los que mandan son los que nosotros les hemos mandado mandar, pero la soberanía, ese mando, está dentro de todos nosotros", aseguró a pleno sol ante alumnos, docentes y padres de esa escuela y otras del partido de San Martín.

Durante el encuentro, que incluyó una improvisación de alumnos de sexto turno mañana de la obra "Sócrates culpable!" -envueltos en sábanas y manteles blancos con una corona de hojas engrampadas en cartulina verde-, Savater les remarcó que "en democracia toda educación es de quienes van a mandar".

"De los que van a tener la responsabilidad de lo común, porque vosotros se están formando para ser los dueños de vuestro destino y del de vuestro país", aseveró.

Trabajos sobre filosofía hechos por niños de tercero a sexto grado forraban con afiches de colores los pasillos del colegio y anunciaban en el hall central la visita del creador de "Política para amador" y "Etica para Amador".

Dos libros que hoy son lectura obligada en los colegios y que sorprendieron al autor (con su traducción a 40 idiomas), porque los hizo como "un juego", contó, "a pedido" apenas recuperada la democracia en España: una cuestión pragmática, post franquismo no había libros de estudio sobre ética.

"Ningún esfuerzo económico o social es superfluo cuando se trata de educación", retomó Savater sobre un pequeño escenario armado para la ocasión.

El mundo, consignó, "está lleno de genios pero faltan maestros, algo fundamental y esencial" y pasó al imperativo: "los más jóvenes debéis agradecer a esos que dedican su esfuerzo para que os forméis para ser libres y llegar a gobernar mejor vuestros países".

"La enseñanza siempre es una preocupación pública, nunca es un asunto privado de papá, mamá, el nene o la nena porque de ella depende cómo será el país, nuestra vida y la de las personas que amamos", retomó ante autoridades del ministerio de Educación bonaerense y de Planeta, la editorial que publicó su "último trabajo para que los jóvenes aprendan filosofía", advirtió.

Ante el comentario de una docente, respecto a que "los maestros sintieron el temor al agarrar este libro para trabajar con los alumnos y luego el temblor de sus preguntas", Savater reseñó que "la filosofía no es más que una reflexión sobre lo que nosotros somos y la importancia de introducirla en la escuela nace en el mismo lugar y momento que la democracia".

"Significan lo mismo: la responsabilidad de que lo que se va a hacer, poner en común o pensar, depende del esfuerzo de los individuos -de lo que cada cual desea, piensa y hace- no de leyendas, tradiciones o genealogías. Todos de niños somos filósofos espontáneos", concluyó.


Fuente
Terra.com

domingo, 17 de mayo de 2009

Educación en la Convivencia

Creo que uno de los retos más importantes que debemos asumir los docentes es el de la "Convivencia democrática". Ciertamente debemos asumir que hay que cambiar, para ello debemos reflexionar con los otros, y luego actuar para modificar la realidad que nos aflije.
Convivencia escolar
Las aulas hoy en día son el reflejo de la sociedad en la que vivimos. Los retos, las ilusiones, los acuerdos y los conflictos son el día a día. Sin embargo, la convivencia basada en valores de igualdad, respeto y solidaridad hacen de la escuela un magnífico espacio para aprender y crecer. La mediación de conflictos basada en la educación entre iguales es una cuestión básica, al igual que la educación para la paz a la hora de resolver los mismos.

Ciudadanía, derechos y deberes, comunicación, diversión, aburrimiento, entendimiento, respeto, diversidad, negociación, acuerdos, disputas, relaciones afectivas, problemas, soluciones, participación… convivencia es todo lo que quieras crear en el aula, creemos la nueva convivencia, la convivencia de los derechos y deberes, la convivencia de tod@s para tod@s. Debemos sumarnos a la escuela de ciudadanía, a la convivencia.

Las aulas hoy en día son el reflejo de la sociedad en la que vivimos; los retos, las ilusiones, los acuerdos y los conflictos son el día a día. Sin embargo, la convivencia basada en valores de igualdad, respeto y solidaridad hacen de la escuela un magnífico espacio para aprender y crecer. La mediación de conflictos basada en la educación entre iguales es una cuestión básica, al igual que la educación para la paz a la hora de resolver los mismos.

Convivencia no es sinónimo de conflictividad, sino de crecimiento y enriquecimiento personal y social para con los demás. La convivencia en los centros escolares tiende a identificarse, a menudo, con uno sólo de sus elementos constitutivos: la disciplina y el conflicto.

Están implicados, en su ejercicio, los niños y niñas y adolescentes que se educan en los centros escolares, y por tanto, que aprenden, que se relacionan entre sí y con sus profesores y profesoras, y que lo hacen conforme a unas normas coherentes consensuadas con el sistema democrático en que la escuela se inserta. La convivencia se convierte, así, no sólo en la aplicación al ámbito escolar del conjunto de valores, normas y comportamientos propios de un sistema democrático sino, y sobre todo, en la ocasión y el momento del aprendizaje de la propia democracia. Vale decir, de la aceptación y obligatoriedad de las normas, de la relación que se establece entre esas normas que regulan los comportamientos y los valores que las sustentan, y por ello, del significado de las transgresiones de esas normas, de la responsabilidad individual y colectiva en los hechos y la legitimidad de la imposición de castigos proporcionados a aquellas transgresiones. En definitiva, del equilibrio entre los derechos y los deberes de las personas. En una sociedad, como la nuestra, que se hace cada vez más compleja, esta tarea de "aprender a convivir", constituye un objetivo prioritario para todos y todas.


(Basado en folleto de la FETE-UGT)
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