Mostrando entradas con la etiqueta desarrollo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta desarrollo. Mostrar todas las entradas

jueves, 2 de marzo de 2023

¿Qué juegos inciden más en el desarrollo infantil?

 

La importancia del juego para el desarrollo de los más pequeños es una idea bien asumida por la sociedad, especialmente entre el profesorado. Pero ¿realmente conocemos los motivos por los que es importante y sabemos cómo sacarle el máximo provecho?



Centrándonos en el ámbito educativo, se observa muy positivamente el interés que emerge en las maestras y maestros por incluir el juego y la motivación del alumnado en sus aulas. Tanto es así que se lee y escucha mucho términos como “gamificación” o actividades tipo “Escape Room“. Sin embargo, ¿qué garantías de éxito nos proporcionan estas prácticas? ¿Qué cualidades desarrollamos en ellas y en qué medida? 

Si acudimos a los más destacados y referenciados autores encontramos, por ejemplo, que Vygotsky hablaba del juego en su libro “El desarrollo de los procesos psicológicos superiores” resaltando interesantes apuntes a tener en cuenta, como la seriedad con la que el niño y la niña toma el juego (al contrario de como solemos pensar). También señalaba cómo este es útil en cuanto a que para la infancia es una forma de adoptar el rol de otra persona (fingiendo ser alguien concreto) y así el niño o niña comienza a adquirir habilidades de otras personas que todavía no domina y trata de imitar, poniéndose en su lugar. Además, el autor indica que el juego facilita el autocontrol en niños y niñas y les ayuda a moderar sus conductas, privarse de egocéntricos deseos y seguir normas. Estas pinceladas ya nos dejan ver que el juego es una herramienta a tener en cuenta de forma más profesional y seria. 

Si nos vamos a las evidencias más actuales, el Centro de desarrollo infantil de Harvard (Center on the Developing Child, Harvard) recientemente nos ha proporcionado una guía de gran utilidad sobre el juego, indicando diversos ejemplos concretos (y su motivo) para las distintas edades.

En esta publicación vemos ejemplos desde los primeros meses con juegos como el cubrirse la cara (el “cu-cu” o “peak-a-boo” en inglés), importante por el esfuerzo que hace el bebé por recordar qué cara se esconde tras las manos, lo cual trabaja su memoria, a juegos en edad más avanzada y adolescente, de equipo, que fomentan la colaboración mutua para conseguir objetivos compartidos. 

De esta guía se pueden extraer claramente algunas conclusiones sobre el juego que coinciden con lo que las investigaciones de máximo impacto ya venían publicando. El juego útil es el que :

1: tiene como base las interacciones con los más capaces, incluyendo a adultos. Esto ya lo sugerían autores de relevancia como Vygotsky, Bruner o Rogoff, así como también se publicó este mismo centro de investigación de Harvard explicando el “serve and return” (ese intercambio, feedback y respuesta al niño por parte del adulto, esa intersubjetividad);

2: tiene altas expectativas y supone retos como elaborar estrategias y reflexionar, como ocurre en el ajedrez;

3: favorece la colaboración mutua, que supone llegar a acuerdos y la necesidad de interactuar con compañeros y compañeras para cumplir los objetivos. 

Gracias a esta sencilla y clarificadora publicación de Harvard, tanto profesorado como familiares podemos hacernos una mejor idea de qué tipo de juegos incluir con garantía de resultados y por qué, sin dejarnos llevar por las modas y productos comerciales que nos llegan desde la prensa, las redes sociales o incluso la formación del profesorado. 

Por Sergio Miralles

Maestro de educación primaria y especialista de inglés

Fuente: https://periodicoeducacion.info/2023/02/26/que-juegos-inciden-mas-en-el-desarrollo-infantil/

jueves, 28 de julio de 2016

EL FACTOR OLVIDADO EN LA CONVERSACIÓN SOBRE EQUIDAD

Normalmente, no se atribuye al profesor el rol de desarrollar la inteligencia de sus alumnos, pero si pensamos en cómo es alguien inteligente, veremos que es quien tiene buen pensamiento: asocia ideas, identifica patrones, resuelve problemas creativamente, analiza las variables de una situación compleja, empatiza y visualiza una situación desde otra perspectiva, argumenta, sintetiza, tolera la incertidumbre cuando la solución no llega rápido, lee comprensivamente, aprovecha los recursos de manera óptima, reflexiona y transfiere ideas entre distintos escenarios.

Todas estas habilidades se pueden enseñar en forma explícita en la escuela, integrándolas en una asignatura. Por ejemplo, un profesor de historia puede enseñar a sus estudiantes a analizar las causas de la Segunda Guerra Mundial y luego a encontrar un patrón que explique las causas de otras guerras o revoluciones.
También puede enseñar a sus alumnos a evaluar la confiabilidad de las fuentes de información o a analizar críticamente las razones de Truman para lanzar la bomba atómica. Si las habilidades asociadas a la inteligencia (o al buen pensamiento) se pueden enseñar, entonces la inteligencia es “aprendible”, modificable y, por lo tanto, incremental.
Carol Dweck, profesora de la Universidad de Stanford, quien ha teorizado exhaustivamente sobre estos temas, explica que las personas pueden tener dos mentalidades respecto a la inteligencia: creer que es fija o creer que es incremental.
De acuerdo a sus investigaciones, aquellos que creen que la inteligencia es fija (que se nace con ella y poco podemos hacer para incrementarla) tienden a atribuir sus experiencias de fracaso a su escasa habilidad y  asociarlos a una debilidad ajena a su control (“yo soy así”, “todos en mi familia somos así”).
A su vez, esto conduce a evitar las oportunidades que pueden conducirlos a fracasar, lo que impide su aprendizaje posterior. Por ejemplo, si un niño de primero básico se convence de que es “malo” para aprender matemática porque le falta inteligencia y con eso se nace o no se nace, es muy probable que deje de trabajar en clases y que, en consecuencia, sus resultados sean efectivamente tan bajos como él espera. Este niño se siente de manos atadas, es “malo” para los números y no hay nada que pueda hacer para evitarlo.
Por el contrario, las personas que creen que la inteligencia es incremental tienden a perseverar después de los fracasos porque consideran que el esfuerzo y la práctica pueden conducirlos a aumentar sus capacidades y que mientras se esfuerzan su cerebro está haciendo nuevas sinapsis, tal como lo demuestra Dweck en uno de sus experimentos.
En el mismo ejemplo, si este niño atribuyera sus bajos resultados en matemática a su falta de estudio, y no a su falta de capacidad, entonces se esforzaría por trabajar más hasta conseguir los resultados que sueña.
Creer de verdad que la inteligencia no es algo fijo, sino algo modificable tiene importantes consecuencias dentro de la sala de clases. Un profesor con mentalidad de inteligencia incremental aplaude el esfuerzo de sus estudiantes (“bien, se nota el estudio”), más que sus talentos (“usted es tan inteligente”) y no etiqueta a sus estudiantes de acuerdo a los resultados que obtienen en la prueba de diagnóstico (“no hay caso con este niño”), sino que está atento a lo que necesita cada uno para conseguir resultados exitosos (“Juan necesita practicar más la carrera con obstáculos”, “quizás Ana comprendería mejor la estructura de un ensayo si participara en un debate”).
Tan necesario como que los profesores se convenzan de que sus estudiantes pueden aprender, es que tengan las herramientas para enseñarles. Todos los profesores pueden potenciar la inteligencia de sus estudiantes, si han aprendido cómo hacerlo. Este es un excelente desafío para quienes serán mentores de profesores novatos y para quienes imparten instancias de capacitación docente.
Muchos excelentes profesores han sido testigos de cómo cambia la creencia de los estudiantes sobre su propia capacidad cuando viven la experiencia de que su inteligencia es modificable.
 “¿Sabe, profe? Yo nunca había entendido cómo se ponían los tildes hasta ahora, trataba de ‘achuntarle’ pero nunca me salía”. Descubrir que lo que siempre habían considerado cierto de pronto se derrumba tiene consecuencias enormes para el aprendizaje. Todas las barreras que los anteriores fracasos habían levantado se desvanecen y en su lugar aparece un inmenso paraíso de posibilidades.El estudiante que aprende lo que nunca creyó que aprendería se siente capaz de aprenderlo todo. Qué importante es que encuentre en ese momento a otro excelente profesor.
El debate público ha tocado muchas veces el problema de la equidad en educación, el de cómo brindarles a todos los estudiantes chilenos el acceso a las mismas oportunidades. Creo que el principal factor de equidad es la promoción de la inteligencia de nuestros estudiantes y la enseñanza de habilidades y actitudes que harán de ellos ciudadanos pensantes y participantes, independientemente del lugar en que hayan nacido.
Sabemos que el talento se reparte sin mirar de qué material está hecha la cuna y que las diferencias futuras se explican por cuánto se ha potenciado y pulido ese talento inicial. Autores como Reuven Feuerstein y David Perkins han estudiado estrategias de enseñanza que incrementan la inteligencia de los estudiantes y fomentan su aprendizaje.
En Chile hay también investigación y resultados en esta línea, por ejemplo, en el trabajo de Cecilia Assael, miembro del Centro de Desarrollo Cognitivo de la Universidad Diego Portales. Un estudio de la Universidad reportó que las estudiantes que habían participado en su Programa de Enriquecimiento Instrumental—basado en las teorías de Feuerstein—durante séptimo y octavo tenían un rendimiento entre un 19% y un 41% superior a lo esperado para su edad.
Para hacer justicia a nuestros estudiantes, solo falta decidirse y demostrar consecuencia. Hagamos que la promoción de sus capacidades sea verdaderamente prioridad en la sala de clases. Los profesores podemos más y somos capaces de aprender, eso no está en cuestión.



27 de julio de 2016 /
Por: Josefina Santa Cruz /
Fuente: http://opinion.cooperativa.cl/

sábado, 3 de agosto de 2013

Acciones educativas: motor que impulsa el desarrollo de los individuos

¿Qué es lo que nos hace crecer? S la Educación es un motor del desarrollo de los individuos, entonces ¿Cuáles son los retos para eliminar brechas de marginación y pobreza? ¿Qué visión asumir para tener éxito en las propuestas?



Intervención educativa en la infancia
El sentido metafórico de la conocida frase “El niño es el padre del hombre” -que refleja el espíritu que permea en los estudios sobre el desarrollo y los esfuerzos de intervención educativa, en torno a la primera infancia, en particular desde la perspectiva de los profesionales de la educación- resulta incuestionable respecto a la trascendencia del periodo de infancia, no sólo en cuanto atañe al destino del ser humano como persona, sino en cuanto destino de la propia cultura y sociedad en que se desenvuelve.

No obstante, el adulto no se encuentra figurado en el niño; por tanto, el desarrollo infantil no consiste en “desenvolver” potencialidades preexistentes y fijas ya latentes en el infante, suponiendo que la educación procede de modo análogo al crecimiento de las plantas. Se dice que Froebel apoyó esta analogía al denominar a su escuela “jardín de niños”. Sin embargo, esto le brindaría al desarrollo infantil (y por ende al humano en general) un límite inflexible. Por el contrario, de acuerdo con ideas de pedagogos como Dewey o de la psicología constructivista contemporánea de corte sociocultural, se considera que el desarrollo infantil es un proceso dinámico que otorga una importante función a la experiencia educativa, en el sentido de la reconstrucción constante de lo que el niño hace a la luz de las experiencias en que participa, y en el marco de las restricciones y oportunidades que le ofrece un entorno sociocultural. Por estas razones, se considera que los esfuerzos como educadores de la infancia es necesario encaminarlos hacia la promoción del desarrollo humano (en el sentido de bienestar y calidad de vida) y la inclusión social, ambos sustentados en el valor de la equidad, y en el marco de respeto hacia los derechos del niño.


Al considerar la situación actual del país, es innegable que se requiere generar o ampliar la cobertura y calidad de una diversidad de programas que atienden a la infancia. Asimismo, se necesita formular políticas apropiadas e instaurar sistemas de rendición de cuentas ante la sociedad que abarquen dichos programas y políticas, pero también las instancias responsables y los agentes educativos que las generan y llevan a la práctica.


El principal reto aún es zanjar la brecha de marginación, pobreza y exclusión que hoy viven millones de niñas y niños, pero bien se dice que para “intervenir antes hay que conocer”. Por esta razón, los educadores y especialistas en educación y desarrollo infantil requieren, en primera instancia, profundizar en el estudio de las condiciones sociales de los diversos contextos en que se desenvuelven las niñas y los niños en el país, así como convertirnos en usuarios y a la vez en participantes activos en la generación del corpus de investigación científica contemporánea sobre salud y desarrollo infantil, local e internacional. Por otro lado, también se enfrenta el reto de aprender a trabajar en una dinámica de colaboración intersectorial e interinstitucional y, por ende, multidisciplinaria.

De cara a los avances en la investigación e intervención educativa en este ámbito, y en particular desde las visiones de corte sociocultural y situacional, ya no se considera suficiente ni apropiado el estudio o abordaje del infante en el plano exclusivamente individual, sino que se requiere una visión holística, sistémica o ecológica, que lo vincula con el contexto familiar y comunitario que lo rodea y con los programas de desarrollo de los que en forma eventual recibe la atención.


Es importante resaltar este punto, debido a que en la actualidad se observa el intento de superar un individualismo metodológico, que era el paradigma dominante en las evaluaciones psicológicas, de la salud y del desarrollo infantil, así como humano en general. En este caso, se ha logrado trascender (al menos desde la teoría, y se espera que también en la práctica) un planteamiento de atributos o propiedades singulares, es decir, concebidas desde la lógica de la exploración de un sujeto en solitario (talla, coeficiente intelectual, perfil de maduración, etcétera), que solían explorarse de forma única y aislada haciendo una abstracción descontextualizada del desarrollo infantil, omitiendo la situación, los procesos básicos y los contextos significativos, familiares y culturales, que lo posibilitan.


Esta visión conducía, casi indefectiblemente, a la contrastación “en frío” con parámetros o normas de desarrollo, donde numerosos niños eran etiquetados porque estaban al margen de los indicadores de “normalidad”, y aunque en muchas ocasiones esto les permitía recibir los beneficios de programas educativos compensatorios, también es verdad que otras veces los conducía a la exclusión social y educativa.

En busca de un enfoque integrador
Hoy no sólo los teóricos e investigadores del desarrollo infantil, sino también algunas instancias educativas y gubernamentales, manifiestan un reconocimiento explícito de que no existe un cauce en el desarrollo infantil “natural”, “universal” o “único” que sea ajeno a las demandas, los valores y prácticas sociales que se plantean desde una sociedad y culturas concretas. Así, parafraseando a un reconocido autor, los profesionales de la educación reconocen que la sociedad configura las prácticas que constituyen la infancia moderna, y el mensaje positivo de esta idea es que la acción educativa constituye el motor que impulsa el desarrollo de la persona. Por ende, en este amplio espacio abierto a la acción de los educadores podemos situar la importancia del currículo y las prácticas educativas dirigidas al infante y al niño preescolar.

El trabajo de investigación y de intervención en torno a la infancia requiere asumir un enfoque integrador o ecológico, propio de la perspectiva de los sistemas sociales que convergen en el desarrollo infantil. No podemos estancarnos en reduccionismos biologicistas o psicológicos, como suele suceder cuando se enfoca el desarrollo humano desde una perspectiva sólo naturalista y centrada en el individuo como ente aislado, fuera de cualquier contexto o acción social.

En este marco de abordaje ecológico y sociocultural –y de definición de la educación en la primera infancia y etapa preescolar- es sabido que los proyectos educativos y curriculares actuales han entrado en una lógica de diseño por competencias. Pero el concepto mismo de competencias, y sobre todo en su operacionalización, sufre de una dispersión de significados y, habitualmente, de un peligroso reduccionismo. Definir las competencias básicas de la educación infantil requiere partir de una visión clara del sentido y la dirección de bienestar y calidad de vida que se pretende asegurar para todos los niños y las niñas, partiendo de los valores de equidad e inclusión educativa y tomando como referente el peso del contexto socioeconómico, familiar y comunitario. Asimismo, es preciso resaltar y respetar la diversidad entre los procesos de adaptación social y construcción subjetiva de identidad personal, que se traduce en la emergencia de las citadas competencias de desarrollo.


La noción de competencia de desarrollo en el infante, planteada por Georgina Delgado, se denomina competencias sociofuncionales, ya que acentúa precisamente esta visión social y ecológica descrita. Las categorías establecidas (competencias personales, sociales, de adaptación al medio físico y social, comunicativas y de representación) logran una visión más holística que les permite abordar distintos ámbitos del desarrollo infantil sin fragmentar o sesgar su importancia e interacción. Así, el perfil de competencias planteado abarca los aspectos centrales del desarrollo humano en esta etapa, desde un abordaje sociofuncional, y una perspectiva de educación para la vida. El objetivo es superar la visión de las escalas normativas de desarrollo infantil por áreas (cognitivas, afectiva, psicomotora, etcétera), aunque de hecho se incluye la progresión de dichos logros en el infante.


También se intenta superar una visión demasiada pragmática, reduccionista y técnica que en la actualidad está proliferando en relación con el concepto de competencia de aprendizaje en gran parte de los proyectos educativos y curriculares, donde la competencia queda reducida al dominio del saber hacer procedimental y de corte técnico como una vía que sólo permite definir listados de tareas o comportamientos discretos y fragmentados.


Por otra parte, habría que mencionar algunos ámbitos de estudio del desarrollo infantil poco explorados en el medio, los cuales establecen parte de la agenda pendiente de los especialistas en educación. En particular, lo concerniente al desarrollo moral y la conformación de valores, expresión y manejo de emociones, sentimientos, así como la adquisición paulatina de habilidades del pensamiento y solución de problemas en contextos de la vida diaria, o la construcción y manifestación de las inteligencias múltiples. Y en relación directa con la posibilidad de fortalecer la atención dispensada desde los programas curriculares y extracurriculares, sabemos poco de las influencias mutuas entre los procesos de formación de los agentes educativos y socializadores (sobre todo padres y educadores, pero también los medios de comunicación) respecto a las interacciones y prácticas educativas, en términos de los aprendizajes y valores que promueven en los niños.


A manera de conclusión, y como última reflexión, la importancia de la formación de especialistas en educación y docentes que, ante los retos planteados aquí, requiere de un esquema que permita su acercamiento a estas realidades, un entrenamiento profesional basado en un modelo de formación in situ, en una práctica reflexiva que más allá del conocimiento disciplinar de frontera, les dé elementos para la emisión de juicios, la toma de decisiones, y el replanteamiento de políticas y proyectos educativos destinados a la infancia. Ante todos los procesos formativos, debe aumentar nuestra comprensión de los procesos vinculados con el desarrollo infantil, reconociendo la amplia diversidad de contextos socioeducativos e identidades culturales.




Autora
Lorena Marín Maceda
En: Alas para la equidad Nro 36

viernes, 17 de mayo de 2013

Investigación e innovación sobre aprendizaje docente y desarrollo profesional


¿En qué consiste el “aprendizaje docente”? ¿Debe el docente investigar sus propias prácticas? ¿Cuál es el rol de la investigación? ¿Qué papel le cabe a todo esto en el desarrollo profesional?



Si se acepta que el aprendizaje del docente es situado, es decir, que tiene su origen en prácticas concretas, la investigación que mayormente responde a tales condiciones es la cualitativa.

 
El gran debate al respecto es si el docente debe o no realizar investigación. Hay quienes argumentan que investigar y enseñar corresponden a dos lógicas diferentes y que se puede ser un buen maestro sin relacionarse con la investigación.

 
No obstante, el quehacer del docente se inscribe en un campo de conocimiento particular –la pedagogía– y para su crecimiento y acumulación requiere de la investigación, y quién más idóneo para realizarla que el mismo docente. La investigación del docente no solo contribuye a que exista un mayor conocimiento pedagógico, sino que agrega profesionalismo a su práctica y orienta sus acciones de manera reflexiva y fundamentada.

 
La investigación contribuye a un ejercicio reflexivo, sistemático, crítico, riguroso e innovador que ayuda a que el docente haga mejor su tarea. Posibilita la indagación, sistematización y reconstrucción de su saber pedagógico tal y como se definió al inicio de este capítulo. La relación investigación-saber pedagógico contribuye al aprendizaje del docente y a su desarrollo profesional, ya que permite avanzar en el conocimiento de enfoques, escuelas, paradigmas, teorías, modelos, metodologías y didácticas que orientan las prácticas pedagógicas cotidianas de los docentes.

 
De igual forma, apoyan los procesos de reflexión sistemática que necesitan desarrollar los maestros para poder identificar logros y dificultades asociadas a la compleja tarea de enseñar y aprender.


La investigación que realiza el docente contribuye a la búsqueda del sentido de la acción educativa, inscrita en un contexto institucional y enmarcada en unos lineamientos de política que la orientan. En este orden de ideas, la investigación sobre la práctica docente es un medio para generar y poner a prueba nuevas maneras de enseñar y aprender conducentes a mejorar los estándares de calidad, a dinamizar las instituciones educativas y sus procesos y a lograr que la educación contribuya a la construcción de nación.

 
La investigación que realiza el docente sobre su práctica lo lleva a cualificar su manera de enseñar, ya que un maestro investigador estará atento a que sus estudiantes involucren los procesos de la investigación en su aproximación al conocimiento. De esta manera, no solo privilegiará las metodologías de la pedagogía activa, sino que llevará a que sus alumnos desarrollen procesos de metacognición y en general logren aprendizajes significativos.


Si se acepta igualmente que el aprendizaje cooperativo contribuye sensiblemente al desarrollo profesional docente, la investigación que realizan los maestros, y primordialmente aquella derivada de los enfoques cualitativos, permitirá la participación de varios docentes en un mismo proyecto de investigación; o bien la posibilidad de analizar un mismo problema de investigación a partir de la reflexión sobre diferentes perspectivas curriculares; o bien involucrar como observadores de su propia práctica a varios colegas, como en las experiencias pedagógicas mediante la investigación acción.

 
La investigación orienta muchas de las propuestas de formación continua. Si se mantienen como características del aprendizaje docente ser situado y compartido, los procesos de reflexión sobre la práctica necesitan tomar distancia para la objetivación de lo que allí sucede, pero también necesitan llevarse de nuevo a lo cotidiano para transformarse. Los programas de formación permanente en Bogotá, por ejemplo, involucraron tanto actualización de conocimientos pedagógicos, como investigación y propuestas para modificar las prácticas pedagógicas tanto en el aula como en la institución educativa.

 
Así, en dichas experiencias se partía de lo cotidiano, pero se compartían las reflexiones con los colegas y se apostaba a la transformación institucional. Estas propuestas también acompañan los planteamientos de cambio y mejora en las escuelas efectivas.

 
Algunas iniciativas reportadas por Terigi a propósito del aprendizaje docente y la búsqueda de su desarrollo profesional hacen presente el privilegio del aprendizaje cooperativo, tales como talleres centrados en la reflexión crítica sobre las situaciones educativas; el apoyo de los pares que orientan el trabajo pedagógico y que llevan incluso a resignificar el rol de los supervisores, como en el caso de los microcentros rurales en Chile; la ampliación de las experiencias de aprendizaje docente más allá de las propuestas institucionales y que tienen un claro ejemplo en las redes de maestros, sean ellas temáticas –redes de maestros que enseñan matemáticas, español o ciencias–, para llegar a procesos que involucran propuestas colectivas tales como los maestros expedicionarios que llevaron a cabo varias rutas pedagógicas en el caso de la Expedición Pedagógica Nacional (EPN) en Colombia durante los últimos diez años.


Terigi muestra algunas tendencias con respecto al desarrollo profesional de los docentes, que bien pueden señalar propuestas de innovación en el campo:

 
Ø     El aprendizaje docente y su desarrollo profesional conforman un proceso continuo y no, como sucedía antes, una mera colección de eventos de formación.


Ø     El aprendizaje docente y su desarrollo profesional implican un trabajo conjunto entre investigadores, formadores y docentes dentro de los centros de formación e investigación. Tal interacción requiere condiciones de política educativa que la favorezcan.



Ø     El desarrollo profesional tiende cada vez más a incluir variedad de experiencias formales e informales a través de iniciativas que son sensibles al contexto y que, por lo tanto, guardan ciertas especificidades.


Ø     En clara concordancia con los aprendizajes situados que caracterizan el aprendizaje de los docentes, el aula se constituye en la fuente principal de experiencias para documentar y analizar con el fin de lograr nuevos conocimientos que apunten al desarrollo profesional.



Ø     El desarrollo profesional se asocia cada vez con mayor frecuencia a procesos sistemáticos de formación sostenidos en el tiempo, tanto los programas de postítulo como las maestrías y los doctorados.


Ø     El aprendizaje docente cuenta con un terreno propicio cuando el maestro participa en propuestas innovadoras.

 
Ø     El desarrollo profesional de los docentes necesita ir acompañado de propuestas institucionales que garanticen tiempo y oportunidades para el aprendizaje de los maestros.

 
Ø     Existe la tendencia a alinear las actividades de desarrollo profesional con metas de desempeño. En estos casos, la evaluación docente suministra los insumos necesarios para el diseño de propuestas, generalmente desde el mismo sistema educativo. El desarrollo profesional de los docentes es en estos casos una política educativa y para su logro se recurre a diversas propuestas, desde cursos de actualización hasta procesos de formación con maestros de excelencia, es decir, aquellos que han tenido los más altos puntajes en las evaluaciones de desempeño.



Como puede verse, el aprendizaje docente y el desarrollo profesional son un campo abierto a la innovación y a la incorporación del “saber acumulado” por la investigación en aras de garantizar la calidad de quienes se muestran como un factor esencial en los procesos de enseñanza-aprendizaje: los maestros.



Extraído de
Innovación e investigación sobre aprendizaje docente y desarrollo profesional
Gloria Calvo
En Aprendizaje y desarrollo profesional docente
Consuelo Vélaz de Medrano
Denise Vaillant
Coordinadoras

sábado, 11 de mayo de 2013

Principios de la profesionalización docente

Existe consenso en la importancia de la tarea docente, y en la necesidad de un adecuado Desarrollo Profesional Docente, entonces ¿Qué principios deben orientar ese desarrollo? ¿Hacia dónde apuntar?



Si revisamos la escasa producción en relación con la evaluación del desarrollo profesional docente, podemos llegar a identificar algunos elementos, componentes o principios en los que coinciden diferentes estudios. Hawley y Valli llegaron a sistematizar nueve principios que deberían orientar la práctica del desarrollo profesional, que sintetizamos a continuación.

 
El contenido del desarrollo profesional determina su eficacia
Los contenidos del desarrollo profesional docente deberían centrarse en lo que los alumnos han de aprender y en la forma que ellos tienen de enfrentarse a diferentes problemas. El contenido del desarrollo profesional debería tratar directamente sobre lo que se espera que los estudiantes aprendan y sobre aquellas estrategias didácticas que la investigación y la experiencia han demostrado que son eficaces. En este sentido existen abundantes datos empíricos que muestran que los programas eficaces de formación docente son aquellos centrados en la sustancia (lo que los profesores aprenden) y no en la forma (la forma como aprenden). Este principio supone en buena medida un cuestionamiento al fuerte énfasis que durante mucho tiempo se ha puesto en los procesos o en la estructura de las actividades de desarrollo profesional.

El eje articulador es el análisis del aprendizaje de los estudiantes
El desarrollo profesional que se basa en el análisis del aprendizaje de los estudiantes ayuda a los profesores a acortar la distancia entre el aprendizaje actual de los estudiantes y el aprendizaje deseado. Estas metas de aprendizaje de los estudiantes también proporcionan el fundamento para definir lo que los profesores necesitan aprender. Este principio destaca la importancia de diseñar el desarrollo profesional docente haciendo centro en los datos y las necesidades de aprendizaje de los estudiantes. En este sentido, el empleo de indicadores de aprendizaje de los estudiantes ha demostrado ser un instrumento útil cuando se formulan los objetivos de la formación docente.

 
Los profesores deben identificar lo que necesitan aprender
Cuando los profesores participan en el diseño de su propio aprendizaje, su compromiso crece. Es más probable que los profesores utilicen lo que aprenden cuando el desarrollo profesional se centra en la resolución de problemas referidos a sus propios contextos particulares. Esto supone un cambio respecto de lo que ha sido la tradición en la formación docente, organizada principalmente en torno a la participación de profesores en cursos. Esto no significa que los cursos y conferencias no sean necesarios, sino que deben considerarse como puntos de partida de un proceso de cambio más amplio. Se sabe que el aspecto clave de todo proceso de desarrollo profesional está en la implantación.


La escuela es el telón de fondo
El desarrollo profesional debería estar basado en la escuela y construirse en torno al trabajo diario de enseñanza. Los profesores aprenden de su trabajo. Para aprender a enseñar de forma más eficaz se requiere que ese aprendizaje se planifique y se evalúe. Es preciso que el aprendizaje ocurra en un contexto específico. El desarrollo del currículo, la evaluación y los procesos de toma de decisiones siempre representan ocasiones propicias para el aprendizaje.

 
La resolución colaborativa de problemas es un pilar
El desarrollo profesional debería organizarse en torno a formas colaborativas de resolución de problemas. Sin resolución de problemas de forma colaborativa es posible que ocurran cambios individuales, pero esto no garantiza que cambie la escuela. Las actividades de resolución colaborativa de problemas permiten a los docentes trabajar juntos para identificar problemas y luego solucionarlos. Las actividades pueden incluir grupos interdisciplinarios, grupos de estudio o de investigación-acción.


El desarrollo profesional debería ser continuo y evolutivo
Adoptar e implementar prácticas eficaces requiere de un aprendizaje continuo, lo que implica seguimiento y apoyo para posteriores aprendizajes a partir de fuentes externas a las escuelas. Por lo tanto, el diseño del desarrollo profesional debe otorgar tiempo suficiente para aplicar nuevas ideas. El seguimiento y el apoyo aseguran que el desarrollo profesional contribuya a un cambio real y a la mejora continua.

 
Hay que garantizar la incorporación de múltiples fuentes de información
El desarrollo profesional debería incluir información sobre los resultados del aprendizaje de los estudiantes, así como sobre la enseñanza y el resto de los procesos implicados en la implementación de los aprendizajes adquiridos a lo largo del desarrollo profesional. El desarrollo profesional debería incluir su propia evaluación, utilizando a tales efectos diferentes recursos: portafolio, observaciones de profesores, evaluación de compañeros, resultados de los estudiantes.

 
Es necesario tener en cuenta las creencias
El desarrollo profesional debería proporcionar oportunidades para mejorar la comprensión sobre las teorías que subyacen al conocimiento y a las habilidades para aprender. Puesto que las creencias actúan como un filtro del conocimiento y orientan la conducta, el desarrollo profesional no puede dejar de abordar el análisis de las creencias, experiencias y hábitos de los docentes. Además, cuando los profesores poseen una adecuada comprensión de la teoría que subyace a las prácticas docentes concretas, entonces se encuentran en mejores condiciones para adaptar sus estrategias de aprendizaje a las circunstancias en las que se aplican.

 
El desarrollo profesional integra un proceso de cambio
Las actividades de desarrollo profesional deberían conectarse con un proceso de cambio más amplio y comprehensivo, centrado en la mejora de los aprendizajes de los estudiantes. Mejorar las capacidades de los profesores sin cambiar las condiciones que influyen en la posibilidad de aplicar estas capacidades puede incluso resultar contraproducente. Estas condiciones incluyen el tiempo y oportunidades de practicar nuevos métodos, una adecuada financiación, el necesario apoyo técnico y un seguimiento sostenido. De esta forma, a menos que el desarrollo profesional se diseñe como una parte inseparable de un proceso de cambio, es probable que demuestre no ser eficaz en definitiva.

 
Ingvarson, Meier y Beavis se formularon la siguiente pregunta: ¿Qué componentes de la formación tienen un mayor impacto en la mejora de la enseñanza del profesorado? Buscando responder a esta interrogante indagaron en cuatro grandes programas de formación continua de profesores en Australia. Los hallazgos de esta investigación arrojan considerable luz sobre el tema que nos ocupa.

 
Se trata de programas que ofrecen a los profesores oportunidades para centrarse en el contenido que los estudiantes deben asimilar, y que apuntan a resolver las dificultades que los estudiantes encontrarán para aprender dicho contenido. Además utilizan el conocimiento generado por la investigación acerca de cómo aprenden los estudiantes, e incluyen oportunidades para que los profesores de forma colaborativa puedan analizar el trabajo de los estudiantes.







Extraído de
La evaluación del desarrollo profesional docente
Carlos Marcelo
En: Aprendizaje y desarrollo profesional docente
Consuelo Vélaz de Medrano
Denise Vaillant
Coordinadoras



Publicaciones recomendadas
Carácter arbitrario del conocimiento escolar
Sin lugar para frágiles
Prensa poderes y democracia

miércoles, 24 de octubre de 2012

La Educación a Distancia en el marco del desarrollo humano

La Educación es uno de los pilares del desarrollo humano, los grandes cambios tecnológicos nos traen nuevas formas de relacionarnos. En ese entorno, la educación a distancia puede hacer importantes aportes ¿Qué ventajas significa? ¿Cómo puede ayudar?



  

El concepto desarrollo humano es amplio. El proceso mediante el cual se amplían las oportunidades del ser humano se convierte en la definición más acertada por cuanto ubica al hombre como centro del desarrollo proponiendo salidas conducentes a la generación de oportunidades de educación, salud e ingreso para llevar una vida decente. El índice de desarrollo humano I.D.H. está integrado por varios componentes dentro de los cuales la educación es uno de los más importantes, considerando la modalidad educación a distancia como una de las opciones que tiene el individuo para mejorar sus capacidades intelectuales que le permitan acceder al ingreso, mejorar sus condiciones de vida, participar en los procesos sociales y exigir el respeto de sus derechos. Finalmente, se precisa que la opción educación a distancia ayuda a elevar las cifras en educación como un componente integrador del I.D.H.

 Hacia una definición de desarrollo humano
Existen muchas definiciones acerca del concepto desarrollo humano. Una de las más importantes lo señala como «el proceso en el que se amplían las oportunidades del ser humano» (PNUD 1990), entendiéndose como oportunidad, la coyuntura y la conveniencia de tiempo y de lugar que aparece como el momento o la ocasión propicia para hacer o aprovechar algo. Mientras que el término opción está referido a la posibilidad que se le presenta a una persona para elegir entre varias cosas. A partir de estos referentes teóricos, intentaré explicar de qué manera la Educación a Distancia se convierte en una opción para el desarrollo humano.


A partir de la década de los 80’s se incorpora en los círculos académicos, políticos y económicos el término desarrollo humano, como un concepto que lleva implícito toda la reflexión y el cuestionamiento a las medidas que desde finales de la segunda guerra mundial han visionado aquellos agentes tecnócratas como la estrategia decisiva para regir las economías mundiales bajo nombres como desarrollo industrial, desarrollismo, desarrollo rural, subdesarrollo, ecodesarrollo, entre otros, pero que no han demostrado satisfacer las necesidades humanas; sino, más bien han servido para ampliar la brecha entre ricos y pobres y aumentar las desigualdades sociales.
 

Como producto de esas reflexiones y de las presiones surgidas al interior de las sociedades de distintas latitudes, desde la década de los 90s la Organización de las Naciones Unidas (ONU) propone un nuevo enfoque del desarrollo y lo hace en función del hombre, dándole la denominación de Desarrollo Humano, teoría que empieza a tomar fuerza y luego continua transformándose en años sucesivos, ampliando cada vez más el espectro de las necesidades humanas con miras hacia su satisfacción. De esa manera, sale a luz pública el primer Informe de Desarrollo Humano en 1990 definiéndolo como «el proceso mediante el cual se amplían las oportunidades de los individuos, las más importantes de las cuales son una vida prolongada y saludable, el acceso a la educación y el disfrute de un nivel de vida decente. Otras oportunidades, incluyen la libertad política, la garantía de los derechos humanos y el respeto a sí mismo» ( Marcel Valcárcel).
 

Visto de esa manera, la teoría del desarrollo humano se centra en las personas, y concibe al hombre como un ser integral, que durante su existencia encuentra una serie de necesidades inseparables que satisfacer en su ámbito biológico, intelectual y social, lo cual cobra fuerza y se nutre a partir del pensamiento Aristotélico, que desde la antigüedad había visionado que el «hombre es un ser biopsicosocial que tiene integradas en su persona tres grandes dimensiones la biológica, la psicológica y la social, dimensiones que están estrechamente ligadas y son las partes entre las que el individuo debe distribuir su atención para desarrollarse armónicamente»1.



Educación en el marco del desarrollo humano
Desde esta mirada se han enfocado los procesos sociales emprendidos en las últimas décadas, ajustando la normatividad hacia la consolidación de los derechos humanos, instando a los gobiernos de los diferentes países para que sean respetados, divulgados y evaluados en su integridad. En el marco de estos derechos se ubica la educación, como un componente integrador del desarrollo humano, definida «como el proceso mediante el cual se afecta a una persona estimulándola para que desarrolle sus capacidades cognitivas y físicas para poder integrarse plenamente en la sociedad que la rodea». A los hombres -dice Comenius- se les ha dado una oportunidad para la perfectibilidad continua e interminable, para la creatividad, para la educación permanente y para la autoeducación. Todo el mundo tiene el deber de aprovechar esta oportunidad, un deber tanto filosófico, como político y religioso.

 En los países civilizados la educación constituye un derecho, mientras que en los más vulnerables a veces puede convertirse en un sueño, un desafío o en una opción. De esa manera, la lucha permanente se orienta hacia la búsqueda de las oportunidades, siendo la educación una de las más importantes, por cuanto al recibirla crea la posibilidad de generar ingreso a través del empleo, y con ello acceso a la salud y al bienestar tanto del individuo como de la familia. En esa búsqueda de oportunidades y opciones nace la Educación a Distancia como un satisfactor de la necesidad de entendimiento como lo explica Mafred Max Neef en su texto Desarrollo a Escala Humana.

Educación a distancia: una opción del desarrollo humano
La educación a distancia es una modalidad educativa en la que los estudiantes no necesitan asistir físicamente a ningún aula, comportando ciertas características como: la flexibilidad de horarios, la autonomía y autodisciplina, el tiempo, el espacio y los obstáculos propiciados aun por la propia naturaleza, pero que igual a la educación tradicional da lugar a ser parte de los sistemas educativos con todas las exigencias y rigores, otorgando títulos con el reconocimiento y la validez universal.

La historia de la Educación a Distancia se remonta hacia mediados del siglo XX y encuentra sus antecedentes en los cursos por correspondencia que fueron inventados para resolver problemas en aquellos lugares donde no era posible montar un centro de enseñanza, o facilitar ciertos conocimientos que contribuyeran a generar habilidades en personas autodidactas, le siguen en importancia el bachillerato por radio y TV.

Con respecto a la educación terciaria, las primeras universidades que figuran ofreciendo programas de Educación a distancia son la Universidad de Sudáfrica (1946), la Open University (1969), la Universidad Nacional de Educación a distancia de España (1973), la FernUniversität Hagen de Alemania (1974), entre otras, las cuales han contribuido en la formación de personas que por razones diversas no pueden permanecer en las aulas convencionales de clases.
 

Lo anterior explica que la educación a distancia como modalidad educativa cumple plenamente su función social y se convierte de cierta manera en el ejemplo clave para que las personas puedan trascender del contexto local al nacional e internacional, apropiándose de las tecnologías de la información y de la comunicación como una herramienta que hace posible construir comunidades académicas y convertir a hombres y mujeres en ciudadanos y ciudadanas del mundo.

 En el mismo sentido esta modalidad educativa se convierte en una opción para el desarrollo humano porque permite mejorar el indicador educación como un factor integrador del I.D.H, situando con ello al país que corresponda en un nivel que clasifica el desarrollo humano integral como bajo, medio, o alto. Se convierte igualmente en una opción, tal vez las mas importante en los países en vía de desarrollo en la medida en que esta amplia los márgenes de cobertura que la educación presencial no puede cubrir por la limitación de sus recursos, y por los altos costos que la educación en si representa para la población mas desfavorecida.





Autora
Paulina Hoyos Regino
Magister en Educación, Coordinadora CAT Montería EAD- CECAR
En Revista ESCENARIOS. CECAR. 11:148-153, 2011

 



martes, 31 de julio de 2012

Por un cambio en las perspectivas de profesionalización

¿Cómo plasmar el desarrollo profesional del docente? ¿Tiene sentido recompensar con dejar de ser docentes? ¿Es positivo estimular la acumulación de credenciales? ¿O los estímulos salariales? En los siguientes párrafos se plantean alternativas interesantes, para repensar el tema.



Una parte de los debates acerca de la carrera docente y el desarrollo profesional ha derivado, en los últimos años, en la búsqueda de modos de controlar los “efectos perversos” de las carreras (como el credencialismo o la paradoja de recompensar a “los mejores” con dejar de ser docentes) o de forzar la participación de los docentes en instancias de formación específicas (como las propuestas que la consideran parte de la evaluación que decide los adicionales salariales).

Perazza propone cambiar el eje de la discusión y volver a poner el foco del análisis en que las personas que han elegido la carrera docente no lo han hecho solo por las remuneraciones, sino también por otros motivos válidos para sostener un proyecto de desarrollo profesional, en los que podría basarse un programa de profesionalización.

En este punto, es interesante revisar las perspectivas de los actores, reveladas en los estudios del GTP-PREAL: entre los aspectos valorados de su profesión, los docentes latinoamericanos se refieren a los logros de los estudiantes, al compromiso con la profesión, a la capacitación permanente, a la satisfacción de lograr enseñar lo que saben, al vínculo afectivo con los alumnos... (PREAL, 2005a). En relación con esos motivos, es posible proponer un conjunto de estímulos y desafíos que construyan un entorno profesional que atraiga no solo al ingreso a la carrera docente, sino a la permanencia y al progreso en ella.

La participación en un curso desafiante y su aprobación, la elaboración de un proyecto a realizar en la escuela, su puesta en marcha y evaluación, la satisfacción de ganar un concurso calificado y el prestigio que eso conlleva, la identificación de campos problemáticos en la institución escolar y la construcción de dispositivos que favorezcan la búsqueda de soluciones, la presentación a becas de estudio y el asesoramiento a un colega que se inicia, son ejemplos de importantes logros para los docentes que, incorporados a la perspectiva de la trayectoria laboral, pueden estructurar una carrera profesional atractiva y dotada de estímulos.

Los análisis previos han ofrecido algunos ejemplos de propuestas que articulan la carrera docente con el desarrollo profesional. Junto a otras posibles alternativas señaladas por Perazza, pueden organizarse como componentes de una reformulación de las perspectivas de profesionalización de los docentes de la región:

Asignación de nuevas funciones calificadas a los docentes que ya tienen cargos en el sistema.
Ciertas políticas orientadas a mejorar las oportunidades de aprendizaje de los alumnos están generando dentro de las escuelas nuevas funciones que constituyen oportunidades de desarrollo profesional, aunque para un número reducido de docentes. Es el caso de los maestros aceleradores en el Programa de Aceleración de Brasil o los proyectos de tutorías en numerosas escuelas secundarias de la región. El desempeño de estas nuevas funciones requiere, por parte de los docentes, la participación en situaciones de formación que tienen la particularidad de referirse a la práctica en la que se encuentran inmersos y a la que procuran responder, lo que constituye, según numerosos análisis, una clave para la eficacia de las experiencias de formación.

Plan de mejoramiento profesional.
Propuesto por la carrera magisterial de Puerto Rico, este permite a cada docente elaborar un plan de mejoramiento de largo alcance; adopta como criterios las disciplinas que le interesan y los conocimientos que necesita reforzar o adquirir.

Estímulos a la realización de estudios superiores en el área de educación.
Muchos maestros y profesores ingresan a la carrera docente y, en su transcurso, inician otros estudios de nivel superior; un porcentaje importante opta por áreas vinculadas a la educación. En virtud de ese interés, podría fomentarse la remuneración por otros títulos obtenidos en áreas relacionadas con educación. Sería un modo de incentivar la continuidad en los estudios y la elección de carreras afines a lo educativo, con la ventaja de que se trataría de una remuneración adicional, que no se vería afectada por cupos o topes, ni generaría competencia entre docentes por recursos escasos.

Año sabático.
Muchos docentes han apostado a su formación académica en el área educativa o en disciplinas complementarias, pero la disponibilidad de tiempo real para acceder a una postitulación es reducida, si se tiene en cuenta la jornada de trabajo. Podrían reglamentarse los casos en los cuales sería factible otorgar este beneficio para finalizar estudios posgraduales, de acuerdo con las prioridades de las políticas de mejora de la profesión establecidas por los gobiernos. Un aspecto a regular sería la obligación del docente de retornar a la escuela al finalizar el período, por un tiempo de trabajo mínimo preestablecido, como contraprestación; de lo contrario, el sistema educativo solo favorecería la formación individual y se vaciaría de personal con una formación posgradual.

Pasantías en otras escuelas en una función similar a la que se cumple en la propia.
Desempeñar la misma función en otro contexto institucional es una herramienta de formación interesante. Incluida la pasantía en un plan de Desarrollo Profesional Docente (DPD), el docente podría trasladarse a otra escuela donde –bajo la coordinación de un tutor del programa (función que puede ser un atractivo para docentes experimentados)– pueda realizar tareas como observación de clases, planificación conjunta, toma de evaluaciones, selección y organización de propuestas de enseñanza, etc. El cambio de contexto permite revisar las propias capacidades en el marco de la cultura institucional de una escuela diferente, que implica otras oportunidades de colaboración con los pares, otros modos de vínculos entre las familias y docentes, y otras formas de comunicación con los alumnos.

El programa chileno de becas de perfeccionamiento es una muestra de esta clase de iniciativas: algunos docentes visitaron centros relacionados con la enseñanza de su área curricular o su nivel de especialización, o se vincularon con programas de educación intercultural y de educación para niños con necesidades especiales; en el caso de los directores, también tuvieron la oportunidad de examinar otras formas de gestionar establecimientos educacionales. Según informa Ávalos, el programa combina el reconocimiento a la trayectoria con la intencionalidad formativa, pues conocer otros contextos amplía las perspectivas de los profesores sobre la docencia y sobre cómo podrían mejorarla.

Sistemas de mentorazgo.
Esta opción destaca a docentes calificados y de reconocida trayectoria para el acompañamiento de maestros y profesores en sus primeros desempeños laborales. Los mentores o tutores realizan su labor por medio de observaciones de clases, demostraciones, reuniones con el profesor al que están guiando y preparación conjunta de planes o estrategias pedagógicas. Los programas de mentorazgo tienen dos vinculaciones directas con el DPD. En ciertos programas (por ejemplo, el PAR, del Estado de Ohio, Estados Unidos) se indica la tutoría a docentes que ya tienen años de ejercicio laboral, pero que presentan resultados insatisfactorios o enfrentan dificultades en su desempeño. Y, en el conjunto de los programas, la formalización del rol de mentor o tutor ha creado una nueva posibilidad en las carreras profesionales de los maestros y profesores más antiguos, que puede contribuir a su profesionalización, tal como revela la experiencia estadounidense al respecto (PREAL, 2003). En el ámbito regional, la principal iniciativa parece ser la del Proyecto de Carrera Magisterial peruana: plantea seleccionar a profesores, de acuerdo con determinados criterios, para realizar tareas de acompañamiento y asesoría de los docentes nuevos durante un año, con una asignación económica especial.

Para cerrar, es interesante destacar que cuando los gobiernos deciden implementar o fortalecer medidas en el campo del desarrollo profesional docente, se enfrentan a muchas tensiones. No debe sorprender que algunos de los cambios encontrados en la relación entre DPD y carrera no encuentren expresión en la normativa vigente en los diversos países. Ello se debe, al menos, a dos razones.
•      La primera es que, debido a la división de poderes, en muchos países las normas no pueden ser emitidas por el nivel que impulsa el cambio: las regulaciones sobre las funciones docentes, que en la mayoría de los casos son leyes, suelen escapar al control de los Ejecutivos.
•      La segunda razón se relaciona con la posible conflictividad de las medidas. La construcción de espacios de negociación y acuerdo con los sindicatos docentes, base indiscutible para la implementación de políticas de largo alcance, se estructura sobre la tradición política de cada país y tiene efectos sobre los cambios que es posible someter a discusión.

La experiencia de los 90 hace palmaria la necesidad de preservar, de los debates, asuntos intrínsecos a la tradición del trabajo docente en la región, como la estabilidad en el puesto de trabajo, el derecho de agremiación o el principio de igual remuneración por igual tarea. Se trata de asuntos sensibles que, si resultan amenazados, dificultan toda posibilidad de analizar innovaciones en otros aspectos del trabajo docente y la carrera profesional.

En cambio, una modificación del foco de debate, que centre la discusión en la construcción de un entorno profesional con perspectivas de profesionalización atractivas, se presenta, a priori, como una vía más promisoria, cuyas potencialidades merecerían ser exploradas.



Autora
Flavia Terigi
Extraído de
Desarrollo profesional continuo y carrera docente en América Latina
SERIE DOCUMENTOS DE PREAL / DICIEMBRE 2010 / N º 50


Publicaciones recomendadas

lunes, 23 de julio de 2012

El desarrollo profesional docente

El desarrollo profesional docente debería ser tema de discusión en diversos ámbitos, en especial los que integran los sindicatos, para evitar que sólo se hable de salarios. En los siguientes párrafos se ponen en el tapete, temas como la formación inicial, los saberes de los docentes, la formación continua y la función de la institución escolar.



Cinco problemas para las políticas
En este artículo, se pondrá el acento en cinco problemas para las políticas educativas comprometidas en una perspectiva de desarrollo profesional de los docentes.

1. La formación inicial como base del desarrollo profesional
Las iniciativas novedosas relevadas en el segundo capítulo se refieren a programas y proyectos de formación de docentes en ejercicio. La mayoría de ellas hace abstracción de la formación inicial de maestros y profesores involucrados, ya que no establecen diferencias en las propuestas de acuerdo con la condición de titulación de sus destinatarios. Sin embargo, es evidente que las posibilidades de maestros y profesores de aprovechar las instancias de formación continua variarán significativamente según el bagaje de conocimientos y estrategias con los que ya cuentan, en virtud de su formación inicial.

Los países de América Latina presentan importantes variaciones con respecto a la condición de titulación de sus docentes y todos tienen personal que no reúne la formación requerida para el ejercicio de la profesión, si bien en número variable y distribuidos de maneras diferentes en los distintos niveles de los sistemas escolares.

Las propuestas de formación continua tienen que hacerse cargo rápidamente de esa situación: los países deberían convertir en prioridad de sus sistemas de formación la universalización de la titulación docente de los agentes que se desempeñan en sus escuelas. Los programas de iniciación a la docencia, concebidos originalmente como modos de prolongar la formación inicial y de contribuir a moderar el ya muy conocido “shock de realidad” (Veenman) que sufren los docentes noveles, pueden jugar un papel aún más importante, si se los sistematiza, para los agentes que se incorporan a la docencia sin provenir de las instancias de formación inicial.

2. Los saberes de los docentes
Aunque empieza a percibirse como necesidad la mejor precisión respecto a la base de conocimientos que requiere un docente para enseñar (Ávalos, en PREAL, 2001), aún no se dispone de un marco referencial adecuado, ni de una teoría suficientemente probada acerca del modo en que los nuevos saberes (los que circulan en la formación continua en sus variados formatos) se incorporan al marco referencial de los docentes.

Algunos países de la región han tomado la iniciativa en la formulación de marcos referenciales, como es el caso de Chile, con su Marco para la Buena Enseñanza, un instrumento que busca representar todas las responsabilidades de un profesor en el desarrollo de su trabajo diario, por medio de cuatro dominios: preparación de la enseñanza, creación de un ambiente propicio para el aprendizaje, enseñanza para el aprendizaje de todos los estudiantes y responsabilidades profesionales. Este instrumento se propone orientar a los docentes en sus propios procesos de evaluación, a los padres de los alumnos y a las instituciones que desarrollan acciones de formación profesional de los docentes.

A pesar de esfuerzos como este, los estudios especializados (por ejemplo, la línea de investigaciones sobre el llamado pensamiento del profesor) aún no dilucidan la naturaleza del conocimiento presente en los procesos de toma de decisiones de los docentes, ni la clase de contenidos y de procesos de formación que dan lugar a la constitución de los conocimientos que se requieren para la actuación, pero han establecido “la importancia de los procesos mentales según los cuales los profesores procesan la ejecución de su docencia o según los cuales acceden o rechazan las reformas propuestas” (Ávalos).

Muchas veces las situaciones de capacitación que se pretenden colaborativas consisten en encuentros en los que los docentes describen sus experiencias, y están menos desarrolladas las situaciones en que pueden reflexionar sobre las premisas de sus decisiones, analizar sus resultados, considerar las dificultades afrontadas y evaluar alternativas (Fenstermacher).

Para que el Desarrollo Profesional Docente (DPD) se estructure en torno a “situaciones de aprendizaje colaborativo en que se mezcle información, oportunidad de análisis crítico y ensayos de acción” (Ávalos), se requiere invertir en propuestas que reúnan condiciones para la producción de conocimiento acerca de la formación.

Hasta el momento, la producción de esta clase de conocimiento, así como la producción de conocimientos que contribuyan a sostener la enseñanza en condiciones de alta complejidad, no parecen incorporadas a las prioridades de las políticas. Esta cuestión se liga al problema de la base institucional de la formación continua, que trataremos al final de este capítulo.

3. La inversión sostenible en formación continua
Las perspectivas de articulación entre carrera docente y desarrollo profesional son promisorias por su contribución a la construcción de un entorno profesional que estimula el ingreso y la permanencia en la tarea docente, pero chocan con requerimientos concretos de financiamiento, como aspecto sustantivo de las políticas de mejora de la educación.

No es infrecuente encontrar que valiosas experiencias de DPD surgen ligadas a formas de financiamiento que permiten un impulso inicial, pero no son suficientes para su consolidación y desarrollo. En América Latina, las políticas de reforma de la década de los 90 se estructuraron con financiamiento internacional y eso incluye a las iniciativas de formación sujetas a la implantación de cambios en los sistemas educativos, en especial, cambios curriculares.

Muchas iniciativas de formación tuvieron que ser reestructuradas o directamente desactivadas como consecuencia de las crisis económicas, que provocaron la falta de fondos locales para sostenerlas más allá del período de financiamiento externo. Así, la experiencia de los CERP (Centros Regionales de Profesores) en Uruguay se inició con financiamiento proveniente, en parte, del endeudamiento externo del país. Aspectos clave de la experiencia, como los incentivos que permitieron seleccionar
a los formadores de docentes por medio de concursos o el Programa de Formación de Formadores, dependían de recursos financieros que comenzaron a disminuir debido a la crisis bancaria sufrida por el Uruguay, en el marco de la crisis financiera regional de comienzos del siglo XXI (Vaillant).

Países enteros tienen sus posibilidades de Desarrollo Profesional Docente (DPD) completamente supeditadas al financiamiento externo. Miller reporta esta misma situación para la Mancomunidad del Caribe. En otros se registra un avance importante del sector privado en las ofertas de formación (véase, por ejemplo, DINIECE), en especial en lo que se refiere a las propuestas apoyadas en las TIC.

A pesar de su centralidad, no se dispone de análisis de costos de la formación docente continua que permitan estimar las inversiones que los Estados deberán realizar en los próximos años, tanto para impulsar un sistema de formación ligado al desarrollo profesional como para asegurar la formación inicial a los numerosos docentes en ejercicio sin la titulación adecuada. Es necesario discutir el problema de la inversión sostenible en DPD, pues ningún planteamiento de conjunto y a largo plazo es verosímil si no se atiende este aspecto crucial de las políticas.

4. Las condiciones laborales de los docentes y las perspectivas de formación continua
Una variable crítica para la plausibilidad de las propuestas de DPD remite a una condición básica del trabajo docente, que es el tiempo. Por un lado, debe considerarse el tiempo efectivo del que dispone el personal de las escuelas (maestros, profesores, directores) para comprometerse en acciones que apoyen su propio aprendizaje. No hay estudios específicos sobre el tiempo rentado del que disponen en América Latina, aunque se sabe, por datos referidos a algunos de los países, que la variación es enorme entre países y dentro de cada país.

Además, es generalizada la situación de los docentes de nivel medio, designados por horas de clase, que carecen de tiempos institucionales. Sobre otros contextos, Darling-Hammond ha señalado que Estados Unidos se encuentra entre los países desarrollados que ofrece la menor cantidad de tiempo a sus maestros para dedicar al DPD, ya que las escuelas y los padres esperan que el maestro esté en el aula en todo momento. En la mayor parte de los países europeos y asiáticos “los maestros ocupan entre quince y veinte horas semanales en el aula y el resto del tiempo con sus colegas preparando lecciones, visitando a padres, orientando a estudiantes, realizando trabajos de investigación, participando en estudios grupales y en seminarios y visitando otras escuelas. Esto contrasta con la mayoría de los maestros de educación primaria en los Estados Unidos que disponen de tres horas o menos a la semana para preparar actividades (o solamente ocho minutos por cada hora en el aula), en tanto que los maestros de secundaria generalmente cuentan con cinco períodos de preparación a la semana (o trece minutos por hora de instrucción en el aula)” (Darling-Hammond). Resulta claro que el tiempo institucional es una condición para determinar qué tipo de participación es esperable de los docentes, según la modalidad de formación que se proponga y la estructura del puesto de trabajo.

Por otro lado, debe considerarse el tiempo extralaboral que los docentes podrían destinar a propuestas intensivas, como postítulos o grados académicos que les permitan especializarse o ascender en carreras magisteriales que tomen las titulaciones como criterio estructurante. Análisis realizados por la OCDE para un conjunto de actividades profesionales sugieren que la rentabilidad económica es un incentivo modesto para los individuos, especialmente los adultos con empleo, que tengan que formarse continuamente. Los docentes pertenecen a esa “clase de individuos”.

En el tercer capítulo de este trabajo se ha propuesto reconsiderar la especificidad de la docencia como una profesión motivada no solo por las remuneraciones, sino también por otras razones válidas para sostener un proyecto de desarrollo profesional. De todos modos, no puede desatenderse la cuestión de las condiciones de trabajo y su incidencia en el tiempo extralaboral, que los docentes pueden destinar a su formación.

De acuerdo con la OCDE, es necesario aliviar la carga de los ingresos sacrificados, acortar los períodos de estudio y tomar en consideración los conocimientos que ya poseen los adultos. Si así fuera, las formaciones sistemáticas, a las que parecen comenzar a apostar los países de la región solo serían atractivas para un subconjunto de los docentes, especialmente interesados en ellas.

5. La base institucional de la formación docente continua
Una conclusión que puede proponerse, a partir del análisis realizado en el segundo capítulo, es que aún no está clara la base institucional del DPD. Se han analizado propuestas que diversifican las instituciones que pueden ofrecer instancias de formación y se han visto avances importantes en algunos Estados hacia estructuras de la administración especializadas en la formación continua, pero la realidad de la mayoría de los países revela iniciativas espasmódicas, con tendencia a la discontinuidad y amenazadas por la falta de recursos.

Ávalos señala que durante los 90 las acciones aparecían insertadas en programas específicos de reforma, mientras que las acciones más recientes resultan de lo que podrían llamarse políticas emergentes: “Se plantean e insertan en el presupuesto nacional como acciones destinadas a responder a problemas nuevos o situaciones anteriores, que se identifican como nuevos problemas. Al proponerlas, sin embargo, no se prevé cómo se articularán con las necesidades más permanentes de la educación y las condiciones necesarias para asegurar una formación docente exitosa. Dicho de otro modo, las nuevas acciones no siempre tienen una estructura que les ofrezca soporte o no se advierten suficientemente los factores que afectarán su éxito y, por tanto, los cambios que deberán tener efecto para producir el resultado deseado” (Ávalos). Desde el punto de vista de la consolidación institucional del DPD, parece haber mucho para recorrer en las políticas de la región.

Los problemas enumerados en este capítulo final no son los únicos que pueden formularse y tampoco los únicos planteados en este trabajo; a lo largo de él hemos procurado sistematizar reflexiones que pudieran llamar la atención de decisores, especialistas y representantes sindicales sobre asuntos que requieren la consideración de todos, con el propósito de que las políticas docentes y, en general, las políticas de mejora de la educación, tomen al DPD no solo como un componente añadido a otros, sino como asunto central.




Autora
Flavia Terigi
Extraído de
Desarrollo profesional continuo y carrera docente en América Latina
SERIE DOCUMENTOS DE PREAL / DICIEMBRE 2010 / N º 50


Publicaciones recomendadas

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

Busca en mis blogs