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miércoles, 25 de marzo de 2020

Propuesta de atención al alumnado en situación de aislamiento escolar y social


  • Este documento ha sido elaborado una semana después de la suspensión de la actividad docente presencial (Decreto 8/2020 del 12 de marzo) y considerando la experiencia desarrollada en el transcurso de dicha semana. También es el fruto de la reflexión colectiva y la investigación inspirada en las buenas prácticas desarrolladas en otros contextos de emergencia y en el banco de recursos del INEE (Inter-Agency Network for Education in Emergencies).
«Deberá asegurarse una educación inclusiva para todos mediante la formulación y aplicación de políticas públicas transformadoras que tengan en cuenta la diversidad y las necesidades de los alumnos y hagan frente a las múltiples formas de discriminación y a las situaciones, incluidas las emergencias, que impiden la realización del derecho a la educación.»
Declaración de Incheon y Marco de Acción ODS 4 – Educación 2030

Objetivos de nuestra propuesta
Ofrecer una respuesta educativa inmediata y comprometida que minimice el impacto negativo del aislamiento escolar en el alumnado más desfavorecido o más afectado por la nueva situación.
Crear canales alternativos de comunicación que faciliten experiencias de aprendizaje enriquecedoras y que posibiliten vínculos afectivos beneficiosos para el bienestar de cada alumno/a.
Breve análisis de la situación actual

A nivel educativo, esta crisis nos afecta a todos, pero no nos afecta por igual. Tras la primera semana de cuarentena, como sospechábamos, los/as docentes hemos perdido el contacto y, por tanto, la posibilidad de comunicación, con parte de nuestro alumnado, especialmente con aquellos que se encuentran en situación de mayor vulnerabilidad y desventaja social.

Algunos factores amenazan con agrandar, cada semana que dure el confinamiento, las brechas en su aprendizaje y en su futuro desarrollo académico, incrementando el riesgo de abandono escolar. Según varios organismos internacionales, las consecuencias adversas del cierre de centros educativos para estos/as alumnos/as son:
Interrupción del aprendizaje: Disponen de menos oportunidades educativas y de desarrollo más allá de la escuela que otros/as compañeros/as (UNESCO, 2020).
Familias no preparadas para la educación a distancia y en el hogar: Sus familias cuentan con pocos recursos y quizá con limitaciones lingüísticas en el idioma oficial de instrucción (UNESCO, 2020).
Acceso desigual a las plataformas de aprendizaje digital: Sus familias no tienen acceso a la tecnología ni conexión a internet o lo tienen en modo insuficiente (UNICEF, WHO, 2020).
Aislamiento social: El centro educativo es el único espacio de interacción y socialización para muchos de estos niños y niñas que ahora han perdido todo contacto social, esencial en su aprendizaje y desarrollo (UNESCO, 2020).
Impacto psicológico y físico: Los niños que han sido expuestos a periodos de cuarentena y no cuentan con apoyo educativo tienen más probabilidades de desarrollar episodios traumáticos y de estrés (Wang et al. 2020).

Aunque la duración del cierre de centros educativos todavía es incierta y dependerá de la severidad de la pandemia, según los expertos, las estimaciones recomiendan un periodo mínimo de 4 semanas, pudiendo extenderse a 12 semanas en casos más graves (Lempel, Epstein y Hammond, 2009).

Estrategias y medidas de actuación
Para garantizar el derecho a la educación de estos/as alumnos/as recomendamos articular estrategias alternativas en dos ámbitos:
1. Ámbito de proximidad (Centros educativos y ayuntamientos).
Identificar qué alumnos/as se encuentran en situación de aislamiento escolar y las causas del mismo.
Identificar si existe algún canal posible de comunicación.
Habilitar un número de teléfono en cada centro con un/a profesor/a de referencia, quien mantendrá contacto periódico con estos/as alumnos/as para coordinar trabajo e interesarse por su estado.
Coordinar el trabajo de los centros educativos con los servicios sociales locales (trabajadores y educadores sociales, asistencia a domicilio, etc).
Posibilitar el acceso de las familias a los fondos de las bibliotecas públicas locales a través de mensajería o correo postal sin coste alguno.
Otras consideraciones: Restar toda presión vinculada al proceso de evaluación y calificación; considerar criterios de relevancia y sensibilidad cultural, así como de no estigmatización ni discriminación.
Tipo de contenidos/recursos que pueden ofrecerse:
Educación preventiva frente a la pandemia.
Actividades curriculares flexibles y adaptadas (trabajo por ámbitos, refuerzo o ampliación en lectoescritura, creación de diarios escritos o visuales, etc).
Apoyo psicosocial (basado en recomendaciones IASC para educadores, ver aptdo. «Fuentes y recursos»).

Sugerencias y consejos educativos a las familias para la gestión del tiempo con sus hijos/as.
Propuestas de tiempo libre: películas, documentales, entrevistas, etc.
2. Ámbito general (Administración educativa regional y estatal en colaboración con otros agentes sociales).
Movilizar a los principales proveedores de servicios de telecomunicaciones para garantizar un servicio de conectividad gratuito a las familias que les permita navegar por las plataformas digitales habilitadas.
Lecciones y experiencias de aprendizaje a través de TV/Radio estatal y regional con la habilitación de un teléfono de atención al estudiante.
Crear publicidad institucional a través de TV/Radio estatal y regional especialmente dirigida a niños/as (animación a la lectura; de apoyo emocional, etc).
Fuentes y recursos:


Fuente
por
Mari Luz Beltrán Ortega
Rafael Falcón Lahera
Jesús Gabaldón Delgado


sábado, 7 de marzo de 2020

LA TEORÍA DEL APRENDIZAJE SOCIAL: EN QUÉ CONSISTE Y CÓMO SE APLICA


Aprender un deporte, cómo comportarse alrededor de una mesa o incluso cómo cepillarse los dientes forman parte de un aprendizaje inconsciente e implícito en todos los seres vivos conocido como Aprendizaje Social y que el psicólogo Albert Bandura ya descubrió hace unos décadas.
¿Puede un niño en edad infantil reaccionar de forma violenta ante un muñeco? ¿Más aún cuando un adulto ha actuado de esta manera? Así lo comprobó el psicólogo canadiense Albert Bandura, padre de la Teoría del Aprendizaje Social, con el experimento del ‘Muñeco Bobo’ entre los años 1961 y 1963.

En este experimento, un grupo de adultos fueron grabados mientras se relacionaban de manera violenta con un muñeco de plástico y con apariencia de payaso. Después, un grupo de niños de entre tres y cinco años de edad procedentes de la guardería de la Universidad de Stanford visualizaron las imágenes y entraron en contacto con el muñeco. Por otra parte, otro grupo de niños de la misma edad no las vieron. ¿El resultado? Los niños que sí habían visto los comportamientos agresivos actuaron de la misma forma, incluso idearon nuevas maneras de agresividad ante el muñeco; mientras que los no las habían visto tuvieron una conducta tranquila y normal con Bobo.
Con este experiencia, Bandura pudo demostrar en qué consiste la Teoría del Aprendizaje Social, también conocida como Aprendizaje Vicario o de Observación. “Es un aprendizaje básico e inconsciente ya que obtenemos información sobre las conductas y la manera de comportarnos a través de la observación”, señala el psicólogo Rafael Guerrero.

El aprendizaje de un modelo
Tal y como indica Guerrero, esta teoría se centra en el Aprendizaje Social inconsciente e implícito con el que contamos todos los seres humanos y que está relacionado con las personas que conforman nuestro entorno. “Aprendemos un modelo. No es lo que me cuenta el profesor sino cómo me lo cuenta”.
Así, el psicólogo lo destaca como un aprendizaje muy potente, que en el caso del aula, puede incluso conllevar una serie de riesgos: “Un profesor está haciendo que 30 personas estén aprendiendo de manera simultánea determinadas habilidades y eso tiene un riesgo. Si el docente lleva a cabo un comentario desafortunado o una mala conducta ante sus estudiantes, eso también se aprende”.

De este modo, los niños y los adolescentes son capaces de extraer como enseñanzas las conductas, maneras de relacionarse con los demás o comportamientos de los adultos en las distintas parcelas de la vida (hábitos de higiene o formas de comportarse en determinados momentos, por ejemplo) y sin darse cuenta de ello.
Guerrero pone como ejemplos la enseñanza de un deporte o hábitos propios del entorno doméstico.“¿Cómo aprenden los niños a cepillarse los dientes? Primero se dan cuenta del hábito y luego adquieren la habilidad: cogen el cepillo, echan la pasta y se cepillan de la misma forma que sus padres o hermanos…” O incluso la forma de comportarse alrededor de la mesa. “La socialización comienza en la mesa. Aprendemos a comunicarnos, a expresarnos, conocemos los tiempos de espera o incluso nos frustrarnos alrededor de la mesa”.

Niños y adolescentes: los que más aprenden por observación
Albert Bandura señala en su teoría la curiosidad y las expectativas como un factor determinante para que este tipo de Aprendizaje Social funcione. “El neonato viene con una emoción básica que se llama curiosidad, la que te abre las ventanas para prestar atención y aprender”, explica Guerrero. Es decir, el bebé va almacenando modelos y conductas de su entorno adulto que, aunque no recuerde cómo las adquirió, les puede influir en el futuro.
En relación a los niños con necesidades especiales, como los estudiantes con autismo, Flor de Liz Santiago, trabajadora social y experta en este trastorno, indica que estos niños también reproducen comportamientos que han adquirido por observación, aunque se les enseñe de un modo distinto: “Los niños con TEA, por ejemplo, aprenden mejor a través de las imágenes porque para ellos son más visuales. Se puede enseñar a un niño con autismo cómo tiene que lavarse las manos reproduciendo dicha conducta, pero con ilustraciones. Para ello es necesario conocer las necesidades de cada uno, sus áreas de fortalezas y sus limitaciones”.
La no necesaria figura del referente
Es cierto que los referentes, en el caso de los adolescentes, juegan un papel importante a la hora de adquirir un modelo de comportamiento o conducta. Sin embargo no es del todo determinante para adquirir conductas que provengan de este aprendizaje. “Los adolescentes se desvinculan de los padres para vincularse a otros modelos, que pueden no conocer como su cantante o deportista favorito, pero también entre iguales”, destaca el psicólogo.

Además puntualiza que cualquier persona ‘lanza’ aprendizajes de manera constante y que pueden ser captados sin necesidad de ser considerado un referente. “Se da a lo largo de todo el proceso vital y tanto lo bueno como lo malo se puede aprender a través de este tipo de Aprendizaje Social”.

Por: Laura Román

lunes, 2 de julio de 2018

“El fracaso escolar no es una realidad que se produce de modo instantáneo, sino un proceso paulatino y continuado de “desenganche”.”


 El fracaso escolar es un fracaso social, no individual. Es esencial, y más eficiente, la potenciación de mecanismos compensadores.
El fracaso escolar es un fenómeno que provoca una indudable preocupación social, y es lógico que así suceda. Constatar que tras una larga etapa de escolaridad básica y obligatoria hay un porcentaje notable de jóvenes que no alcanzan los objetivos formativos previamente establecidos puede y debe legítimamente considerarse un fracaso, no solo de ellos mismos, sino también de nuestro sistema educativo. De hecho, buena parte de las discusiones que tienen lugar en torno a este fenómeno se refieren a la medida en que debe considerarse un problema individual, social o del propio sistema educativo.

Quizás convenga señalar antes de seguir adelante que está lejos de existir un acuerdo general acerca de qué debe entenderse por fracaso escolar. La frecuente utilización mediática del término no hace sino agravar los malentendidos en torno al mismo. Con ánimo de clarificación, cabe distinguir tres fenómenos que suelen englobarse bajo esa denominación. El primero consiste en la ausencia de titulación al finalizar la educación básica, circunstancia que cierra muchos caminos posteriores a quienes la sufren, no solamente en el plano académico sino también en el profesional o en las posibilidades de inserción laboral. El segundo, normalmente denominado abandono escolar temprano, representa la salida del sistema educativo por parte de muchos jóvenes sin haber llegado a obtener una titulación postobligatoria, considerada cada vez más en el ámbito internacional el nivel formativo mínimo que debiera tener cualquier ciudadano. El tercero consiste en la obtención de resultados insuficientes en las pruebas de evaluación del rendimiento llevadas a cabo por organismos nacionales o internacionales.
Como puede apreciarse, no solo son distintos esos tres modos de aproximarse al fracaso escolar, sino que también lo son los instrumentos que se utilizan para cuantificarlos y las cifras resultantes. No debe sorprender, en consecuencia, que el debate social y mediático se centre muchas veces en las distintas facetas del fenómeno y en sus cifras respectivas, lo que suele redundar en una mayor confusión y en la ausencia de un diagnóstico compartido capaz de permitir la búsqueda de soluciones realistas. Y es esa ambigüedad la que además impulsa a que las responsabilidades sean prioritariamente atribuidas al individuo, a la sociedad o al sistema educativo.
En mi opinión, la responsabilidad del fracaso puede atribuirse en proporciones variables a todos y cada uno de ellos. No cabe duda de que hay personas que son parcialmente responsables de su fracaso escolar, si bien hay que reconocer que en su mayor proporción la responsabilidad recae sobre todo en el entorno social y en el propio sistema educativo. Incluso puede atribuirse parte de la responsabilidad del fracaso, por ejemplo, en el caso del abandono escolar temprano, al sistema productivo, por mostrarse incapaz de demandar una mayor formación a los jóvenes e incitarles a abandonarla en etapas tempranas.
No obstante, conviene señalar que el debate en torno a quién tiene la responsabilidad (y cuánta) en la aparición del fracaso escolar es poco productivo y no suele ayudar a resolverlo. Al contrario, muchas veces tiende a enconar las posiciones. Más provechoso resulta buscar vías de solución a los problemas planteados. Es lo que han hecho diversas personas e instituciones, cuyas aportaciones nos han ayudado a enfocar adecuadamente la cuestión. Y a este respecto no me resisto a recomendar la consulta del informe titulado El fracaso escolar en el estado de las autonomías, elaborado por el Colectivo Lorenzo Luzuriaga y coordinado por Manuel de Puelles (Las Rozas, Wolters Kluwer, 2012), que aborda de manera precisa y rigurosa el fenómeno y propone vías para evitarlo.
Si hay algo que sobresale de la lectura de ese informe, es que tras el fenómeno del fracaso escolar en sus diversas acepciones subyacen factores tanto de carácter exógeno como endógeno al sistema educativo. Si los primeros requieren políticas de largo alcance para abordarlos, los segundos deben ser objeto de atención cercana por parte de los educadores y los responsables del sistema educativo. Es en ellos en los que tenemos que centrar nuestra actuación y nuestras políticas escolares.
A este respecto, hay que insistir en que el fracaso escolar no es una realidad que se produce de modo instantáneo, sino un proceso paulatino y continuado de “desenganche”. Los malos estudiantes suelen comenzar por plantear problemas de aprendizaje o de conducta, continúan repitiendo algún curso y terminan abandonando tras superar la edad de escolarización obligatoria, muchas veces sin haber obtenido la titulación correspondiente.
La práctica alternativa a ese proceso de fracaso anunciado e inevitable, que como muchos países han demostrado resulta mucho más eficaz, consiste en esforzarse por detectar los problemas de aprendizaje, de conducta o de cualquier otro tipo tan pronto como se manifiesten, para actuar de manera específica sobre ellos en cuanto haya ocasión. La detección y la recuperación resultan además tanto más eficaces cuanto más tempranas sean, sin esperar a que los problemas se hayan enquistado. Nuestro sistema educativo ha tenido algunas experiencias positivas de programas orientados en esa dirección, como puede ser el caso de los planes de refuerzo, orientación y apoyo que con el nombre de PROA se pusieron en marcha en 2005. La experiencia de éxito escolar que han vivido muchos de sus beneficiarios, puesta de manifiesto en evaluaciones rigurosas del programa, puede contribuir al cambio paulatino de nuestras prácticas de recuperación, todavía insuficientes, para hacerlas más semejantes a las que se llevan a cabo en otros países que experimentan un valioso progreso educativo. Aunque la solución del problema del fracaso también exigiría introducir cambios en algunos otros aspectos, como los relativos al modelo de titulación al final de la ESO, la extensión de la educación infantil en las edades más tempranas, la concepción menos enciclopedista del currículo o la renovación metodológica de los procesos de enseñanza y aprendizaje, no cabe duda de que hacer más hincapié en la detección temprana, la prevención, el refuerzo y la recuperación debería ayudarnos a minimizar un problema que atenaza a nuestro sistema educativo.


Fuente:
http://educacionabierta.org/el-fracaso-escolar-no-es-una-realidad-que-se-produce-de-modo-instantaneo-sino-un-proceso-paulatino-y-continuado-de-desenganche/

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Inteligencia emocional-social


¿A qué se llama “Inteligencia emocional”? ¿Cómo se relaciona Con la “Cultura corporal”?  ¿Cuál es la importancia de conocernos a nosotros mismos?  ¿Para qué preocuparnos por la inteligencia emocional en la escuela?

Es Bar-On quien propone el término de Inteligencia Emocional-Social (IES) y la define como un conjunto interrelaciona do de competencias, habilidades y facilitadores emocionales y sociales que determinan la eficacia con la que nos entendemos y nos expresamos, cómo entendemos a los demás y nos enfrentamos a las demandas del día a día. Este modelo posee gran interés en la medida que combina habilidades cognitivas propias de la s definiciones de IE como habilidad con facetas emocionales relacionadas con la IE como rasgo. La persona emocionalmente inteligente es, por lo general, optimista, flexible, realista y exitosa a la hora de resolver problemas y hacer frente al estrés, sin perder el control.

Bar-On sugiere 15 subescalas para definir la IES. De éstas, diez son consideradas capacidades básicas y se refieren a aspectos esenciales de la IES (autoconciencia emocional, autoconsideración, asertividad, empatía, relaciones interpersonales, tolerancia al estrés, control del impulso, validación, flexibilidad y solución de problemas); y cinco son concebidas como capacidades facilitadoras de la IES (optimismo, autorrealización, alegría, independencia emocional y responsabilidad social
—es esta última la que más nos interesa en este proyecto—).

Estas 15 subescalas se organizan en cinco factores para el estudio de las características emocionales y sociales de los sujetos: intrapersonal, interpersonal, manejo de las emociones, adaptabilidad y escala de estado de ánimo general —todos ellos se estudiará más detalladamente en la descripción de los instrumentos utilizados en este trabajo—.

Por otro lado, dirigiendo nuestra atención hacia otra perspectiva del mismo tema, no podemos olvidarnos de la dimensión física de las emociones, ya que éstas no se pueden vivir desvinculadas del cuerpo. Escriben Bach y Darder al hilo: El contacto físico es una fuente de emociones y de placer a la vez que una necesidad humana básica y universal. A partir de la sensación táctil empezamos a tomar conciencia de nuestra existencia y podemos llegar a sentirnos realmente aceptados e importantes para los demás. El yo psíquico se equilibra a partir del yo físico, y mediante la interacción de los dos se alcanza la autoconciencia.

Sin embargo, en nuestra cultura occidental predomina más que nunca un culto al cuerpo sin una dimensión emocional y afectiva integradora para la persona. Más bien éste es concebido desde una perspectiva degradante, una tiranía homogeneizadora, una fuente constante de desasosiego, de autorrechazo y de odio hacia uno mismo por no conseguir un cuerpo (irreal) que se ajuste a los cánones de belleza impuestos por el mercado estético.

Se trata de una concepción del cuerpo como medio de cultura y foco de control social que nos limita o posibilita (según para qué, o en función del punto de vista de quien habla) en nuestras prácticas diarias, influyendo ferozmente en nuestro autoconcepto y autoestima. Una cultura corporal creada y reforzada por agentes sociales (medios de comunicación, publicidad, moda, deporte, Educación Física, etc.).

Teniendo en cuenta todo lo anterior, para educar emocionalmente primero hemos que aplicarnos nosotras y nosotros mismos la teoría. Es decir, debemos tener una conciencia clara de nuestros procesos emocionales, puesto que:

Quien consigue seducirse a sí mismo es capaz de seducir a los demás. Quien vive con profundidad emocional y desarrolla un estilo afectivo propio atrae a los demás y es capaz de despertar en ellos emociones transformadoras. La motivación y el entusiasmo de los chicos y las chicas son prácticamente inmediatos cuando el profesor es capaz de desarrollar sentimientos de afecto hacia ellos, cuando se les quiere y les ofrece un trato cercano y acogedor. La autoseducción del profesional (…) comporta la seducción del alumnado y genera un clima en el aula que produce efectos inmediatos en el esfuerzo y el rendimiento.

No nos han enseñado a conocernos y, menos aún, a desconocernos, a que nos ocurran cosas que no encajan con lo que sabemos o que era previsible de nosotros. Sería conveniente aprender (enseñar) a desaprender.

La educación emocional en la escuela constituye un área de primordial importancia que no debe ser ignorado, ya que aporta innumerables beneficios para la sociedad: puede ayudar a reducir las depresiones, el alcoholismo, los trastornos alimentarios, la violencia, etc. —por citar sólo algunos que tan presentes se encuentran hoy en día—.

Se hace necesario un currículum verdaderamente interdisciplinar en el que el principal eje sea educar seres humanos, teniendo en cuenta su condición como tales. Abogamos por una Educación que esté dirigida a la realidad del mundo en el que vivimos, teniendo en cuenta el pasado y el futuro, una Educación que no dé la espalda a todos esos problemas de los que se habla sino que, por el contrario, se enfrente a ellos de forma transparente y haga todo lo posible por dar la mejor solución a los mismos. Creemos en una Educación calada de solidaridad y cooperación, donde lo más importante sea encontrar aquello que nos une (que resulta ser mucho más de lo que creemos o nos hacen creer) y no lo que nos separa.



Extraído de:
UNIVERSIDAD DE VALLADOLID
Facultad de Educación de Segovia
TRABAJO DE FIN DE MÁSTER INVESTIGACIÓN EN CIENCIAS SOCIALES.
EDUCACIÓN, COMUNICACIÓN AUDIOVISUAL, ECONOMÍA Y EMPRESA
INTELIGENCIA EMOCIONAL Y RESPONSABILIDAD SOCIAL EN EDUCACIÓN PRIMARIA
Autora: Verónica Sancho Arranz
Tutora: María del Carmen Garrido Hornos

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Responsabilidad social


¿Qué significa la “responsabilidad social? ¿Cómo actúan las personas socialmente responsables? ¿Qué repercusiones tiene esto en las escuelas? ¿Para qué la Educación Emocional? ¿Qué rol juega el diálogo?

¿Qué es la Responsabilidad Social? El término responsabilidad procede del latín “responsum”, que significa responder por algo a alguien, ser hábil para ejecutar y decidir correctamente una determinada actividad. La responsabilidad supone estar capacitada/o y ser libre de elegir. De acuerdo con la definición que ofrece la RealAcademia Española (RAE) en términos de Derecho, se trata de la “capacidad existente en todo sujeto activo de derecho para reconocer y aceptar las consecuencias de un hecho realizado libremente”. Estamos de acuerdo con Giner en que la Responsabilidad Social implica reconocer y asumir el compromiso por el bienestar de un grupo o las personas que pertenecen a ese grupo (comunidad, escuela, grupos de jóvenes deportistas, personas con algún tipo de discapacidad, etc.). Interpretando las palabras de dicha autora, el sentimiento de responsabilidad social nace cuando nos hacemos conscientes de la posibilidad y del deber de colaborar activamente en la vida de la comunidad: cambiamos la forma de valorar el interés personal y desarrollamos relaciones que afirman nuestra interdependencia. La Responsabilidad Social permite mantener relaciones recíprocas entre los miembros de un colectivo, lo cual les facilita alcanzar metas que individualmente hubiesen sido muy difíciles de lograr.

Es significativo destacar que en el proceso de socialización que vivimos los seres humanos durante toda la vida y que posee una importancia clave durante los períodos de
pre-adolescencia y adolescencia, uno de los factores principales es la Educación.

Existen diversos agentes de socialización que influyen de una manera u otra en el proceso, dependiendo de las circunstancias del sujeto: la familia, el grupo de pares, los medios de comunicación, etc. Cabe subrayar que estos últimos poseen un papel determinante en la construcción social de la realidad; ofrecen una visión del mundo, un mapa de la realidad que resulta de capital importancia en la conducta de las personas.

¿Qué hacen las personas socialmente responsables? Parafraseando a Giner:
-Actúan colaborando de forma constructiva y confiable con una causa social, dedicando tiempo, esfuerzo y recursos.
-Ayudan al grupo o a sus componentes individuales a utilizar sus talentos para conseguir un objetivo común que les beneficie y les proporcione un mayor bienestar.
-Reevalúan de dónde se deriva su sentido de identidad y se identifican con algo que trasciende a ellas, superando la caridad o el paternalismo.
-Se sienten socialmente responsables hacia el entorno, sus recursos y necesidades.

Desarrollar esta actitud implica asumir un determinado estilo de convivir en nuestra sociedad, donde las soluciones creativas a los problemas surgen del diálogo, el respeto mutuo, la justicia, la solidaridad, la cooperación, nuevas formas de interactuar, producir y, en definitiva, vivir.

Como vemos en el texto de Rosales Lassús, para lograr que estas actitudes se desarrollen debemos conseguir establecer un vínculo entre las instituciones educativas
–ya sea escolares o universitarias– y las sociedades o comunidades que las albergan.

Supone para los y las docentes realizar un esfuerzo para que el alumnado aprenda a mirar hacia su entorno próximo y a dialogar con él. Esto implica romper con la tradición de la Escuela –usamos mayúsculas conscientemente, al concebir el concepto como algo personalizado–, entendida ésta como el espacio que monopoliza el saber y lo transmite de manera vertical. Resulta paradójico, nos cuenta el autor que acabamos de nombrar, cómo estudiantes de sociología no son capaces de conversar, escuchar o mantener un vínculo con las personas. Eso les frustra y se refugian entonces en los libros y en la teoría, pues éstos les proporcionan muchas más certezas que los seres humanos de carne y hueso. “Y es que mirar a otros seres humanos y dialogar con ellos (…) es todo un aprendizaje; un aprendizaje muy particular que no se encuentra en libros ni puede memorizarse” (Rosales Lassús), sino que ha de ser necesariamente puesto en práctica.

La Responsabilidad Social lleva implícita la educación en valores, es decir: coeducación, educación para la paz, educación medio ambiental, educación intercultural, educación inclusiva, educación para la ciudadanía, aprendizaje cooperativo, etc. Todo ello interrelacionado.

En un estudio realizado por Gutiérrez, Escartí y Pascual, se ha comprobado que Conducta Prosocial, Empatía y Percepción de eficacia predicen positivamente la Responsabilidad Personal y Social de los escolares, mientras que la Agresividad ha evidenciado relaciones negativas con la Responsabilidad Social.

En esta publicación se destaca la teoría cognitiva -social, la cual describe una visión agente de la conducta humana subrayando que las creencias de autoeficacia - autorregulatoria son claves para entender la competencia emocional de las personas y el éxito en las relaciones interpersonales (Bandura). Las creencias de un individuo sobre su autoeficacia favorecen la conexión social, la amistad, la cooperación y la conducta prosocial. A través de una muestra formada por adolescentes, Bandura también concluyó que la autoeficacia autorregulatoria se encontraba directamente relacionada con la conducta antisocial, de tal forma que, a menos autoeficacia, mayor agresividad y mayor conducta antisocial.

El modelo de responsabilidad personal y social de Hellison destaca el constructo de responsabilidad como un recurso fundamental en el ámbito del desarrollo positivo. Tiene como objetivo principal facilitar que niños/as y jóvenes en riesgo de exclusión social tengan la oportunidad de desarrollar sus capacidades personales y sociales y su responsabilidad en cualquier área de la vida. El programa entiende la responsabilidad como cargo u obligación moral respecto a uno mismo y a los demás y presenta cinco niveles de responsabilidad:
1) Respeto por los derechos y sentimientos de los demás, que incluye comportamientos de empatía y autocontrol;
2) Participación y esfuerzo;
3) Autonomía;
4) Ayuda a los demás y
5) Transferencia [aplicando los comportamientos de responsabilidad aprendidos en el programa a otros contextos.

Nos parece oportuno también mencionar en este apartado a Freire, con su educación liberadora, y a Habermas, con su democracia deliberativa. Dichos autores abogan por la confianza en el diálogo (acción comunicativa) como medio para coordinar la acción transformadora y para conocer mejor qué características poseen aquellos procesos comunicativos que posibilitan que las personas se entiendan entre sí y puedan compartir objetivos comunes. Se trata de dar voz a todos los grupos sociales en condiciones de igualdad y evitar así cualquier fuente de discriminación (de lo contrario se estaría confiando demasiado en la capacidad de educadores, administradores y políticos para actuar neutralmente, desprendiéndose de sus propias creencias). Por otro lado, implica sentar las bases de la deliberación racional para acordar cooperativamente cualquier decisión educativa. Siguiendo a Ayuste, Freire combina el lenguaje de la crítica a la función reproductora y legitimadora de las desigualdades sociales de la educación con el lenguaje de la posibilidad de contribuir a transformar la realidad social y confía en la capacidad de las personas para resistirse y oponerse a los procesos de dominación y extensión cultural:

Para Habermas el proceso emancipatorio de la sociedad consiste en que los sistemas sean progresivamente más permeables a las proposiciones comunicativas del mundo de la vida, para Freire, el poder de los sujetos se halla en su capacidad para liberarse de aquellos factores de opresión que limitan su capacidad para pensar críticamente mediante un proceso educativo basado en el diálogo entre iguales.

A continuación recogemos algunas de las características y condiciones que ha de reunir una situación ideal de habla:

Características y condiciones necesarias para producir una situación ideal de habla

          Los sujetos hacen uso del conocimiento para alcanzar acuerdos que convenza n a todas las personas implicadas (racionalidad y acción comunicativas).
          El lenguaje como medio para lograr el entendimiento ha de producir emisiones en las que se puedan reconocer las intenciones de las personas que las expresan (actos de habla ilocucionarios).
          Los participantes en una conversación han de poder fundamentar sus posiciones
(teoría de la argumentación).
          Las explicaciones, interpretaciones u opiniones de los hablantes han de estar vinculadas a pretensiones de validez (inteligibilidad, verdad, rectitud normativa y veracidad).
          Todos los participantes han de contar con las mismas oportunidades de desempeñar el rol de emisor y de receptor (intercambiabilidad universal de roles dialógicos).
          La coordinación de la acción emana de los acuerdos previos entre los participantes.



Extraído de:
UNIVERSIDAD DE VALLADOLID
Facultad de Educación de Segovia
TRABAJO DE FIN DE MÁSTER INVESTIGACIÓN EN CIENCIAS SOCIALES.
EDUCACIÓN, COMUNICACIÓN AUDIOVISUAL, ECONOMÍA Y EMPRESA
INTELIGENCIA EMOCIONAL Y RESPONSABILIDAD SOCIAL EN EDUCACIÓN PRIMARIA
Autora: Verónica Sancho Arranz
Tutora: María del Carmen Garrido Hornos

sábado, 24 de noviembre de 2012

La justicia social como igualdad y equidad

¿Igualdad y equidad son sinónimos? ¿En qué se diferencian en el contexto de la Educación? ¿En qué consiste el paradigma de la igualdad? ¿Y el de la equidad? ¿En qué consiste "actuar con equidad"?




Justicia, igualdad y equidad, a menudo empleados indistintamente, conceptualmente se enmarcan en la actualidad de paradigmas diferenciados. Si desde el paradigma de la igualdad todos los individuos deben siempre recibir el mismo tratamiento; desde el marco de la equidad los individuos son diferentes entre sí y merecen, por lo tanto, un tratamiento diferenciado que elimine o reduzca la desigualdad de partida. La contraposición es manifiesta cuando, desde el marco de la equidad, el tratamiento desigual es justo siempre que pueda beneficiar a los individuos más desfavorecidos. La universalización está vinculada al paradigma de la igualdad: todas las personas son iguales ante la ley, mereciendo los mismos derechos y recursos. Sin embargo, como destacan Medeiros y Diniz, actuar con equidad, de modo simplificado, supone revertir desigualdades injustas de modo focalizado y diferenciado en los casos que se presentan y tratar igualmente a todos cuando no hubiera desigualdades.



Muchas teorías de justicia distributiva adoptan elementos del paradigma de la equidad en su formulación. Así, la conocida regla de Marx “de cada uno según su capacidad, a cada uno según sus necesidades”; o, como vamos a ver posteriormente, el “principio de la diferencia” de Rawls se basan en la idea de que individuos desiguales deben ser tratados de modo desigual para que dicha desigualdad sea reducida. En el ámbito educativo, como se comentará, la igualdad de oportunidades es expresión del primero, determinadas propuestas compensatorias lo son de la equidad. Sin embargo, en la práctica y desde las teorías de la justicia, como se verá, el asunto no es simple, como si se pudiera contraponer de modo general uno a otro. Se puede defender, como hace Rawls, una igualdad en la distribución de algunos bienes primarios y equidad en la distribución de otros, aplicándose uno y otro a esferas o conjuntos de bienes distintos.



La igualdad, entendida de modo simple, como “entre todos en todo”, sería la igualdad formal reconocida en Derechos y constituciones, pero difícil de defender de manera sensata (salvo utopías, o frente a situaciones de radical desigualdad) que la igualdad sea en todo. La igualdad en el tratamiento se basa en la regla simple de distribuirse fracciones iguales de recursos a todas las personas, por lo que hay poco a explorar sobre sus mecanismos de funcionamiento. El debate más interesante, como ha destacado Norberto Bobbio, es cuando se especifica ¿entre quiénes? y ¿en qué? Justamente la cuestión ¿igualdad, en qué? ha dividido las respuestas: igualdad de todos en la libertad (Liberalismo), igualdad entre todos en los bienes primarios básicos (Rawls), en las capacidades (Amartya Sen), en los recursos (Dworkin), en la satisfacción de necesidades (Singer). Aquello que se pretende distribuir es lo que deba ser objeto de un tratamiento equitativo.



Por su parte, el discurso de la equidad ha emergido con fuerza, a partir de la obra de Rawls, como una noción más compleja que trata de superar que una igualdad estricta (a todos según su mérito, al margen de la situación de partida) sea justificable. En efecto, evocar la “equidad” y no la igualdad supone que determinadas desigualdades, además de inevitables, deben ser tenidas en cuenta, pues –como dice Sen – “el hecho de considerar a todos por igual puede resultar en que se dé un trato desigual a aquellos que se encuentran en una posición desfavorable”, por lo que es preciso ir más allá de la igualdad formal. La equidad es, pues, sensible a las diferencias de los seres humanos; la igualdad se refiere a iguales oportunidades a un nivel formal. Así, la igualdad formal de acceso a la educación, equitativamente, debe ser compensada para garantizar una igualdad de oportunidades, apoyando con mayores recursos a los grupos en desventaja. Se trata de modo “desigual” para restablecer la equidad. Una justicia social en educación debe tender a la equidad (repartir los medios para favorecer a los desfavorecidos), no a la distribución igualitaria de recursos entre todos los alumnos. En suma, la equidad en educación gira la cuestión de la justicia educativa a cómo resuelve la situación de los peor situados, en una redistribución proporcional a las necesidades. Por lo demás, en sentido general, la justicia como equidad es un sistema social basado en criterios que todos puedan aceptar desde una posición de igualdad.



Determinados servicios públicos, como el acceso a la educación, han de ser asegurados indiscriminadamente. En otros, sin embargo, se ha de actuar de modo focalizado según necesidades o grupos. No deja de estar sujeto a discusión su implementación: por ejemplo, si los libros de texto u ordenadores portátiles han de ser distribuidos a todos, sin discriminación. También la respuesta, en ocasiones, depende de factores de desarrollo económico, como los recursos disponibles para su distribución. Por eso, la distribución entre necesidades y recursos es compleja y los principios de igualdad y equidad no debieran mantenerse como absolutos, pudiendo alterarse según los procesos en juego a lo largo del tiempo. Pero cuanto mayor es la escasez y la desigualdad entre las personas, más importante es la aplicación de criterios de justicia social de los recursos públicos. El derecho a la educación está vinculado, como universalización, al paradigma de la igualdad; por su parte, asegurar el éxito educativo para todos se asocia al paradigma de la equidad. La discusión, en cualquier caso, está en cómo entender la “igualdad de oportunidades”, desde la insuficiencia de la igualdad formal a las exigencias de la equidad.







Extraído de
Justicia social y equidad escolar. una revisión actual
Antonio Bolívar
REVISTA INTERNACIONAL DE EDUCACIÓN PARA LA JUSTICIA SOCIAL
VOLUMEN 1, NÚMERO 1
Justicia social y equidad escolar. Una revisión actual, 1(1), 2012, pp. 9-45
http://www.rinace.net/riejs/numeros/vol1-num1/art1.pdf



lunes, 14 de noviembre de 2011

La educación como fenómeno social.

La Educación es un fenómeno complejo, requiere de diversas disciplinas para poder explicarla. Muchas veces es vista desde la Psicología, pero la siguiente es una mirada sociológica, como un fenómeno social, y nos puede ayudar a entender lo que sucede y saber para qué educar.

La educación como fenómeno social.
Que la educación es un fenómeno social es, a estas alturas, una idea asumida por todos aquellos que algo tienen que decir acerca de ella. Ya en sus albores la sociología se ocupaba de ello: Émile Durkheim lo aclaraba de la siguiente manera "la educación común es función del estado social; pues cada sociedad busca realizar en sus miembros, por vía de la educación, un ideal que le es propio". De ahí también la importancia política de la educación: la posibilidad de establecer un determinado orden social descansa en la forma cómo los ciudadanos entienden el rol de la sociedad, de sus organizaciones y de ellos mismos dentro de este sistema de relaciones; y esa forma de entendimiento sólo es posible de lograr mediante la educación de las personas. Hablamos entonces de la construcción del espacio social (Bourdieu), es decir, de esa realidad invisible que no se puede mostrar ni tocar con los dedos y que organiza las prácticas y las representaciones de los agentes de una sociedad. Lo anterior sólo es posible mediante un proceso de transmisión de conceptos de persona a persona, de un educador a un educando -un proceso comunicativo según Habermas- a través del cual se van asimilando las particulares maneras de entender el mundo que cada sociedad y, por ende, cada cultura ha asumido para sí.

Ahora bien, el hombre, ser social por naturaleza, se hace -o rehace- en la mediada en que es educado. Antes ya hacíamos mención de Hanna Arendt (1993) quien explicaba el proceso de aprendizaje humano desde el punto de vista de su incorporación al mundo, bajo la idea de que su naturaleza social no basta para adaptarlo a la vida organizada con otros seres humanos, pues no hablamos de organizaciones sencillas, sino complejas, cargadas de historia, valores e intrincadas significaciones, "en sociedades tan vastas como las nuestras, los individuos son tan diferentes los unos de los otros, que no hay, por así decir, nada de común entre ellos, salvo su cualidad general de ser hombres" decía Durkheim. Pues bien, así mirada la educación lo que propone es la construcción de un "hombre nuevo", distinto de cómo lo ha engendrado la naturaleza, busca crear un ser social; pues es la sociedad la que nos enseña a dominarnos, a constreñirnos, es también, siguiendo sus necesidades, la que decide la cantidad y naturaleza de los conocimientos que debe recibir el niño y es la que conserva la conciencia adquirida por las generaciones anteriores y también la que la transmite a las nuevas generaciones.

La educación es además la herramienta privilegiada de reproducción social, es decir, del mantenimiento del orden social según la más antigua tradición cultural. En esto creo que hay que detenerse un poco. Pierre Bourdieu explica que el espacio social u organización de la sociedad se funda en un capital cultural, es decir en la herencia cultural -o más bien manera de ver al mundo- que ese espacio social tiene. De este modo la sociedad se organiza en torno a valores determinados que son los que en definitiva explican dicha organización. Así el espacio social deviene en espacio simbólico, es decir en un conjunto de estímulos cargados de diferente significación que, transformados en una especie de lenguaje, dan forma a las perspectivas, prioridades, ideologías e intereses de los componentes de cada grupo social; de esta manera la distribución del capital cultural permite construir un espacio social y la institución escolar, mediante el fomento de aquellas formas particulares de entender el mundo, ayuda a reproducirlo y a mantenerlo a través del tiempo y de la historia.

Pues bien, la educación emerge como un fenómeno social no sólo por sus fines (integrar al niño al mundo-sociedad), sino también porque aporta con su ejercicio a la conformación de la realidad social y cultural de los distintos grupos humanos.


Extraído de
Educación, compromiso social y formación docente
Álvaro Bustamante Rojas
Artículo completo en la Revista Iberoamericana de Educación

jueves, 23 de diciembre de 2010

La educación en la encrucijada

Entre los muros
LA PREGUNTA no es nueva. Millones de jóvenes de distintas generaciones la han formulado alguna vez: ¿para qué sirve estudiar? El período de formación ha sido siempre considerado, y pareció inevitable, un tiempo de sacrificios y postergaciones en pro de algo que se prometía como mejor. Las arduas horas dedicadas al estudio, renunciando al mundo que bulle afuera, durante un período de la vida -la adolescencia, la juventud- que invita a la experimentación y la rebeldía. En cierta forma, la institución escolar siempre fue cuestionada, sentida como coerción, pero imprescindible por las mismas causas por las que se renegaba de ella, para la reproducción del sistema social, la preparación de las generaciones de recambio, la transmisión de técnicas y conocimientos acumulados por la cultura. Desde hace unas décadas, dos factores amenazan con más fuerza esa estabilidad: la pérdida de autoridad y prestigio del adulto en la sociedad, y el lugar material y simbólico que ocupan los medios masivos de comunicación y las nuevas tecnologías en el acceso al conocimiento.

Desde su nacimiento, la televisión se percibió como competidora del libro y factor de riesgo para los jóvenes y su formación. En los años `70 surgen los primeros cuestionamientos fuertes sobre sus efectos nocivos. Cuando los videojuegos llegaron al ámbito doméstico suscitaron nuevas alarmas, pero la aparición de Internet ha rebasado todas las posibilidades imaginables por las generaciones adultas de interacción a distancia y de acceso inmediato y casi irrestricto a páginas y contenidos distantes, abriendo el mundo de los jóvenes a posibilidades inusitadas y poniendo en jaque al sistema educativo. La bibliografía sobre el tema es cada vez más abundante e inabarcable: un reciente abordaje de Silvia Bacher, profesora de letras y conductora de radio y TV en Argentina, indaga los desafíos que puede proponer la escuela a las nuevas generaciones "tatuadas por los medios".

CRISIS DE LA ESCUELA O DEL SABER.
La escuela moderna, dice Bacher, se basó en la transmisión del "saber hegemónico, incuestionable. Enciclopedista hasta la médula, funcionó como coagulante y motor de generaciones a las que se imponía memorizar como camino de aprendizaje". El libro, cuando menos el impreso, cumplió una función determinante en la adquisición del conocimiento. Hasta no hace mucho, el gran sostén de la escuela fue la memorización, sobreviviendo incluso a las innovaciones que desde comienzo del siglo XX pusieron el énfasis en la educación activa. La teoría avanzó en el sentido de dar importancia al alumno como agente del aprendizaje, a la acción en el aula como base para la producción de conocimientos, pero al momento de consolidar contenidos básicos, con frecuencia se recurrió finalmente al criterio de autoridad. La repetición de la palabra del maestro o profesor y de las lecciones del libro fueron los mecanismos privilegiados de apropiación y evaluación de los saberes. Métodos y contenidos estaban al servicio de un esquema indiscutible: la autoridad del docente, la convicción de que este sabía más que el alumno, y la necesidad práctica y cultural de apropiarse de contenidos tradicionales acumulados por las generaciones anteriores, cuyo lugar de irradiación era la institución educativa. A esas convicciones debe sumarse, como impulso a la escuela, el prestigio de la cultura y la seguridad de que la educación formal promovía el ascenso social.

Hoy la escuela está en crisis, buscando una identidad, y la opinión pública reclama cambios urgentes ante los signos del fracaso y la impotencia de ésta para asimilar los procesos sociales y cumplir con los cometidos esperados. Eso sucede ante la desesperación de las autoridades y actores del proceso educativo, acosados por las mismas preguntas e incertidumbres que quienes demandan. La crisis de la educación media, la más visible o aguda, y quizás la primera en manifestarse, ya se ha trasladado al nivel universitario: las preocupaciones por la motivación del estudiante, la didáctica, los métodos de enseñanza, que hoy ocupan buena parte de la agenda e inversión de la Universidad revelan, además de un avance de las ciencias de la educación, la fisura de un modelo. Hay evidentes señales acerca de que los más jóvenes no se acomodan automáticamente al viejo modelo. La educación parece asistir a un momento de cuestionamiento de sus métodos y objetivos. La necesidad urgente de cambio proviene del fracaso.

ENSEÑAR EN LA SOCIEDAD LÍQUIDA.
La adaptación de la escuela a la "videoclipación que imponen las pantallas" tiene un primer riesgo que es el "simulacro de innovación", la dotación de equipamiento tecnológico a la enseñanza sin una estrategia didáctica precisa. El avance del Plan Ceibal en Uruguay, extendido ahora a Secundaria, llenará las aulas de computadoras, pero es posible, afirma Bacher, que aun cambiando las "conexiones digitales" no cambien las "conexiones entre actividades y prácticas dentro del aula". Y eso puede no deberse a que los docentes desconozcan el uso de la tecnología (cosa cada vez menos probable), sino a que no encuentren forma eficaz de incorporarlas al fin educativo: ofrecer a los estudiantes las herramientas para comprender la complejidad de un mundo que ha cambiado más rápido que los planes y programas.

La reconversión más importante que se exige a la escuela frente al avasallamiento tecnológico es abandonar la prioridad de los contenidos y la información, para convertirse en "incubadora de pensamiento crítico", desarrollando la capacidad de "preguntar, interpelar, producir, conectar, incidir y aportar a la construcción de sujetos autónomos". La autora de Tatuados por los medios, que atiende en especial las prácticas en zonas periféricas, propone desarrollar el espacio/tiempo educativo como "resistencia ante los dispositivos paralizantes del poder y el mercado". La escuela se debate entre la opción de "conservar su mirada ordenadora", producto de otro escenario histórico, o adaptarse al ritmo vertiginoso de la información veloz y cambiante, a menudo agotadora, de las sucesivas ventanas de Internet. Esa encrucijada interpela el fin mismo de la escuela: ¿qué sentido tiene aprender, si el flujo de información es tan veloz, si las preguntas cambian todo el tiempo?, ¿qué objetivos definir en un mundo donde todo es descartable?

La crisis que afecta a las instituciones se alimenta de la percepción de que los conocimientos más útiles se adquieren "fuera del aula" y que los alumnos saben más y pueden cuestionar al profesor. Entonces la escuela se convierte en un espacio de encierro y subjetividad disciplinada carente de sentido, porque la base que la sustentaba aparece permeada por otros valores. El tiempo escolar, lento y organizado respecto al dinamismo social e informativo que fluye en la red, puede reconvertirse positivamente, sin embargo, privilegiando el pensamiento y la reflexión, vehiculizando una perspectiva crítica y rehumanizadora -detenerse a mirar un objeto, pensar un problema, comentar un texto- necesaria para la construcción interior del sujeto.

AL MAESTRO CON CARIÑO.
Muchos recordarán la impotencia del maestro encarnado por Sidney Poitier en aquella película de 1967, intentando en vano captar dos minutos la atención de sus inadaptados alumnos. Nadie con alguna experiencia o sensibilidad social pensaría que la culpa es de los alumnos porque no se adaptan, ni del maestro por escaso rigor o falta de conocimientos. De hecho, la historia llegaba al final feliz gracias al encuentro afectivo, personal, de maestro y alumnos. Lo más importante a aprender en el aula -parecía decir- es una manera de actuar, una forma de resolver conflictos, una postura ante la vida.
Más realista y menos optimista es el resultado de la reciente Entre los muros (Francia, 2009), en la que los pactos personales son momentáneos y no alcanzan para socorrer la vida de muchos y menos abrirle las puertas a un futuro mejor. La escuela, por su propia estructura disciplinaria y académica rígida, parece tener obturadas las posibilidades de operar eficazmente en la realidad, más allá de la buena voluntad de los maestros. El efecto de este problema en los alumnos está a la vista: desmotivación, deserción, violencia, son algunos de los síntomas de la incapacidad de la escuela para ofrecer soluciones para la vida. La otra cara de esta frustración aparece en el ya muy estudiado "malestar docente": excesiva carga horaria, baja autoestima, escasa compensación material y simbólica, sentimiento de no poder responder a las demandas sociales, frustración respecto a los resultados de su tarea, todo lo que se traduce en ansiedad, depresión y otros síntomas físicos y psicológicos.

El maestro también ha debido asumir otro papel frente a los cambios sociales que resquebrajaron la educación tradicional a partir de los rebeldes años sesenta, redefiniendo la relación triangular con el alumno y con el conocimiento, renunciando al saber como poder, para aceptar acompañar al educando en un proceso de aprendizaje que no está trazado de antemano y que supone una reconversión permanente de sus propios saberes. Es un camino más exigente y riesgoso, y no parece haber retorno.

MALOS ALUMNOS ELIGEN LA DOCENCIA.
Parece claro que una de las bases de la transformación educativa es la formación de los futuros docentes. Un artículo publicado en El País (11/4/2010) suscitó alarma y polémica públicas, sobre todo por la difusión de algunos datos basados en un informe de los sociólogos Marcelo Boado y Tabaré Fernández (UDELAR). Las conclusiones de más impacto fueron las relativas al bajo origen socioeconómico de quienes optaban por las carreras docentes y sobre sus modestos antecedentes curriculares en secundaria.

El primer punto puede tener una lectura menos alarmista, si se piensa en una honrosa tradición nacional que ha hecho posible que alumnos de todas las extracciones sociales lograran y logren destacados niveles académicos, cargos y distinciones en la enseñanza y en todas las profesiones, gracias a la educación pública. Aunque es obvio que las condiciones de origen reducen las posibilidades -asunto que podría paliarse en parte con un más generoso sistema de becas-, no se ha demostrado que nacer en determinados barrios o en un hogar de bajos ingresos redunde necesariamente en un mediocre desempeño profesional, y notorios casos demuestran lo contrario. Quien encuentre en la educación un camino de ascenso, no tanto económico como cultural y, por tanto, personal, promoverá el ascenso de sus alumnos y la confianza en el sistema educativo, que es la base del progreso cultural de una sociedad.

El segundo punto plantea otras cuestiones. Las conclusiones difundidas del informe no indican que los problemas de ortografía, vocabulario y redacción sean más graves en los estudiantes de magisterio y profesorado que en otras carreras terciarias o en la educación pública que en la privada. Y un estudio que revelara esas distinciones -si las hubiera- interesaría más que nada a las Universidades privadas, a quienes importa la competencia por el alumnado. El objetivo de la educación pública no es competir con la privada, sino garantizar la mejor educación al mayor número posible de estudiantes y velar por un sistema de evaluación interna y externa que asegure el mejoramiento permanente. En un país de pocos habitantes y plazas acotadas, lo deseable es que los subsistemas públicos y privados se retroalimenten y no que compitan entre sí.

El otro aspecto ambiguo del debate está en la identificación de los "malos alumnos" con quienes no obtienen altas calificaciones, como si estas fueran medidas objetivas o universales inapelables y empleadas con iguales criterios en todas las instituciones. Debe pensarse con más detenimiento este nuevo fenómeno, quizás otro signo de una crisis: que quienes eligen la docencia no sean los más exitosos o mejor adaptados, como ocurrió en un pasado no tan lejano. Tal vez el móvil ya no sea la reproducción de ese modelo que la propia sociedad denuncia como caduco o vacío, sino una forma renovada de una arista que la vocación del educador siempre contempló: el compromiso con la superación del individuo y la transformación de la sociedad. Esto no significa, claro está, que la formación docente no tenga altas exigencias académicas -una de las principales causas de deserción, como en todos los cursos terciarios-, siendo de las que suman mayor carga horaria y cantidad de exámenes a rendir. Un estudio complementario al mencionado podría dar cuenta del nivel de formación alcanzado por los egresados, y tendríamos otra punta de esta enredada madeja.




Autora
Ma. de los Ángeles González
TATUADOS POR LOS MEDIOS. Dilemas de la educación en la era digital, de Silvia Bacher. Paidós, 2009. Buenos Aires, 184 págs. Distribuye Planeta
Fuente
http://www.elpais.com.uy/
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