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sábado, 5 de septiembre de 2020

LA EDUCACIÓN FRENTE A LA PANDEMIA

 La pandemia sacude a la sociedad. En educación, como en los demás problemas que plantea la pandemia, se necesita una acción unida y consensuada de los ciudadanos. 

 


Su dimensión es global. Quienes sufren y mueren no son sólo los miembros de un partido, es todo el pueblo, la sociedad entera. México, todo, se está hundiendo en la crisis más grave que vive desde la Revolución Mexicana. En este contexto resulta anticlimático (por no decir mezquino) que el Presidente de la República conserve su actitud de beligerancia y descalificación ante quienes no comparten sus opiniones.

 

Esa belicosidad recurrente desmoraliza, no levanta sino deprime el ánimo colectivo. En educación se vive un desastre de dimensiones incalculables y el balance, desde todos los puntos de vista, es negativo: las escuelas han cerrado y no sabemos cuándo volverán a abrir; hay deserción de alumnos, clausura de escuelas privadas, quebrantos en negocios asociados a la educación como son papelerías y librerías, pérdidas en las finanzas de la educación pública, etc.

 

La pérdida histórica: una brecha de tamaño indeterminado (¿uno, dos años?) en la transmisión cultural de la sociedad mexicana. Esa pérdida es irreparable. Quienes piensan que tras el regreso a las escuelas se puedan crear programas compensatorios para cubrir esa brecha se equivocan.

 

Se justifica, claro, el esfuerzo que realizan las autoridades para hacer llegar a los hogares contenidos educativos a través de la televisión o de la red. Pero es difícil esperar mucho de esa acción. La televisión no va a substituir nunca a la escuela, imposible reemplazar a la relación personal maestro-alumno.

 

Nunca los maestros debemos olvidar que la educación es el (auto) aprendizaje realizado por el alumno. Ésta es la principal dificultad que enfrentan los métodos de educación a distancia que exigen del alumno dosis elevadas de atención, concentración, disciplina y perseverancia, tan elevadas que muchos alumnos fracasan en el empeño. Lo cual no debe llevarnos a perder la esperanza.

 

Creo que lo padres de familia están llamados en este momento a asumir un papel excepcional —y temporal— de maestros-substitutos: con dedicación y cariño, ellos pueden guiar a sus pequeños en el camino hacia el aprendizaje, de acuerdo a las circunstancias concretas. Está científicamente demostrado que el amor materno es el principal reforzador del aprendizaje.

 

La capacidad de respuesta del sistema educativo es muy desigual. La SEP hace un esfuerzo desde el centro, es imposible saber con exactitud cuál será el impacto de ese esfuerzo. A nivel de local, de comunidad, los maestros seguramente no siempre tienen la posibilidad de contactar a sus alumnos y sus esfuerzos por ayudarlos serán, por lo mismo, limitados.

 

En todo caso, el periodo de pandemia puede ser un tiempo que se puede aprovechar en formación docente. Formación más en métodos que en contenidos. No debemos perder la esperanza, pero hemos de mantenernos activos o proactivos, atentos a las oportunidades de aprender nuevas cosas en esta perpleja circunstancia.

 

 

 


 

Fuente

http: http://www.educacionfutura.org/la-educacion-frente-a-la-pandemia/

Por: Gilberto Guevara Niebla

jueves, 2 de octubre de 2014

Los discursos sobre la sociedad de la información

Algunos discursos se refieren a nuestras comunidades como “sociedades del conocimiento”, nosotros creemos más apropiado referirnos a “sociedades de la información”, a pesar de las dificultades que tiene la mayoría, para transformar los datos que circulan en información válida. Además, todos se refieren a lo mismo al hablar de “sociedad de la información” ¿Cuáles son los discursos predominantes?


Los discursos sobre la sociedad de la información y el analfabetismo digital
Nuestro presente es un periodo histórico caracterizado por el cruce de diversos y variados procesos sociológicos, económicos, políticos y culturales como son la globalización o mundialización; la mercantilización de la información; la hegemonía de la ideología neoliberal; el incremento de las desigualdades entre los países avanzados y el resto del planeta; la superpoblación y los flujos migratorios del sur empobrecido hacia el norte rico, la reivindicación de los derechos de la mujer con relación al varón, la modificación y crisis del modelo tradicional de familia, el choque entre fundamentalismos de naturaleza religiosa, …. En fin, es el laberinto de un presente al que hemos llamado sociedad informacional (Castells).

De todo este conjunto de fenómenos la digitalización de la información basada en la utilización de tecnología informática es, quizás, la gran revolución técnico-cultural del presente y que seguramente marcará, al menos en parte, el futuro a corto y medio plazo de nuestra civilización. El uso generalizado de las llamadas nuevas tecnologías de la comunicación e información (computadoras, equipos multimedia de CD-ROM, redes locales, Internet, televisión digital, telefonía móvil) en las transacciones económicas y comerciales, en el ocio y el tiempo libre, en la gestión interna de empresas e instituciones, en las actividades profesionales, es un hecho evidente apoyado desde múltiples instancias y al que pocos le ponen reparos.

Ciertamente las tecnologías digitales no son las causantes directas de las profundas transformaciones del mundo en que nos encontramos, pero sin las mismas nuestro presente no sería como es. Existe una interacción dialéctica, simbiótica entre las tecnologías y el contexto social, cultural y económico en que se emplean. Sin una economía capitalista defensora del mercado libre a nivel planetario, sin una sociedad de consumo en masa de bienes y productos culturales, sin la hegemonía política y económica de la cultura occidental, difícilmente las tecnologías digitales hubieran tenido el avance y desarrollo fulgurante producido en estos últimos años. Y viceversa, sin la presencia de las redes telemáticas, ni de los medios de comunicación sociales, o de los ordenadores personales, probablemente el fenómeno de la globalización política, cultural y económica no sería una realidad tal como la conocemos en el presente.

Por otra parte, las tecnologías de la información y comunicación también inciden notoriamente en el proceso de cosificación de la información y cultura, tiene su propia traducción en la mercantilización de la actividad pedagógica. La información se ha convertido en un producto o materia valiosa sometida a procesos de generación y difusión industriales similares a los que se utilizan con cualquier otro producto. El sector industrial que comercia o apoya sus actividades económicas en la información (medios de comunicación de masas como la televisión o el cine, las empresas de software, el sistema financiero, las industrias del ocio y entretenimiento, las telecomunicaciones, etc.) representa un sector en constante crecimiento y cuyo volumen económico está desplazando, o al menos compitiendo, con los sectores pertenecientes a la economía representativa de la segunda revolución industrial (automóvil, petróleo, industrias eléctricas).

La pregunta clave, en consecuencia, es ¿qué modelo de sociedad de la información queremos construir y qué papel juegan las nuevas tecnologías en ese proceso?. Ciertamente responder a esa cuestión es plantearse un problema político más que técnico. Las respuestas, indudablemente, son variadas. Distintos sectores o grupos ven en las tecnologías digitales la panacea del progreso de nuestra civilización prometiéndonos un mundo feliz basado en el bienestar material generado por este tipo de máquinas inteligentes. Por el contrario, existen otros análisis que describen a las tecnologías de la información y comunicación como el triunfo de un modelo de sociedad tecnocrática, deshumanizada y basada en criterios meramente mercantiles. A continuación me atreveré a identificar cuatro grandes discursos sobre las mismas:

Los discursos sobre la sociedad de la información
Discurso mercantilista La sociedad de la información es un enorme mercado con un tremendo potencial para el crecimiento económico apoyado en el uso de las tecnologías digitales

Discurso crítico-político Las tecnologías digitales deben estar al servicio del desarrollo social y humano, y no controlado por los intereses de las grandes corporaciones industriales del mundo capitalista

Discurso tecnocentrista Se mitifica a la tecnología digital como la panacea de una sociedad más eficaz y llena de bienestar para sus ciudadanos

Discurso apocalíptico Las tecnologías de la información y comunicación representan el fin de los ideales y valores de la modernidad y del modelo humanista de la cultura

Un discurso mercantilista sobre la sociedad de la información y las nuevas tecnologías divulgado por el conjunto de sectores industriales vinculados con el sector de la nueva economía. Las empresas de software, de telecomunicaciones, la banca, la industria del ocio y entretenimiento, ..., así como las políticas científico-tecnológicas de muchos gobiernos occidentales serían los representantes de esta visión. Para este discurso, la sociedad de la información es como un gigantesco zoco comercial en el que se participa a través de las redes de comunicación digitales. Evidentemente esta perspectiva apoya sus tesis en los principios económicos neoliberales de modo que las reglas del mercado son las que principalmente deben guiar y regular el crecimiento y desarrollo de la sociedad de la información. Desde esta visión el desarrollo de la sociedad de la información supondrá mayor bienestar material, y en consecuencia, más “felicidad” para los individuos.

Por otra parte, y como contestación a la posición anterior, existe un discurso crítico-político que defiende que las tecnologías digitales deben estar al servicio del desarrollo social y humano, y no controlado por los intereses de las grandes corporaciones industriales del mundo capitalista. Los trabajos y reflexiones generados desde el movimiento denominado antiglobalización o globalización alternativa y que se materializan en los encuentros del Foro Social Mundial “Otro mundo es posible” celebrados en los años 2001 y 2002 en Porto Alegre (Brasil) son el intento más sistematizado de construir un discurso alternativo a la perspectiva mercantilista, y que pretende reorientar el desarrollo tecnológico bajo parámetros y criterios sociales y políticos. Vinculada con esta posición existe un discurso político sobre las nuevas tecnologías cuyas tesis consisten en la defensa de los derechos cívicos y democráticos para la libertad de expresión en el uso de la Internet frente a los intentos de control que están desarrollando distintos gobiernos occidentales.

Existe un tercer discurso, que podríamos denominar tecnocentrista que mantiene que las tecnologías digitales en general, e Internet, en particular son el eje de un proceso de revolución no sólo tecnológica, sino también de la civilización humana. De este modo, las nuevas tecnologías se convierten en el centro del cambio social y cultural. Es un planteamiento que roza la mitificación de la tecnología digital en cuanto que, en su discurso, late la creencia de que la misma nos llevará hacia una sociedad más avanzada y perfecta que la actual. El ciberespacio, en consecuencia, es un mundo artificial desde el que construir nuevos modelos experienciales de comunicación e interacción humanas. Este discurso sería la versión actual del determinismo tecnológico.

Finalmente, se podría identificar un discurso apocalíptico en el que las tecnologías de la información y comunicación representan el fin de los ideales y valores de la modernidad y del modelo ilustrado de sociedad. Esta posición cuestiona la invasión de tecnologías digitales sobre nuestra civilización ya que la tecnología se constituye en la ideología hegemónica y, en consecuencia, supedita la cultura a los intereses tecnocráticos.

Al margen de estas visiones o discursos sobre la sociedad de la información es evidente que la revolución de la tecnología informática, iniciada hace treinta años, está provocando una mutación radical de las formas de producción, difusión y consumo del conocimiento y la cultura. La aparición de las cadenas privadas de televisión junto con el desarrollo de la televisión digitalizada y de pago; la penetración de los ordenadores personales en los hogares y, en consecuencia, el acceso al multimedia y las redes telemáticas; la informatización de la mayor parte de las actividades comerciales y laborales; la telefonía móvil y los servicios de información que se ofrecen; la expansión de Internet, ..., están provocando nuevas necesidades formativas y de conocimiento en los ciudadanos. El acceso y uso inteligente de este conjunto de artilugios y tecnologías requieren de una persona con un tipo y nivel de cualificación distinto del que fue necesario hasta la fecha. Interaccionar con un sistema de menús u opciones, navegar a través de documentos hipertextuales sin perderse, otorgar significado a los múltiples datos e informaciones encontradas, acceder al correo electrónico y comunicarse mediante el mismo, ser crítico ante la avalancha de múltiples imágenes, sonidos y secuencias audiovisuales, etc., son entre otras, nuevas habilidades que debe dominar cualquier sujeto para poder desenvolverse de modo autónomo en la era digital.

Estas tecnologías digitales están provocando la aparición de un nuevo tipo de analfabetismo caracterizado por la incapacidad para manipular, usar y entender las formas de representación de la información de naturaleza digital (navegación hipertextual, multimedia, programas informáticos, comunicación mediante recursos telemáticos, etc.). Estos nuevos analfabetos “tecnológicos” o “digitales” son los colectivos de ciudadanos adultos, que previamente han sido formados en las habilidades de acceso a la cultura escrita, pero que en la actualidad están quedando al margen del proceso impuesto por el avance tecnológico y de la propia sociedad de la información.



Extraído de
Educar para la sociedad informacional: Hacia el multialfabetismo
Autor: Área Moreira, Manuel
Departamento de Didáctica e Investigación Educativa, Facultad de Educación. Módulo B, Universidad de La Laguna 38071 La Laguna (España).
Revista portuguesa de Pedagogía
Año 42-3, 2008, 7-22

sábado, 14 de julio de 2012

La situación de la docencia en América Latina

¿Qué características tiene hoy, la docencia latinoamericana? ¿Cuál es su capital cultural? ¿Qué sucede con la carrera docente?  ¿Cuáles son las exigencias y las críticas sociales? En los siguientes párrafos, una síntesis de la situación docente en América Latina.



Identificar problemas y establecer direccionalidades para el desarrollo profesional continuo de los docentes, supone tomar como referencia a una representación concreta de maestros y profesores como grupo social y como categoría ocupacional.
Los docentes de América Latina y el Caribe comparten algunas características con sus pares de los demás sistemas escolares, aunque otros rasgos son específicos de cada región. Entre las características más relevantes en relación con las intenciones de formular políticas de DPD (Desarrollo Profesional Docente), se destacan:

Como fuerza laboral, los docentes en América Latina son millones.
En Brasil, por ejemplo, son más de tres millones; en Argentina, más de 800.000. En cada país, aun en los más pequeños, representan un porcentaje muy elevado de su población activa y tienen una participación muy amplia en el empleo público (Vaillant, 2005). Este rasgo diferencia fuertemente a maestros y profesores de otros colectivos del sector público, y lleva a considerar que cualquier programa de DPD que aspire a abarcar al conjunto de la fuerza laboral docente, deberá encontrar modos de atender a la cuestión de la masividad.

Los docentes han dejado de ser parte de la proporción más formada de la población en los distintos países.
En la medida en que la educación secundaria y superior tienden a extenderse, tener título docente ya no califica a quien lo posee de manera sustantivamente diferente de los otros miembros de la propia generación, a diferencia de lo que sucedía un siglo atrás. Este fenómeno también se recoge en los países de la OECD: el informe Teachers Matter señala que, debido a que las sociedades se han vuelto más ricas, las calificaciones educacionales se han incrementado y se dispone de más puestos de trabajo atractivos; la apelación a la docencia como una vía a la movilidad social ascendente y trabajo seguro parece haber disminuido (OECD). En América Latina la situación se agudiza, ya que en varios países los docentes en ejercicio tienen formación normalista de nivel secundario. En esas condiciones, propuestas sistemáticas de DPD que atiendan a los distintos momentos de las trayectorias laborales de los docentes, podrían mejorar la calidad de su formación y contribuir a jerarquizarlos como grupo especializado dentro de la población más formada de cada país.

América Latina presenta proporciones relativamente altas de docentes titulados, pero existen importantes variaciones entre países.
Informes sintetizados por el GTD-PREAL indican que mientras en Cuba, República Dominicana o Uruguay la totalidad de los maestros de enseñanza primaria tienen la formación requerida para ejercer la docencia, en Ecuador, Nicaragua, Panamá o Perú son muchos los maestros en ejercicio que no tienen la formación requerida por los respectivos países para el ejercicio de la profesión (GTD- PREAL, 2006a). Aun en países con una importante tradición de formación docente inicial, como Argentina, con el 88,5% de sus docentes titulados, la proporción de quienes ejercen la docencia en el nivel secundario sin título superior es alta. Sin embargo, las proyecciones recientes traen cierto alivio, pues al parecer América Latina y el Caribe requerirán menos docentes en las próximas décadas, debido a un declive sostenido de la población en edad escolar.
La existencia de lagunas cualitativas –como designa la OECD a la falta de docentes titulados en determinadas especialidades– hace prever que la carencia de titulación constituirá un problema durante varios años: los sistemas escolares responden a la falta de docentes titulados en el corto plazo por alguna combinación de menores requerimientos de calificación para entrar a la profesión, asignación a los docentes la enseñanza en áreas para las cuales no están completamente capacitados, e incremento del número de aulas que un mismo docente tiene que atender o del tamaño de las clases escolares (OECD, 2005). Cualquiera de estas decisiones tiene impactos en los requerimientos de formación de los docentes en servicio. El Desarrollo Profesional Docente (DPD) deberá asumir propósitos y, probablemente, características diferentes en aquellos países, en aquellos niveles o especialidades en los que la proporción de docentes sin títulos específicos es alta.

Para los docentes de la región, la pobreza ya no es únicamente una situación que afecta a la población estudiantil con la que tienen que trabajar, sino una realidad vivida.
La pobreza no solo circunda a los docentes como realidad de los alumnos y del medio, sino que es realidad vivida; crecientemente, y en América Latina en particular, muchos docentes provienen de sectores empobrecidos en las últimas décadas” (Vaillant). Aunque la docencia es una ocupación que está dentro del mercado formal de trabajo, que recibe ingresos en forma estable y tiene aseguradas ciertas condiciones de salud y jubilación, muchos docentes se perciben en situaciones de dificultad económica. Por otra parte, datos de cuatro países de la región muestran que, en el conjunto de hogares urbanos en los que el jefe de hogar o su cónyuge poseen un capital escolar igual o superior al de los docentes, la posición relativa de maestros y profesores en la estructura de distribución de los ingresos tiende a empeorar (Tenti Fanfani).

Tan importante como la pobreza en sí es la percepción de pobreza que pueden tener maestros y profesores: más allá de lo que indiquen los datos de ingreso, uno de cada cinco docentes argentinos, uno de cada tres brasileros y casi la mitad de los peruanos consideran que viven en hogares pobres (Tenti Fanfani). Estas situaciones pueden incidir en la disposición de los docentes a participar en propuestas de formación que constituyen, seguramente, una exigencia.

Muchos docentes tienen trayectorias educativas que no les aseguran una buena formación previa.
Esto no sólo porque provienen de sectores pobres con menos oportunidades de participación cultural, sino porque la crisis de los sistemas escolares ha producido generaciones con una formación secundaria con desajustes con respecto a la cultura contemporánea, y porque la calidad de la formación docente inicial también está en cuestión. En tal sentido, los sistemas de formación dirigidos a los docentes en ejercicio tienen que realizar un análisis cuidadoso de los saberes con los que cuentan sus destinatarios, pues las titulaciones formales ya no expresan que sus poseedores cuenten con conocimientos, habilidades e instrumentos relativamente homogéneos.

Los docentes trabajan en entornos poco proclives a su profesionalización, porque su trabajo se configura según un modelo de carrera que sólo permite que el docente ascienda a puestos que lo alejan del aula.
Esto produce un efecto paradojal: aquellos que, según los criterios que rigen sus respectivas carreras, son los mejores docentes, salen del aula para desarrollarse profesionalmente fuera de ella. Por otro lado, la principal diferencia en la remuneración entre docentes es la antigüedad; el régimen de compensaciones se encuentra desvinculado de las actividades desarrolladas en las escuelas. Controlar los efectos no deseados de las carreras y generar motivos válidos para que los docentes sostengan proyectos de desarrollo profesional, debe colocarse entre los principales desafíos de las administraciones en la perspectiva de mejorar el trabajo docente.

Los sistemas escolares están siendo objeto de fuertes cuestionamientos, tanto por parte de la crítica especializada como por parte de las familias y los medios de comunicación.
En ese contexto, los docentes son destinatarios de grandes presiones para mejorar la calidad de la educación y tienen que enfrentar esas presiones con instrumentos que no siempre son suficientes. El descontento de muchos de ellos con su trabajo y el malestar que experimentan frente a los desafíos de los sistemas escolares (Esteve), se potencian además con una novedad que está experimentando la docencia como categoría profesional, como señala Esteve al retomar a Faure: “Por primera vez en la historia, la sociedad no pide a los educadores que preparen a las nuevas generaciones para reproducir los estilos de vida de la sociedad actual, sino para hacer frente a las exigencias de una sociedad futura que aún no existe”. Los sistemas de DPD afrontan, por consiguiente, el desafío de estructurar procesos de formación que acompañen y, en buena medida anticipen, los cambios sociales. La experiencia acumulada hasta el momento no parece indicar que esta sea una de sus principales fortalezas.

Durante las reformas de los 90 en la región, los procesos de reconversión, actualización o reciclaje docente se han vinculado más con la amenaza sobre la fuente laboral y menos con procesos de mejora individual o colectiva de las posibilidades de actuación de los educadores, o con progresos en la carrera profesional.
Palamidessi señala este asunto como uno de los focos de conflictividad entre los sindicatos docentes y los gobiernos en las reformas de los 90. Con las variaciones que correspondan según los casos nacionales, las autoridades educativas deberían considerar la medida en que las políticas docentes de los 90 puedan haber predispuesto a maestros y profesores a sospechar de las iniciativas estatales de desarrollo profesional, y deberían tener en cuenta que las mejores intenciones de las políticas no serán sustentables si maestros y profesores no comparten, en buena medida, los propósitos y sentidos de las propuestas de formación.





 
Autora
Flavia Terigi
Extraído de
Desarrollo profesional continuo y carrera docente en América Latina
SERIE DOCUMENTOS DE PREAL / DICIEMBRE 2010 / N º 50


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sábado, 6 de noviembre de 2010

La ignorancia de la sociedad del conocimiento

¿Será el estadio final de la evolución intelectual moderna una grotesca imitación de nuestras acciones más triviales por las máquinas? Conocimiento es poder: he aquí un viejo lema de la filosofía burguesa moderna, que fue utilizado por el movimiento de los trabajadores europeos del siglo XIX.


Antiguamente el conocimiento era visto como algo sagrado. Desde siempre los hombres se esforzaron por acumular y transmitir conocimientos. Al fin de cuentas, toda sociedad se define por el tipo de conocimiento de que dispone. Esto vale tanto para el conocimiento natural como para el religioso o la reflexión teórico-social. En la modernidad, el conocimiento es representado, por un lado, por el saber oficial, marcado por las ciencias naturales, y, por otro, por la "inteligencia libre-fluctuante (Karl Mannheim) de la crítica social teórica. Desde el siglo XVIII predominan esas formas de conocimiento. Parece increíble que desde hace algunos años se esté difundiendo el discurso de la "sociedad del conocimiento" que adviene con el siglo XXI; como si sólo ahora se hubiese descubierto el verdadero conocimiento y como si la sociedad hasta hoy no hubiese sido una "sociedad del conocimiento". Al menos los paladines de la nueva palabra-clave sugieren algo así como un progreso intelectual, un nuevo significado, una apreciación más elevada y una generalización del conocimiento en la sociedad. Sobre todo, se alega que la supuesta aplicación económica del conocimiento está asumiendo una forma completamente diferente.



Filosofía de los medios


Bastante euforia es lo que se nota, por ejemplo, en el filósofo de los medios alemán Norbert Bolz: "Se podría hablar de un big-bang del conocimiento. Y la galaxia del conocimiento occidental se expande a la velocidad de la luz. Se aplica conocimiento sobre conocimiento y en esto se muestra la productividad del trabajo intelectual.



El verdadero hecho intelectual del futuro está en el diseño del conocimiento. Y cuanto más significativa sea la manera en que la fuerza productiva se vuelva inteligencia, más deberán converger ciencia y cultura. El conocimiento es el último recurso del mundo occidental".



Palabras fuertes. ¿Pero qué se esconde detrás de ellas? Quizá sea esclarecedor el hecho de que el concepto de la "sociedad del conocimiento" se está usando más o menos como sinónimo de la "sociedad de la información". Vivimos en una sociedad del conocimiento porque estamos sepultados por informaciones. Nunca antes hubo tanta información transmitida por tantos medios al mismo tiempo. Pero ese diluvio de informaciones ¿es realmente idéntico al conocimiento? ¿Estamos informados sobre el carácter de la información? ¿Conocemos en última instancia qué tipo de conocimiento es éste? En rigor, el concepto de información no coincide de ningún modo con una comprensión bien elaborada del conocimiento.



El significado de "información" es tomado en un sentido mucho más amplio y se refiere también a procedimientos mecánicos. El sonido de una bocina, el mensaje automático de la próxima estación de metro, la campanilla de un despertador, el panorama del noticiero en la TV, el altavoz del supermercado, las oscilaciones de la Bolsa, el pronóstico del tiempo... todo eso son informaciones, y podríamos continuar la lista al infinito. Conocimiento trivial, claro que también se trata de conocimiento, pero de un tipo muy trivial. Es la especie de conocimiento con el que crecen los adolescentes de hoy.



Quienes se encuentran en la franja de los 40 años ya están tecnológica comunicativamente armados hasta los dientes. Pantallas y displays son para ellos casi partes del cuerpo y órganos sensoriales. Saben que hay que someterse a las informaciones para acceder a internet, y saben cómo obtener tales informaciones de la red: por ejemplo, cómo se hace el "download" de una canción de éxito. Y uno de los medios de comunicación predilectos de esa generación es por escrito, el del "Short Message Service" o, de forma abreviada, el SMS que aparece en el display del móvil. El máximo de comunicación está limitado ahí a 160 caracteres. Resulta extraño que el armamento tecnológico de la ingenuidad juvenil sea elevado a la condición de parte integrante de un icono social y asociado al concepto de "conocimiento".



Desde el punto de vista de una "fuerza productiva inteligencia" o de un "acontecimiento intelectual del futuro", esto es un poco decepcionante. Quizás nos acerquemos más a la verdad si comprendemos lo que se entiende por "inteligencia" en la sociedad del conocimiento o de la información. Así, en una típica nota de prensa económica publicada en la primavera de 2001, se lee: "A pedido de la agencia espacial canadiense, la empresa Tactex desarrolló en British Columbia telas inteligentes. En trozos de paño se cosen una serie de minúsculos sensores que reaccionan a la presión. Ante todo, la tela de Tactex debe ser probada como revestimiento de asientos de automóviles. Reconoce a quien se sentó en el asiento del conductor... El asiento inteligente reconoce el trasero de su conductor". Para un asiento de automóvil, se trata seguramente de un hecho grandioso. Lo debemos admitir. Pero no se lo puede considerar en serio como un paradigma del "acontecimiento intelectual del futuro". El problema reside en el hecho de que el concepto de inteligencia de la sociedad de la información –o del conocimiento – está específicamente modelado por la llamada "inteligencia artificial". Estamos hablando de máquinas electrónicas que por medio del procesamiento de datos tienen una capacidad de almacenamiento cada vez más alta para simular actividades rutinarias del cerebro humano.



Objetos inteligentes.


Hace mucho que se habla de la "casa inteligente", que regula por sí sola la calefacción y la ventilación, o de la "nevera inteligente", que encarga al supermercado la leche que se terminó. De la literatura de terror, conocemos el "ascensor inteligente", que desgraciadamente se volvió malo y atentó contra la vida de sus usuarios. Nuevas creaciones son el "carrito de compras inteligente", que llama la atención del consumidor sobre las ofertas especiales, o la "raqueta inteligente", que con un sistema electrónico embutido permite al tenista un saque especial, mucho más potente. ¿Será éste el estadio final de la evolución intelectual moderna? ¿Una grotesca imitación de nuestras más triviales acciones cotidianas por las máquinas, conquistando así una consagración intelectual superior? Como todo lo indica, la maravillosa sociedad del conocimiento aparece justamente por eso como sociedad de la información, porque se empeña en reducir el mundo a un cúmulo de informaciones y procesamientos de datos, y en ampliar de modo permanente los campos de aplicación de los mismos. Están en juego ahí, sobre todo, dos categorías de "conocimiento": conocimiento de las señales y conocimiento funcional. El conocimiento funcional está reservado a la élite tecnológica que construye, edifica y mantiene en funcionamiento los sistemas de aquellos materiales y máquinas "inteligentes". El conocimiento de las señales, por el contrario, compete a las máquinas, pero también a sus usuarios, por no decir a sus objetos humanos. Ambos tienen que reaccionar automáticamente a determinadas informaciones o estímulos. No necesitan saber cómo funcionan esas cosas; sólo necesitan procesar los datos "correctamente". Comportamiento programable Tanto para el comportamiento maquínico como para el humano, en la sociedad del conocimiento la base está dada, en consecuencia, por la informática, que sirve para programar secuencias funcionales.



Se trabaja con procesos describibles y mecánicamente reejecutables, con medios formales, por una secuencia de señales (algoritmos). Esto suena bien para el funcionamiento de tuberías hidráulicas, aparatos de fax y motores de automóviles; está muy bien que haya especialistas en eso. Sin embargo, cuando el comportamiento social y mental de los seres humanos es también representable, calculable y programable, estamos ante una materialización de las visiones de terror de las modernas utopías negativas. Esa especie de conocimiento social de señales sugiere vuelos mucho menos audaces que los del famoso perro de Pavlov. A comienzos del siglo XX, el fisiólogo Ivan Petrovitch Pavlov había descubierto el llamado reflejo condicionado. Un reflejo es una reacción automática a un estímulo externo. Un reflejo condicionado o motivado consiste en el hecho de que esa reacción puede ser también desencadenada por una señal secundaria aprendida, que está ligada al estímulo original. Pavlov asoció el reflejo salival innato de los perros ante la visión de la ración de comida con una señal, y pudo finalmente provocar también ese reflejo utilizando la señal de manera aislada. Por lo que parece, la vida social e intelectual en la sociedad del conocimiento –o sea, de la información– debe orientarse por un camino de comportamiento que corresponda a un sistema de reflejos condicionados: estamos siendo reducidos a aquello que tenemos en común con los perros, puesto que el esquema de estímulo-reacción de los reflejos tiene que ver absolutamente con el concepto de información e "inteligencia" de la cibernética y de la informática.



El conjunto de nuestras acciones en la vida esta supervisado cada vez más por dígitos, reglas, clusters y señales de todo tipo. Sin embargo, ese conocimiento de las señales, el proceso reflejo de informaciones, no es exigido sólo en el ámbito tecnológico, sino también en el más elevado nivel social y económico. Así, por ejemplo, se es como se dice: los gobiernos, los "managers", los que tienen una ocupación, todos en fin deben observar permanentemente las "señales de los mercados". Este conocimiento miserable de las señales no es, a decir verdad, ningún conocimiento. Un mero reflejo no es al fin y al cabo ninguna reflexión intelectual, sino exactamente lo contrario. Reflexión significa no sólo que alguien funcione, sino también que ese alguien pueda reflexionar "sobre" tal o cual función y cuestionar su sentido.



Ese triste carácter del conocimiento- información reducido fue preanunciado por el sociólogo francés Henri Lefebvre ya en los años 50, cuando en su Crítica de la vida cotidiana describía la era de la información que se avecinaba. "Se adquiere un ‘conocimiento’. ¿Pero en qué consiste éste exactamente? No es ni el conocimiento (Kenntnis) real o aquel adquirido por procesos de reflexión (Erkenntnis), ni un poder sobre las cosas observadas, ni, por último, la participación real en los acontecimientos. Es una nueva forma de observar: un mirar social sobre el retrato de las cosas, pero reducido a la pérdida de los sentidos, al mantenimiento de una falsa conciencia y a la adquisición de un seudo conocimiento sin ninguna participación propia..." El "sentido de la vida" En otras palabras, la cuestión del sentido y de la finalidad de los propios actos de cada uno se hace imposible. Si los individuos se vuelven idénticos a sus funciones condicionadas, dejan de estar en condiciones de cuestionarse a sí mismos o al ambiente que los rodea. Estar "informado" significa entonces estar completamente "en forma", formado por los imperativos del sistema de señales técnicas, sociales y económicas; para funcionar, por lo tanto, como una puerta de comunicación de un circuito complejo. Y nada más. La generación joven de la llamada sociedad del conocimiento es tal vez la primera en perder la pregunta ingenua sobre el "sentido de la vida". Para eso no habría espacio suficiente en el display.



Los "informados" desde pequeños ya no comprenden ni siquiera el significado de la palabra "crítica". Identifican ese concepto con el error crítico, indicación de un problema serio, que debe ser rápidamente eliminado en la ejecución de un programa. En esas condiciones, el conocimiento reflexivo intelectual es tenido como infructuoso, como una especie de tontería filosófica de la cual ya no tenemos necesidad. Sea como fuere, se tiene que convivir con eso de manera pragmática. El primero y único mandamiento del conocimiento reducido dice: éste debe ser inmediatamente aplicable al sistema de señales dominante. Lo que está en discusión es el "marketing de la información" sobre "mercados de información". El pensamiento intelectual debe encogerse hasta la condición de "informaciones". Lo que, por ejemplo, será en el futuro un "historiador" ya lo demuestra hoy el historiador Sven Tode, de Hamburgo, con su doctorado.



Bajo el título de History Marketing, éste escribe, por encargo, la biografía de las empresas que conmemoran los aniversarios de su creación; también las ayuda cuidando de sus archivos. Su gran éxito: para una empresa norteamericana que estaba envuelta en una disputa por la patente de una juntura tipo bayoneta para mangueras de bomberos, Tode pudo desenterrar archivos que proporcionaron a quien encomendó sus servicios un ahorro de siete millones de dólares. Cada vez más desempleados, individuos sometidos a una dieta financiera de hambre y portadores escarnecidos de un socialmente desvalorizado conocimiento de reflexión, se esfuerzan en transformar su pensamiento, reduciéndolo a los contenidos triviales de conocimientos funcionales y reconocimientos de señales, para permanecer compatibles con el supuesto progreso y vendibles. Lo que surge de ahí es una especie de "filosofia de asiento de automóvil inteligente".



En verdad, es triste que hombres instruidos en el pensamiento conceptual se dejen degradar a la condición de payasos decadentes de la era de la información. La sociedad del conocimiento se encuentra extremadamente desprovista de espiritualidad, y por eso hasta en las mismas ciencias del espíritu, el espíritu está siendo expulsado. Lo que queda es una conciencia infantilizada que juega con cosas inútiles desconectadas de conocimiento e información. Sin embargo, el conocimiento degradado en "información" no se reveló todo lo económicamente estimulante que se había esperado. La New Economy de la sociedad del conocimiento entró en colapso tan rápidamente como fue proclamada. Eso también tiene su razón; pues el conocimiento, en la forma que sea, a diferencia de los bienes materiales o los servicios prestados, no es reproducible en "trabajo" y, por tanto, en creación de valor, como objeto económico. Una vez puesto en el mundo, puede ser reproducido sin costos, en la cantidad que se desee. En su debate con el economista alemán Friedrich List, en 1845, Karl Marx ya escribía: "Las cosas más útiles, como el conocimiento, no tienen valor de cambio". Esto también vale para el actualmente reducido conocimiento información, cuya utilidad se puede poner en duda.



Así, la escasa reflexión intelectual se venga de los profetas de la supuesta nueva sociedad del conocimiento. La montaña de datos crece, el conocimiento real disminuye. Cuanto más informaciones, más equivocados los pronósticos. Una conciencia sin historia, volcada hacia la atemporalidad de la "inteligencia artificial" ha de perder cualquier orientación. La sociedad del conocimiento, que no conoce nada de sí misma, no tiene más que producir que su propia ruina. Su notable fragilidad de memoria es al mismo tiempo su único consuelo.



Autor


Robert Kurz


Kurz es sociólogo y ensayista alemán, autor de Os Últimos Combates (ed. Vozes) y O Colapso da Modernizaçao (ed. Paz e Terra)


 

viernes, 5 de marzo de 2010

PROFESIÓN DOCENTE. PROFESIÓN CUESTIONADA

Las profesiones
Desde la definición la profesión docente es ambigua. Así que empezaremos por lo más general: su etimología. Profesión viene del latín professio, que a su vez viene de fateri, que significa hablar, confesar, manifestar. Interesante, ¿verdad? Una profesión se desarrolla con la conversación, hasta parecería que debe confesar alguna verdad revelada y sobre todo tiene que ser manifiesta, es decir, para todos, en forma pública, no restringida.

En los últimos años, fines del siglo XX y principios del actual, se ha estudiado la actividad docente para ubicarla como una profesión como la abogacía o la medicina, para poner ejemplos cercanos a nuestra realidad por su abundancia, por lo menos en lo que respecta a la matrícula universitaria. A pesar de esto no hay unanimidad en ubicarla como profesión.


Primero profundicemos en lo que para los técnicos en esta materia serían las características de una profesión. Para Lieberman (citado por Ghilardi, 1993) serían las siguientes:

• ser un servicio esencial, definido y único;

• que ponga su acento en técnicas intelectuales para desarrollar el servicio al cual se le convoca;

• que se exija un período extenso de estudios especializados; que tenga un amplio espacio de autonomía, sea un individuo o todo un colectivo;

• que se le exija, a quien entre en ese colectivo, una fuerte responsabilidad por las acciones que emprenda dentro de su ámbito específico;

• poner el acento en los servicios prestados antes que en el grado de provecho económico; y

• tener un órgano de autogobierno para regular y juzgar la actividad que se ejerza.


Siguiendo los conceptos de Lieberman, Ghilardi (1993: 25) afirma:

«A la luz de los criterios señalados aquí el análisis de la actividad docente muestra claramente por qué con mucha frecuencia se define la enseñanza como una semi-profesión. En efecto, con respecto a otras actividades (piénsese en el sector médico o en el legal), la enseñanza solo cumple parcialmente —y en un grado seguramente inferior— los requisitos antes mencionados».


Si seguimos esta caracterización nos vamos a encontrar con que ni siquiera las profesiones más tradicionales (antiguamente llamadas «liberales») encajan, en la práctica, con algunas de estas características. ¿Todos los médicos y abogados ponen el servicio que dan a la sociedad por encima del provecho económico? ¿Cuántos? Alguno debe haber. ¿Todos son responsables ante sus acciones? ¿No hemos visto en los últimos tiempos que el usuario termina por defender sus derechos frente a los tremendos errores técnicos o éticos de esos profesionales? ¿Son realmente autónomos? ¿No tienen patrones? ¿Quiénes son entonces todos los señores dueños o gerentes de sanatorios, hospitales, unidades de urgencia móvil, empresas de seguros médicos?


Pretendo que quede claro que no hay una crítica a la actividad de las profesiones en general, ni a la de la medicina en particular. Simplemente estoy ubicando el tema y tratando de reflexionar. Porque el tema que he elegido para profundizar es concretamente la profesión docente. Entonces continuemos nuestro camino hacia ella.


La docencia: ¿profesión u oficio?

Ya vimos la etimología y las características de las profesiones. Veamos ahora las que conciernen a la profesión desde la visión de un sociólogo de la educación. Musgrave (1983) define seis rasgos que pertenecerían a las «auténticas» profesiones:


1. El cliente ignora una serie de conocimientos que el profesional domina. Esto provoca la necesidad de consultar al profesional. El dominio sobre ese campo ha exigido estudio, capacidad y formación. A renglón seguido Musgrave dice:


«En las condiciones actuales, los medios de comunicación de masas y la publicidad han demostrado que a veces pueden enseñar mejor que muchos profesores. Los alumnos aprenden ahora en los centros docentes sirviéndose también de la radio y el cine».De todas maneras, esto no desmiente la exigencia de estudio, capacidad y formación en la etapa inicial.


2. El profesional tiene formas muy bien establecidas de controlar su ingreso de acuerdo al esfuerzo exigido por el cliente. Si bien para el autor esta no es una de las características de la docencia, esto se regula frente a sus alumnos, de acuerdo al curso en el que estén, la capacidad, el capital cultural y otras formas de la diversidad de los «clientes». Quizás sea una tarea fundamental para la profesión docente adecuarse «al esfuerzo exigido por el cliente».


3. El profesional tiene un código de conducta que regula su relación con el cliente. La docencia no está controlada por ningún código público que goce de la aceptación general. Es el patrono quien se encarga de controlarlo y vigilarlo y es el que se hace responsable ante el cliente de la conducta del docente. Si bien esto es así, no hay impedimento alguno para que el docente no tenga dicho código. Es posible que sea un código consuetudinario que debería escribirse.


4. La profesión tiene amplia libertad a cambio de ciertas limitaciones como el código de conducta. El docente no tiene un control sobre la administración, ejercida posible-mente por un lego en la materia. A su vez, desea tener algún control sobre el gasto educativo, especialmente sobre sus sueldos. En Uruguay hay autonomía de los consejos de educación y en la nueva ley de educación se establece la elección de docentes que ejerzan la gestión y administración de la tarea educativa.


5. Los profesionales tienen asociaciones para reglamentar el acceso y el ejercicio académico de sus miembros, siempre con el objetivo de mejorar el nivel de la profesión para cumplir más plenamente sus obligaciones con la sociedad. Los docentes han desarrollado más asociaciones, sindicatos, que declaran huelgas y luchan fundamentalmente por cuestiones económicas. Paralelamente se debería haber desarrollado una corriente de pensamiento pedagógico lo suficientemente fuerte como para definir un código ético, que elaborara temáticas concretas de la profesión.


6. Las condiciones de trabajo son establecidas por los mismos profesionales. En el caso de la docencia son otros los que imponen las condiciones: el lugar de trabajo, el sueldo, la cantidad de alumnos, el trabajo administrativo extra y otras tareas exteriores al aula. Esto es cierto, exceptuando que el docente tiene una libertad para acondicionar la base de su función: el conocimiento.


Musgrave (1983: 212) nos ofrece una conclusión:

«En consecuencia, parecería más acertado considerar que la enseñanza es una ocupación —si bien con cierto status—, y utilizar un marco de referencia como el propuesto por Johnson para descubrir cuáles son las influencias sociales que se ejercen sobre la ocupación docente. Podremos centrarnos entonces en la sólida posición del Estado en tanto que patrono o, en algunos caso, mediador, y en las actividades de la asociación ocupacional que asume un carácter cada vez más sindicalista, dejando en un segundo plano los paulatinamente menos importantes aspectos colegiales que en la actualidad posee la docencia». Es evidente que por más que tenga el título de licenciado, para algunos autores la docencia no entraría dentro de una profesión. Para el padre del alumno, inclusive para el Estado, el maestro o profesor se ve más como un gremialista que como aquel ser sacrificado que trabaja en un servicio esencial por muy poco dinero. Si preguntamos a los docentes dirán que trabajan y dan de sí lo mejor a pesar de los sueldos. Es un matiz conceptual, pero en definitiva una tensión entre sociedad y colectivo.


En líneas generales las palabras de Musgrave pueden ser aceptadas en comparación a la situación de nuestro país, siempre y cuando le opongamos las críticas ya expuestas y otras que el lector podrá encontrar. Lo cierto es que el Estado es en última instancia el que dispone de los fondos para la enseñanza y por lo tanto para el pago a sus docentes, por más autonomía que tengan. Es obligación del Estado elevar continuamente el salario docente para que este se sienta mucho más liberado de la fuerza de ese ente de poder. El Estado es uno de los responsables de que el status docente haya decaído en forma constante desde hace cuarenta años.


También se ha definido el trabajo docente como un simple oficio. Inclusive en los investigadores del tema, oficio y profesión no tienen diferenciación conceptual alguna. En un mismo texto aparecen los dos conceptos. Como ejemplo podríamos señalar a Emilio Tenti Fanfani, quien al libro que compiló le puso como título El oficio de docente (2006), al trabajo con que él mismo contribuyó lo llamó «Profesionalización docente: consideraciones sociológicas» (Tenti Fanfani, 2006: 119), y en la página 143 la doctora Inés Dussel tituló su trabajo «Impactos de los cambios en el contexto social y organizacional del oficio docente».


Estos ejemplos sirven para afirmar que no hay unanimidad ni claridad en los términos con los que luego hacemos grandes y sesudos discursos pedagógicos.. Según estos testimonios la docencia sería un oficio que debería transformarse en una profesión. No lo sé, solamente estoy sacando una personalísima conclusión.


Oficio viene del latín oficcium, es decir, trabajo mecánico, que se hace con las manos; también puede aplicarse para un cargo o una función administrativa.


Para terminar con estas disquisiciones, que en una primera visión pueden parecer banales, debo explicar que para mí la docencia se acerca más a una profesión que a un oficio. Más allá de que el trabajo docente tenga una función administrativa, esa tarea la puede llevar un administrativo. En mi concepción pedagógica lo administrativo contiene mucho de «vigilancia y castigo» de los que «dirigen» la educación.


Entonces, mi elección conceptual se basa en elementos que me parecen fundamentales para tener un cargo docente y que no significan los únicos que hay o que debería haber (por ejemplo, un Consejo Profesional de Ética):


tiene un periodo de formación en conocimientos pedagógicos y de naturaleza científica (social, natural, etc.), que por su duración lo acredita para la tarea.

• el uso de la palabra hablada o escrita es fundamento de su función. la autonomía relativa dentro del aula y en la preparación de la clase, materiales didácticos, lecturas es una característica que considero de un profesional. El docente frente a sus alumnos es único y está fuera de toda reglamentación. Si bien tiene un plan y un programa que cumplir, su relación con los estudiantes está solamente en sus manos. Autonomía de la que no siempre son conscientes los docentes. Es un arma pedagógica poderosa, que en mi opinión no se ha sabido usar convenientemente como colectivo.


La sociedad contra la profesión docente

Hace algunos años que el mundo ha entrado en un estado de globalización, en el que lo que se produce a miles de kilómetros de nuestra propia sociedad repercute en ella. No estamos hablando solamente de las consecuencias económicas de una crisis localizada que se traslada rápidamente a todo el globo, sino que también debemos incluir la información que circula y se amplía continuamente por Internet o por los medios masivos de comunicación.


Esto implica que hemos llegado a lo que se ha llamado sociedad de la información, que puede tener varios significados y consecuencias. Por ejemplo, que los dirigentes dispongan de mayor información que los dominados y de esa forma hacer que el mundo sea manejado en forma más efectiva y eficiente para los primeros contra los segundos. Otra forma de verlo es que hay más información científica y tecnológica que puede ayudar al avance en todas las áreas. Es evidente que un laboratorio de un país del Tercer Mundo, mediante una computadora, puede tener al instante conocimientos que antes había que esperar a que se publicaran en revistas o libros especializados.


Para los docentes interesados en progresar en su profesión puede haber otra visión. Es un elemento positivo por diversas consecuencias de su uso: preparar mejor las clases, aumentar la cantidad y calidad del conocimiento de un determinado tema, hacer cursos de grado y postgrado en forma virtual desde su casa, en universidades extranjeras, en temas que no se han desarrollado en nuestro país, etc. El problema para el docente comienza cuando esa información ya la tiene de antemano el alumno, o que la pueda obtener sin necesidad de su presencia. Inclusive el estudiante (siempre fue así, pero ahora esta situación se agudiza) puede saber algo que el docente no sepa. Inclusive ya hay programas informáticos para enseñar por computadora y hay quienes piensan en sustituir los costos de la enseñanza tradicional por el trabajo individual frente a una laptop. En este caso no son necesarios los edificios, su mantenimiento, su vigilancia, ni el pago a miles de maestros y profesores.


No debemos dejar de lado otro de los elementos característicos de la sociedad actual, que es el ritmo y los tiempos del cambio. Nos dice Neira (1999: 22):

«La cultura ya no es estable, sino itinerante y en perpetua renovación. No es suficiente con que el cambio se produzca. El cambio se ha convertido en la verdadera norma. El cambio en el que nos encontramos, por lo tanto, va siempre más allá de cualquier cambio (…). En la medida en que lo inadaptado y lo disidente crearon, en otros tiempos la contracultura, ahora, tendremos que decir que la contra cultura es la verdadera cultura. Una contracultura que se establece como contracultura de sí misma».


Lamentablemente ni la escuela, ni los docentes pueden competir con esta cultura. La docencia necesita un ámbito de estabilidad, de tiempos distintos. Inclusive, para conocer a sus alumnos el docente necesita cierto tiempo. Pero las modas, los lenguajes, los intereses cambian a gran velocidad de un año para el otro. Una inves-tigación sobre las «tribus urbanas» o sobre el lenguaje de los jóvenes ayuda poco al docente porque esas «tribus», esos «lenguajes», cambian, desaparecen. Esas diferencias generacionales hacen cada vez más difícil el ejercicio de la profesión.


Podríamos agregar en muy pocas palabras la diversidad familiar con la que se encuentra el docente y que repercute en forma distinta al pasado. La familia se encargaba de la socialización primaria, pero ahora por diferentes factores esa familia no cumple su papel y se le exige al educador. Este por cierto no está de acuerdo y no acepta, por lo menos en muchos casos. Como el alumno que está en esas circunstancias puede fallar en los estudios, la familia culpabiliza al docente.


El colectivo, desde hace años, ha ido absorbiendo estas condiciones sin poder darles una clara solución. De ello surge un malestar que ha recibido varios nombres: burn out, estrés docente, docente acosado, «jubilarse en el cargo» y otros. No quiero expresar malestar junto a burnout («quemado» o «fuera de funcionamiento») como si fueran sinónimos, sino que debemos establecer grados o niveles de estrés que pueden llevar al docente de un simple cansancio a una psicosis. Por lo tanto, tampoco es la misma solución para cada profesor. Es evidente que hay un gran sector de profesores que están cansados y desanimados. Habrá otro sector que realmente tenga enfermedades psíquicas serias u otro tipo de consecuencias. Una maestra uruguaya lo expresaba así: (Ivaldi, 1995: 5):


«Dentro de esta crisis de la sociedad, las maestras sentimos por momentos que transitamos un ‘‘periodo histórico’’ que nos lleva camino ‘‘hacia no se sabe dónde’’, mientras escuchamos permanentes cuestionamientos hacia nuestros conceptos, valores y funciones. Uno de los fenómenos que no escapa a un buen observador es que la profesión de enseñar ha dejado de ser atractiva para las nuevas generaciones y que el número de maestras tienda a disminuir. Tampoco pasa inadvertido que, en general, las maestras no nos estamos ‘‘sintiendo bien’’».


Todos estos factores hacen de la profesión docente una profesión cuestionada. Ni el Estado ni los medios de comunicación hacen nada para realzar la situación social del educador. Esto va de la mano de la indiferencia, el desprecio y a veces la agresión de padres y alumnos contra sus maestros y profesores. No puedo des-conocer que algunos docentes hacen méritos propios e individuales para que esto progrese. Pero esto está fuera de esta reflexión, pues malos maestros siempre han existido, pero el colectivo no era cuestionado.


Factores de malestar

Entre los factores de malestar (Esteve, 1984) vamos a encontrar, en forma ordenada y por un especialista en el tema, aquellos factores que no solamente cuestionan la profesión, sino que le están pidiendo un cambio radical.


1) Factores contextuales

Al nuevo docente se le adjudican nuevas tareas que no estaban planteadas hasta la crisis actual. Por ejemplo, que socialice a los niños y adolescentes en aquellos aspectos en los que la familia ya no lo puede hacer, o competir con los medios de comunicación, como ya veíamos, en el campo de lo informativo, o redefinir valores y objetivos de la educación, o diversificar su mensaje ante una clientela socialmente diversificada.


También se les piden tareas contradictorias o paradojales: el maestro o profesor debe actuar como un amigo, pero también es un seleccionador y evaluador, o se le pide que prepare al alumno, no solo para la vida presente, sino para un futuro incierto. Esteve define el momento (Esteve, 1984: 299):


«Sin embargo, en el momento actual, nuestra sociedad tiende a establecer el status social en base al nivel de ingresos. Las ideas de saber, abnegación y vocación han caído en picada en la valoración social. Para muchos padres, el que alguien haya elegido ser profesor, no se asocia con el sentido de una vocación, más que como una coartada de su incapacidad para hacer ‘‘algo mejor’’; es decir, para dedicarse a otra cosa en la que se gane más dinero».


2) Factores de primer orden

Estos factores son aquellos que inciden directamente en la acción docente y generan tensiones negativas a la diaria tarea docente. Esteve tiene en cuenta tres: la falta de recursos, la violencia y las múltiples tareas.


Los docentes se quejan con razón cuando se los cuestiona por no renovar sus métodos. El sistema exige sin ofrecer al educador los recursos necesarios para llevarlo a cabo. Estos recursos no solo implican material didáctico, sino horarios, normas, tiempo para evaluar y preparar clases o estudiar.


No es necesario hablar de la violencia que campea por nuestras instituciones, sobre todo en las de secundaria (informes de la OIT así lo destacan en todos los países). Se ha producido un aumento de la indisciplina. Algunos explican este fenómeno por el descrédito del concepto de disciplina que no ha sido sustituido por un orden más justo y participativo. Otras investigaciones lo explican como una rebelión de los más desfavorecidos ante la impotencia del encierro, el alejamiento del conocimiento impartido con su propia realidad y la creencia de que lo que aprendan en la escuela o liceo no les va a servir para su futuro.


La búsqueda de la fe perdida o la reconstrucción de la profesión

¿Qué podemos hacer para enfrentar un medio hostil? ¿Qué podemos hacer para que el ambiente de trabajo sea fuente de salud y no de tensión y malestar? ¿Qué podemos hacer para que el resto de la sociedad reconozca al colectivo como profesional?


Es evidente que para llevar a cabo una labor profesional eficiente el individuo que la lleve adelante no puede vivir en un estado de estrés continuo o frecuente. Esto produce lo contrario a lo que queremos. Por eso vamos a empezar por aquellos factores que impiden que la profesión se desarrolle normalmente.


Partamos del mismo individuo. El docente elige esta carrera como una vocación de servicio, con un alto grado de deseo de que sea una verdadera profesión. Si bien encuentra una serie de escollos para concretar esas aspiraciones, es cierto también que esa actitud es una base muy rica de recursos personales que da sentido a la vida y perspectivas de futuro para encontrar satisfacción en el trabajo. Si el docente ha elegido la carrera porque era corta, o era fácil, o era la que le quedaba más a mano, o la que pensaba le iba a dar un sueldo como para hacer otra carrera profesional va a estar en un problema serio.


Cuando la base positiva tiende a caer, por distintas razones (sociedad, institución, grupo de compañeros), existen estrategias de enfrenta-miento individual que pueden ser efectivas cuando el agotamiento provocado por su función todavía no es agudo. Tenemos que llegar a una conclusión básica; ya sea para evitar el estrés o para mejorar la profesión hay una estrategia que es inevitable, aunque difícil de aceptar: esta profesión tiene la característica de que es colectiva y participativa.


Recordemos el individualismo de antaño, que creo que hemos heredado, con la anécdota del recordado y querido prof. W. Reyes Abadie, que en el momento en que un inspector quiso entrar a su clase profirió aquella frase: «En mi clase primero Dios, luego yo». La autonomía de los docentes es principal para su profesión. Para ello es necesaria la acción colectiva (que no tiene por qué ser política partidaria) para poder formalizar una política educativa liberadora. La reunión en asambleas escolares o liceales, las coordinaciones continuas, el cambio de currículo desde las bases mismas de los docentes, la adquisición de herramientas de investigación y participación, la apertura a nuevos conocimientos, el reconocimiento de que el cambio en el conocimiento es continuo y por lo tanto la necesidad de estar estudiando e investigando la realidad son bases para esa liberación.


Creo que si queremos acompañar el cambio social (soy de los pesimistas que no creen que la educación lo puede todo) hacia planos de mayor justicia social, de que los menos favorecidos no se reproduzcan (por repetición, exclusión o expulsión) y que la sociedad uruguaya adquiera esperanzas renovadas debemos transitar por un camino muy duro y difícil. El que no haga el esfuerzo para hacer de facilitador del crecimiento de la inteligencia (en el sentido de Gardner) no es un profesional y los cuestionamientos seguirán su curso hasta límites no imaginados.


 


Autor

Prof. Mag. Jorge Rossi

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