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martes, 30 de marzo de 2010

Diez claves sobre cómo aprendemos

En los últimos años los avances científicos nos han ayudado a conocer mejor cómo trabaja nuestro cerebro durante los procesos de aprendizaje. Hemos recopilado algunas claves que pueden resultar útiles tanto para los estudiantes universitarios como para los docentes.

1. No es el tamaño de nuestro cerebro sino el número, la diversidad y el grado de interacción entre las neuronas lo que determina nuestra capacidad de aprender (plasticidad cognitiva).


2. Según una investigación sobre el cerebro realizada por científicos del MIT en 2009, existen dos regiones cerebrales concretas que se activan sólo cuando hacemos las cosas bien, y no cuando las hacemos mal. Dado que las áreas activas están vinculadas con el aprendizaje y la memoria, los científicos han llegado a la conclusión de que aprendemos más de los aciertos que de los errores.


3. Científicos argentinos y brasileños demostraron a principios de 2010 que la dopamina es el neurotransmisor clave que regula la duración de la memoria, y que actúa en varias regiones del cerebro, en particular en una que tiene forma de caballito de mar y recibe el nombre de "hipocampo". Si lo que uno aprende o experimenta resulta importante o placentero, la dopamina activa el hipocampo para que guarde mejor esa memoria. Pero si lo que uno aprende no le satisface la información se borra rápido.


4. La memoria de trabajo puede predecir mejor el éxito o el fracaso de un estudiante que su cociente intelectual, según los expertos. Este tipo de memoria se refiere a los procesos que se utilizan para retener información en la mente durante un período corto de tiempo y para manipular esta información. La memoria de trabajo se potencia, por ejemplo, en reuniones y actividades sociales. Y se reduce si pasamos mucho tiempo viendo la televisión.


5. Según datos recientes, hoy los estudiantes sufren cinco veces más ansiedad y estrés que sus pares hace 80 años, y eso afecta negativamente a su memoria y a su capacidad de concentración.


6. Pasar la noche en vela para estudiar para un examen disminuye notablemente nuestra capacidad de aprendizaje. Por el contrario, dormir una larga siesta por la tarde prepara al cerebro para recordar cosas y aumenta un 10% el rendimiento. "Es como reiniciar un ordenador para que funcione sin problemas", afirman los responsables de la investigación, de la Universidad de Berkeley.


7. Aprender es muy sano. Hace unos meses, un equipo de neurobiólogos de la Universidad de California en Irvine obtuvo por primera vez pruebas visuales de que el aprendizaje potencia la salud del cerebro y retrasa el envejecimiento, reduciendo el riesgo de sufrir demencia y Alzheimer. ¡Todo un argumento en defensa de la formación continua!


8. Científicos de la Universidad Pompeu Fabra (España) han calculado que cada persona guarda en su diccionario mental una media de 50.000 palabras, tiene una capacidad para pronunciar hasta tres en un segundo y apenas comete errores. Estudiando también cómo se procesa el lenguaje, investigadores de la Universidad de Barcelona demostraron el pasado mes de febrero que los nuevos nombres y verbos que aprendemos se almacenan en zonas diferentes del cerebro.


9. Un estudio reciente realizado en la Unión Europea ha demostrado aprender idiomas es positivo para el cerebro. Además de que probablemente retrase la demencia, los investigadores han identificado que podría favorecer el aprendizaje, la creatividad y el razonamiento complejo, las capacidades sociales y comunicativas, y la flexibilidad mental.


10. La ingesta de magnesio potencia los procesos neuronales clave para el aprendizaje y la memoria, según un estudio reciente publicado en la revista Neuron. Lo malo es que según Guosong Liu, coautor de la investigación, "la mitad de la población de los paises industrializados padece un déficit de magnesio, que aumenta con la edad".


 


Fuente


http://www.universiag10.org

domingo, 19 de julio de 2009

Autocontrol: la clave para el éxito futuro

En mi trabajo en las aulas lo he visto muchas veces, un porcentaje significativo de alumnos se caracteriza por tener una “personalidad tendiente al placer”, o dicho de otra manera “tienen exigencia de recompensa inmediata”. Lo cierto que en estos casos, ellos no pueden entender la importancia de la formación personal, porque los resultados no son inmediatos, porque hay que esforzarse.

Esta situación, ¿No se agrava con la creencia general que la educación debe ser “divertida”? ¿No es para muchos la escuela una guardería, o una cárcel? ¿No estamos yendo hacia una sociedad de “lo inmediato”? Se pude comprobar que para el logro de un rendimiento escolar satisfactorio, es necesario superar todos esos paradigmas.

Reproduzco a continuación, un artículo publicado en el diario chileno “La tercera” que aborda el tema y me pareció interesante

Esta habilidad que comienza en la infancia se ha revelado como un buen predictor del éxito futuro.
A fines de los años 60, el sicólogo de la Universidad de Stanford, Walter Mischel, realizó un sencillo experimento con niños de cuatro años. Les dejaba una golosina sobre la mesa y les decía que se la podían comer de inmediato o esperar su regreso en 20 minutos para obtener un segundo dulce de premio.

Las filmaciones de esta prueba son descorazonadoras, con niños luchando por postergar lo más posible el delicioso momento. Algunos cubren sus ojos con las manos o dan vuelta la cabeza. Otros comienzan a dar patadas en su escritorio, algunas niñas se tiran las trenzas. Un niño muy bien peinado mira cuidadosamente la sala, para asegurarse que nadie lo observa: toma una galleta, se come el relleno, junta ambas tapas y la devuelve a la bandeja, con cara de satisfacción.

Algunos se comen de inmediato su golosina. Pero cerca del 30% de los niños logró resistir hasta el regreso de Mischel. Tras estos resultados, el experimento se archivó. Casi 40 años después, la prueba se reactivó y sorprende por su habilidad de predecir a quien le irá mejor en la vida.

BRECHA EDUCACIONAL
A través de sus hijas, que también participaron, Mischel se enteró de que a los niños capaces de esperar su segunda golosina les iba mejor en los estudios. A partir de 1981 envió cuestionarios a los padres, profesores y orientadores de la mayoría de los 653 niños del experimento. Y constató que quienes habían comido de inmediato el caramelo tenían problemas para poner atención en clases, para hacer amigos y caían más fácilmente en el matonaje. Sus profesores y padres los evaluaron peor y, además, era más probable que tuvieran sobrepeso y conflictos con las drogas a los 30 años.

Los capaces de esperar y controlarse, por el contrario, tuvieron mejor rendimiento académico y en la prueba SAT -algo así como la PSU chilena- obtenían, en promedio, 210 puntos más. Mischel, hoy profesor de la U. de Columbia, comenzó el año pasado a invitar a los participantes -ahora adultos- a la U. de Stanford para someterlos a chequeos de resonancia magnética funcional. Busca determinar con exactitud las áreas cerebrales que permiten a algunas personas postergar una gratificación y controlar su temperamento.

Y aunque faltan estudios para un mapa definitivo, hasta ahora aparecen involucradas la corteza prefrontal, la cíngula anterior y el giro frontal anterior. Zonas asociadas al autocontrol, la memoria de trabajo y la dirección de la atención.

AUTOCONTROL VS. INTELIGENCIA
Durante mucho tiempo los sicólogos han creído que la inteligencia por sí sola es el factor más importante para predecir el éxito. Mischel advierte que si bien es importante, ahora sabemos que está a merced del autocontrol: incluso los niños más brillantes deben hacer sus tareas, dice.

Entre los factores que determinan el autocontrol está el cómo estos menores dirigen su atención. En lugar de obsesionarse con la golosina, que actúa como un potente estímulo, el niño paciente se distrae desviando sus ojos o entonando canciones infantiles. Los niños que se mantienen mirando fijamente el dulce son los primeros en ceder a la tentación. "Si puedes manejar bien las emociones fuertes, entonces eres capaz de estudiar para la prueba SAT en lugar de dedicarte a ver televisión. O en lugar de dilapidar tu dinero, puedes ahorrar más para tu jubilación", dice Mischel.

Estudios posteriores han demostrado que la capacidad de manejar la atención surge ya al año de vida. Basta ver cómo reaccionan los menores cuando se separan de la madre: algunos empiezan a llorar, otros se aferran a la puerta por donde salió ella, mientras que otros se distraen y empiezan a jugar con sus juguetes.

Pero lo que más llama la atención hoy y donde se están enfocando las investigaciones, es un grupo pequeño de los voluntarios de Stanford: niños que no pudieron controlarse cuando pequeños pero que terminaron siendo adultos exitosos, con una alta capacidad de postergar las gratificaciones.

Mientras, Mischel y la investigadora Angela Lee Duckworth, sicóloga de la U. de Pensilvania, aplican un programa en 66 escuelas públicas de EE.UU. Más allá de reformas en planes de estudio, colocan el acento en desarrollar el carácter de los niños y les enseñan algunas formas de autocontrol.


http://www.latercera.com/contenido/741_157654_9.shtml
por Sebastián Urbina - 18/07/2009 - 12:01

martes, 6 de enero de 2009

Diferencias entre “Enseñanza” y “Aprendizaje”

Considero importante, como primera medida, reflexionar sobre las diferencias entre ambos conceptos. Para ello he tomado unos párrafos de la obra “Tres aspectos de la Filosofía de la Investigación sobre la Enseñanza” de Gary D. Fenstermacher, que transcribo a continuación:

Un concepto de enseñanza
Hemos aislado las siguientes características de la actividad llamada «enseñanza»:
1. Hay una persona, P, que posee cierto
2. contenido, C, y
3. trata de transmitirlo o impartirlo a
4. una persona, R, que inicialmente carece de C, de modo que
5. P y R se comprometen en una relación a fin de que R adquiera C.

Cualquier añadido a estas cinco características será simplemente una extensión o elaboración de este concepto genérico. Hay muchas maneras de trabajar sobre la idea genérica. Podría hacerse organizadamente, examinando el concepto dentro del contexto de la escolaridad. El concepto podría ser elaborado al modo conductista. O bien podría elaborarse moralmente. Los antropólogos hacen elaboraciones culturales, los sociólogos hacen elaboraciones estructurales y funcionales, y otro tanto sucede con los distintos enfoques del estudio de la enseñanza.

Ninguna de las características del significado genérico de «enseñanza» se ocupa de si la actuación es buena o tiene éxito. Las condiciones genéricas proporcionan la base para responder si una actividad es o no enseñanza, pero no para responder sí es enseñanza buena o con éxito.

Existe una conexión muy estrecha entre enseñanza y aprendizaje, pero no se trata del tipo de conexión que apoya la afirmación de que no puede haber enseñanza sin aprendizaje. Sostener que no hay enseñanza sin aprendizaje confunde las condiciones genéricas con lo que podrían llamarse las condiciones de evaluación de la enseñanza. El hecho de que P tenga éxito o fracase en la tarea de enseñar está determinado por las elaboraciones que se efectúen sobre las condiciones genéricas, no por las condiciones genéricas mismas.

Hay una especial relación semántica entre los términos «correr una carrera» y «ganar», de modo tal que el significado del primero depende, de diversas maneras, de la existencia del segundo. Llamo a esta relación dependencia ontológica.

La idea de dependencia ontológica ayuda a explicar por qué la mayoría de nosotros percibe una conexión tan estrecha entre enseñar y aprender. Si nadie aprendiera, sería difícil imaginar que pudiéramos disponer del concepto de enseñar. Porque si el aprendizaje no se produjera nunca, ¿qué sentido tendría enseñar? La conexión entre los dos conceptos está fuertemente imbricada en la trama de nuestro lenguaje. Tan fuertemente, de hecho, que es fácil confundir- relaciones ontológicamente dependientes con relaciones causales. Debido a que el concepto de enseñanza depende de un concepto de aprendizaje, y debido a que con tanta frecuencia el aprendizaje se produce después de la enseñanza, podemos fácilmente tender a pensar que una cosa es causa de la otra.

Pensemos por un momento en qué difieren la enseñanza y el aprendizaje.

El aprendizaje puede realizarlo uno mismo; se produce dentro de la propia cabeza de cada uno. La enseñanza, por el contrario, se produce, por lo general, estando presente por lo menos una persona más; no es algo que ocurra dentro de la cabeza de un solo individuo.

Otra diferencia es que aunque se pueda aprender algo sobre moralidad, uno no aprende moral o inmoralmente. Sin embargo, la enseñanza puede ser impartida moral o inmoralmente. El aprendizaje implica la adquisición de algo; la enseñanza implica dar algo. Como quiera que lo examinemos, no hay prácticamente estructura paralela alguna entre los conceptos de enseñanza y aprendizaje. Hay dos clases radicalmente diferentes de fenómenos.

Parece haber escasas dudas acerca de la dependencia ontológica de la enseñanza respecto del aprendizaje. Sin el concepto de aprendizaje, no habría concepto de enseñanza (aunque, como se señaló anteriormente, la dependencia no actúa en sentido inverso). Los que sostienen que hay una relación causal entre enseñanza y aprendizaje están, en mi opinión, confundidos por la relación ontológicamente dependiente entre ambos conceptos. Las correlaciones empíricas pueden, de hecho, explicarse de otras maneras que no sea planteándolas como precursoras de conexiones causales directas y rígidas..

El concepto de la condición de estudiante o de alumno es, con mucho, el concepto más paralelo al de enseñanza. Sin estudiantes, no tendríamos el concepto de enseñante; sin profesores, no tendríamos el concepto de alumno. He aquí una pareja equilibrada y ontológicamente dependiente. Hay una gama de actividades vinculadas con la condición de alumno que complementan las actividades de la enseñanza. Por ejemplo, los profesores explican, describen, definen, refieren, corrigen y estimulan. Los alumnos repiten, practican, piden ayuda, repasan, controlan, sitúan fuentes y buscan materiales de estudio. La tarea del profesor consiste en apoyar el deseo de R de ser estudiante y mejorar su capacidad de hacerlo. Cuánto aprenda R del hecho de ser un estudiante es en gran medida una función de la manera en que «estudiante».

Sin duda, parece raro usar la palabra «estudiantar» como verbo intransitivo. La extrañeza se debe probablemente al hecho de que hacemos desempeñar al término «aprendizaje» una doble tarea, usándolo algunas veces para referirnos a lo que el estudiante realmente adquiere de la instrucción (rendimiento) y otras para referirnos a los procesos que el estudiante usa para adquirir el contenido (tarea). Debido a que el término «aprendizaje» funciona tanto en el sentido de tarea como en el de rendimiento, es fácil mezclar ambos y sostener, por lo tanto, que la tarea de la enseñanza es producir el rendimiento del aprendizaje, cuando en realidad tiene más sentido sostener que una tarea central de la enseñanza es permitir al estudiante realizar las tareas del aprendizaje.

Esta discusión de la dependencia ontológica pretende ser el fundamento de la idea de que el aprendizaje es un resultado del estudiante, no un efecto que sigue de la enseñanza como causa. La tarea de enseñar consiste en permitir la acción de estudiar; consiste en enseñarle cómo aprender.

Habiendo reemplazado la consecución del aprendizaje por el perfeccionamiento de la actividad de estudiar como una de las tareas centrales de la enseñanza, volvamos a las condiciones genéricas y de apreciación de la enseñanza, para evaluar hasta qué punto pueden aplicarse a esta nueva tarea.

Como resultado del análisis de la pareja ontológicamente dependiente, el concepto genérico requiere cierta modificación, porque también estuvo marcado por la presuposición de que el aprendizaje es el logro de la enseñanza. Según la idea revisada, el profesor no transmite o imparte el contenido al estudiante. El profesor más bien instruye al estudiante sobre cómo adquirir el contenido a partir de sí mismo, del texto u otras fuentes. A medida que el estudiante se vuelve capaz de adquirir el contenido, aprende.

Las tareas del enseñante incluyen
instruir al estudiante acerca de los procedimientos y exigencias del rol de estudiante,
seleccionar el material que debe aprender,
adaptar ese material para adecuarlo al nivel del estudiante,
proporcionar la serie más adecuada de oportunidades para que el estudiante tenga acceso al contenido (es dentro de esta tarea donde yo incluiría la motivación),
controlar y evaluar el progreso del estudiante,
ser para el estudiante una de las principales fuentes de conocimientos y habilidades.
Estas tareas se parecen mucho a las que la bibliografía en general presenta como las tareas propias de la enseñanza. Hay, sin embargo, una diferencia importante. En este nuevo esquema, se sostiene que el profesor es importante para las actividades propias de ser un estudiante (el hecho de «aprender» entendido como tarea), no para la adquisición comprobada del contenido por parte del alumno (el hecho de aprender entendido como «rendimiento»). Así, un estudiante que fracasa en un examen de contenido razonablemente válido y fiable, incluido en la instrucción, debe aceptar la mayor parte de responsabilidad por este fracaso. En la medida en que el estudiante carezca de las capacidades de estudio necesarias para desenvolverse bien en esta prueba, no se le dé oportunidad de ejercitar estas capacidades o no se le ayude y estimule para interesarse en el material que debe aprender, el profesor debe aceptar una parte importante de responsabilidad por el fracaso del estudiante.

Adoptando el punto de vista de que uno de los mayores logros, de la enseñanza es la adquisición por parte del estudiante de aquellas reglas, procedimientos y habilidades de la condición de estudiante que caen dentro de la esfera de acción del profesor (no todos los aspectos del estudio están dentro del ámbito de preocupación del profesor), es posible ahora examinar algunos de los problemas que quedaron sin resolver al comienzo del análisis.
¿Qué puede decirse del estado mental del alumno?
¿Debe desear adquirir las habilidades y las ideas de la condición de estudiante, a fin de que se produzca el hecho de la enseñanza?
Yo creo que no. Parece improbable que los alumnos adquieran las características de estudiantes a menos que quieran hacerlo y, por lo tanto, sobre la enseñanza recae una extraordinaria exigencia, si es que la intención de aprender de los estudiantes debe estar ya formada antes de que pueda decirse que se está produciendo el hecho de la enseñanza. Lo más que podemos hacer en este punto es determinar que el profesor está realmente ejecutando las tareas de enseñanza mencionadas en el párrafo anterior, y no está haciendo nada para desalentar o inhibir a los estudiantes respecto de la adquisición de las habilidades, procedimientos y reglas propias del hecho de estudiar.

(Algunas personas que leyeron un borrador de este capítulo encontraron muy perturbador el párrafo anterior. Me reprocharon que relevara al profesor de toda responsabilidad por la motivación y exigiera, al mismo tiempo, que el estudiante llegara a la clase con la mente preparada para la instrucción. No soy tan despiadado. Recuérdese que lo que se está examinando aquí es la idea genérica de enseñanza. Y yo sostengo que los alumnos no necesitan querer o desear ser estudiantes antes de que los profesores puedan decir que están enseñando, en el sentido genérico del término. Por otra parte, si las condiciones de evaluación se introducen como elaboraciones sobre el concepto genérico, entonces sucederá que la buena enseñanza requerirá que el profesor se adapte a la disposición de los alumnos para aprender, y que aliente su interés por el material.)

¿Y qué se puede decir de la autoenseñanza? , la idea de la autoenseñanza sólo es comprensible como algo análogo al hecho de que una persona enseñe a otra. Además, la mayoría de las veces que usamos la expresión queremos decir con ella que hemos aprendido el contenido sin la ayuda de un profesor físicamente presente. La idea de autoenseñanza es sobre todo aplicable cuando se refiere a las acciones de las personas que se preparan para aprender algo por sí mismas. Buscan los textos apropiados, tratan de conseguir ayuda en el nivel adecuado de dificultad y se guían a sí mismas a través de los estadios de desarrollo por el método de ensayo-error. Dado que éstas son precisamente las cosas que un profesor suele hacer por su alumno, es evidente que estamos hablando de enseñarse a uno mismo.

La mayoría de los profesores, ¿tienen el contenido en su cabeza antes de que se pueda decir que están enseñando? La pregunta misma está mal formulada, ya que se basa en una concepción de la enseñanza que considera al aprendizaje como su logro. Lo que se ha de aprender puede estar en la cabeza de los profesores, o en un libro, en una película o en un programa de ordenador, en la cabeza de un conferenciante invitado e incluso en la cabeza de la persona a quien se le está enseñando. La tarea de los profesores no es necesariamente poseer el contenido y transmitirlo a los estudiantes, sino más bien permitir a éstos tomar posesión del contenido donde quiera que se encuentre. Ahora bien, los profesores tienen mayores posibilidades de tener éxito en sus tareas si previamente han tomado posesión del contenido.

Este análisis se ha centrado en las condiciones genéricas de la enseñanza y en las elaboraciones que empleamos para determinar qué es lo que se considera una enseñanza con éxito. Hay otras muchas elaboraciones. Una que es fundamental para el filósofo de la educación se refiere al problema de lo que se considera buena enseñanza. Aquí, el uso del adjetivo "buena" no es simplemente un sinónimo de "con éxito", de modo que buena enseñanza quiera decir enseñanza que alcanza el éxito y viceversa. Por el contrario, en este contexto, la palabra «buena» tiene tanto fuerza moral como epistemológica. Preguntar qué es buena enseñanza en el sentido moral equivale a preguntar qué acciones docentes pueden justificarse basándose en principios morales y son capaces de provocar acciones de principio por parte de los estudiantes. Preguntar qué es buena enseñanza en el sentido epistemológico es preguntar si lo que se enseña es racionalmente justificable y, en última instancia, digno de que el estudiante lo conozca, lo crea o lo entienda.

No conozco ninguna investigación sobre la enseñanza que explique cuestiones referentes a la buena enseñanza, no ha abordado específicamente aspectos de valor moral reflejados en las acciones del maestro, o consideraciones de valor epistemológico en la selección y reconstrucción del contenido. En cierto modo, esta ausencia de consideraciones morales no es sorprendente, dada la pasión de muchos científicos por abordar sus investigaciones sin contaminación alguna de compromiso moral o axiológico. Sin embargo, nuestra progresiva comprensión de que la ciencia está llena de ideología y de compromiso hace que cada vez exista menos preocupación por la posibilidad de un sesgo moral y axiológico en la comunidad científica.

En este primer apartado he tratado de distinguir entre una noción genérica de enseñanza y las muchas elaboraciones posibles de tal noción. A medida que avanzaba el análisis se hacía evidente que el concepto de enseñanza implícito en gran parte de la bibliografía de investigación está arraigado en la idea genérica combinada con las condiciones de evaluación para la enseñanza con éxito. La particular idea de éxito presente en gran parte de la bibliografía se basa en el convencimiento de que hay una especie de conexión causal entre enseñanza y aprendizaje. Esta presunción de causalidad se explica mejor, probablemente, por la dependencia ontológica de la enseñanza respecto del aprendizaje, aunque -como demuestra el razonamiento- la dependencia ontológica no justifica la deducción causal. Conceptualmente, la idea de ser estudiante o alumno parece relacionarse de forma mucho más coherente con la de enseñanza de lo que lo hace la idea de aprender. Así, se argumentó que la investigación sobre la enseñanza reflejaría más integridad conceptual si no estuviera ligada a un concepto de enseñanza arraigado en las condiciones estándar de evaluación del éxito. Por el contrario, la investigación debería basarse en una idea de la enseñanza que tuviera como preocupación central la realización, por parte de los estudiantes, de ciertos tipos de tareas y actividades
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