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jueves, 26 de septiembre de 2013

Frente a la postmodernidad


El pensamiento postmoderno se presenta como único, arrollador, y tal vez como “el fin de la historia”. Como docente tengo que ubicarme, ¿Coincide con mi forma de ver el mundo? ¿Es posible pensar el mundo de otra manera? 
 


Para empezar, cabe señalar que la postmodernidad es irresponsable en sus excesos, legitima la opresión y la exclusión, dejando en pie al único discurso fuerte que aún queda: el del liberalismo a ultranza o neo liberalismo (en su vertiente o interpretación más extendida, en que la economía es el centro y único eje vertebrador) que, al menos en parte, se construye a partir de la constatación postmoderna de que no podemos establecer ningún principio regulador en un mundo fragmentado; así, la intervención estatal en la economía es imposible e inútil pues nadie puede predecir o saber que ocurrirá, la política queda negada: es imposible (Huerta de Soto).

Este mismo autor desde este liberalismo económico radical afirmará siguiendo los postulados de la escuela de Hayek, la falsedad de los esquemas que se establecen tratando de identificar causas y consecuencias generales, para centrarse en el hombre como sujeto creativo, empresario; él, es el único principio posible en el desarrollo de la ciencia, lo que imposibilita la predicción, la ciencia y, especialmente, el socialismo y la intervención política en la economía; la recuperación del sujeto epistemológico que postula la postmodernidad es utilizada aquí para situar al sujeto en el centro como empresario y creador; cada sujeto es propietario de su propio yo y, por tanto, lo que uno crea de la nada es de él, tiene derecho a ello y nadie puede plantear que lo reparta o que lo restrinja, entre otras cosas porque estaría violando un principio ético fundamental: la libertad, pero, también, porque se da la imposibilidad de utilizar óptimamente los recursos públicos, pues es imposible conocer y predecir causas y consecuencias. Así, de una tajada se justifican el fin de la política y la legitimación de la acumulación sin límites.

Se puede constatar, según Habermas, una estrecha relación entre neoconservadurismo y postmodernidad, aunque los neoconservadores parecen rechazar la postmodernidad por ser un conservadurismo distinto al que ellos postulan.

La postmodernidad, es conservadora porque al eliminar la conciencia histórica y afirmar el eterno retorno de lo igual, elimina, también, cualquier esperanza de mejorar la sociedad. El orden establecido y el sistema se toman como un hado frente al que es inútil e incluso contraproducente rebelarse... No hay nada que hacer, por tanto, no hagamos nada” (González, 1991: 181).

No hay, pues, esperanza de cambio. Es, en otra famosa versión de los hechos, el fin de la historia. Además, la postmodernidad, nos propone desconfiar de todos los discursos, con lo que la política, sea está de derechas o de izquierdas, es indiferente, todas las políticas y discursos son iguales, las ideologías han muerto. Pero, puede afirmarse que “mientras los filósofos postmodernos pontifican acerca de la negatividad del poder, los poderes (económicos) avanzan y se exhiben sin pudores ni vergüenzas” (González).

Poderes que legitiman la desigualdad y hacen cada vez menos libres a la mayoría en favor de la absoluta libertad de una cada vez más exigua minoría:
“¿no es esto llevar a su extremo la moral aristocrática nietzscheana? Así, se piensa la ética desde la aristocracia del mundo de hoy. Desde ella, suena de nuevo a falso todo el reconocimiento verbal a la multiplicidad de culturas y pueblos".(…)
“El reconocimiento que los postmodernos hacen a mi historia, mi cultura, etc. desde su primer mundo, suena al reconocimiento de mi derecho y su derecho a seguir desviviendo yo y viviendo ellos. Ellos piensan, quizás con razón, que no vale la pena salir de su presente para un futuro x; pero ¿Y nosotros?” (Ese nosotros se refiere a los países subdesarrollados desde donde el autor reflexiona sobre la postmodernidad,(Moreno).

Ante los excesos postmodernos, ¿Todo vale?, ¿Cabe hablar sin referente?, ¿Todos los discursos valen igual y son igualmente legítimos y validables?, ¿Es igual el discurso o la forma de conocimiento que desarrolla un médico que la que desarrolla un chaman, igual el discurso y la identidad del oprimido y del opresor?

Cuando se plantean los discursos débiles, la ausencia de seguridades, la ética light, la necesidad de reconocer la diversidad, se puede estar haciendo el juego a discursos nacionalistas excluyentes, a planteamientos segregadores, a planteamientos legitimadores de la opresión y de la desigualdad social.

Bucear y centrarse en la fragmentación, en la nada, en el vacío, obvia la atención a otros procesos y circunstancias que también se están produciendo hoy en nuestro mundo, como los procesos de globalización o el establecimiento de presupuestos universales desde el neoliberalismo capitalista sin oposición.

La postmodernidad se recrea en la fragmentación desde un planteamiento unidimensional, olvidando que estamos también en el tiempo de la globalización, lo que supone desarrollar una lógica de análisis parcial (Munné).

Por otra parte, si las realidades (formas de vida y formas de conocer) son esencialmente diferentes y así hay que reconocérselo, ¿qué principio asegura la comunicación entre formas de conocimiento y de vida diferentes? ¿O sólo cabe incomunicarse? ¿No hay una serie de principios básicos, una serie de normas fundamentales de convivencia universales que puedan servir de comunicación (Derechos Humanos)?

La postmodernidad puede, también, estar legitimando el individualismo en su vertiente más negativa, individualismo segregador y manipulador, y el nacionalismo negativo ante la ausencia de principios de comunicación entre el uno y los otros y la constatación de que todos los discursos son igualmente válidos.

Este río revuelto también arrastra a la democracia deslegitimándola “no hay valores absolutos a realizar mediante el diálogo, y por tanto, por medio de la democracia; como no hay un lugar definitivo al que nos dirigimos” (Vattimo).

La postmodernidad no es ingenua a la política, ni sus consecuencias son inocuas para la vida de las personas; “Cada experiencia es juguete de su objeto (Rubert De Ventos) ¿Cómo no ver aquí, tras la máscara de la actividad desenfrenada, la pasividad del sujeto ante el mundo? ¿No es éste un discurso de la aceptación, del sometimiento, si se le despoja de toda la pirotecnia verbal que lo enmascara? ¿A qué otra cosa lleva la declaración explícita de muerte para el relato de la emancipación?... Claro que así pierden sentido palabras como justicia, libertad, humanidad, comunidad y tantas otras, ahora relegadas al baúl de los recuerdos” (Moreno).

Con la postmodernidad parece que todo vale, no necesitamos referentes, la realidad no existe.
La disolución de todas las continuidades, de todos los universales, de todas las unidades, implica, por supuesto, la disolución de la ética; sin reglas generales, sin consenso posible sobre la conducta humana, la ética queda librada a la diversidad de lenguajes, a los consensos regionales y transitorios y en último término al individuo, ética fractal o del fragmento”. (…)

“La imposibilidad de una ética, no ya universal, ni siquiera general, es la imposibilidad de un consenso, diluye la misma posibilidad de “estar juntos”... aunque sea por un rato. ¿Sobre qué base de acuerdo? ¿Si no hay hombre ni en mí individuo ni en el otro?...Las éticas “blandas” si se las toma en serio, ¿en qué quedan?; La ética del juguete puede ser muy estimulante cuando el objeto del que uno se hace juguete es el prójimo o Dios, pero ¿en qué queda cuando el objeto es el poder o la propiedad? Los débiles, nosotros, no tienen derecho a existir.” (Moreno)

Por otra parte, la misma postmodernidad que niega principios, criterios y referentes, los utiliza para criticar y de-construir la ciencia positiva y para elevar, por ejemplo, a ciertos autores (referentes) y aportaciones a un lugar preeminente, a veces incluso idolatrado, en su propia forma de hacer las cosas (unos valen, otros no).

La postmodernidad (Munné) se posiciona contra la jerarquía y la autoridad y, así, crítica a los ídolos pero también crea sus propios ídolos y autoridades (por ejemplo, Lyotard, Baudrillard, Vattimo, Lipovetsky... y, en otro plano, Nietszche o Heidegger).

Negar ciertos efectos positivos del progreso y de la ciencia positiva es negar una evidencia incuestionable, si realmente desarrollamos esta idea, abogaríamos por volver a la era de piedra o por ponernos en manos de un chaman antes que en las de un médico o por encargar a cualquiera la construcción de nuestra casa o por destruir, incluso, el mismo canal de comunicación que utilizamos para comunicarnos; si se afirma que el positivismo, la modernidad, el progreso han muerto sin más ¿dónde esta la ambigüedad, los claroscuros y la ambivalencia o relativismo que se predican desde la postmodernidad?.

¿Cómo sin la ciencia positiva, la modernidad y la tecnología, podría haber avanzado la humanidad? ¿Cómo se habrían inventado, entre otras muchas cosas el teléfono, la imprenta, la penicilina... ?

¿No nos vale nada del positivismo? Es difícil creer que lo que se postula es un discurso débil desde estos presupuestos más bien “fuertes” y, desde luego, poco ambiguos o relativos. Por qué no defender que el positivismo es una opción más de interpretación de la realidad, tan válida como otras, tan válida como la postmodernidad que, también quiere y pelea por un puesto principal y dominante en el marco de las ciencias, tratando de postularse como la única y verdadera opción, aunque sea a su manera, lo que, implícitamente, la sitúa en la búsqueda de la razón, aunque la razón sea que no hay razón valida (por cierto que, ¿no cabría preguntarse, entonces, si tampoco lo es la postmodernidad?).

¿Por qué no plantearse recuperar lo válido de la modernidad y alguno de sus avances? Los excesos son siempre negativos y llevan a cometer errores de gruesa magnitud, la ausencia de ponderación radicaliza y hace perder el rumbo, evita ver los claro- oscuros y relativizar, dos de las aportaciones, por cierto, de la postmodernidad que, ella misma, parece olvidar al situarse en la nada y en el vacío.

Es necesario reconocer aspectos positivos en el que se erige, e identifica como el “enemigo” positivista, establecer diálogos y comunicaciones para el que, ni los unos, ni los otros, parecen querer estar dispuestos.

La postmodernidad, además, se separa de la realidad, la niega, pudiendo padecer lo que Fromm llamó la alienación filosófica: la separación (por otra parte irresponsable) de esa realidad que niega: “rehuir lo concreto so capa de purismo, es una forma de escapismo intelectual y dogmatismo inútil” (Martín Baro).

La postmodernidad es elitista, es una especie de iglesia para iniciados, sus textos se recrean en la complejidad y en la separación de la mayoría, en el desarrollo de lenguajes crípticos que pretenden ser incomprensibles y lejanos del mundo. Y las élites están, hoy y siempre, ligadas a los mismos principios, a señalar que no todos somos iguales, que no todo discurso es igual, a legitimar y servir a ciertas posiciones de poder e intereses de modo implícito o explícito.

El hedonismo y la felicidad que postula es inmoral:

“el “refugio lúdico” que ahora se propone como alternativa a la militancia, no es sino la versión postmoderna de lo que siempre habíamos llamado “torres de marfil”, porque, naturalmente, el hedonismo es privilegio de los ricos del mundo” (González, 1991:182).

Se trata de ser feliz, de pasarlo bien, pero la diversión es, sólo “zumo de neón contra la depresión”, o “una especie de mueca en lugar de sonrisa” (Sabina). El hombre esta solo en el desierto y le invade un malestar difuso, su vida no tiene sentido, es absurda.

El sujeto postmoderno es frágil, siempre provisional, sin identidad personal, puro maquillaje:

Vattimo afirma que la postmodernidad lleva a cabo una cura de adelgazamiento del sujeto, yo me temo que se le ha ido la mano en la cura y que el sujeto ha adelgazado tanto, que ya es imposible verle” (González).

Con un mundo como el que hoy tenemos, repleto de injusticia y desigualdad, parece irresponsable negar la realidad y destruir cualquier principio comunicador.

Por otra parte, la posición más cómoda ante cualquier situación, es la de criticarlo todo, la de andar apostado, parapetado, esperando para destruir, de construir, criticar, eliminar... como parece hacer la postmodernidad por momentos.

¿Y qué decir en el terreno socio político de la posibilidad de legitimar, por ejemplo, un discurso racista o xenófobo desde el profundo relativismo moral inspirado en la postmodernidad? Así, el holocausto nazi valdría igual que la obra de Ghandi, el Main Kampft sería un discurso tan respetable y válido (en sus opiniones) como cualquier otra obra, lo que permite, por ejemplo, legitimar las teorías revisionistas del Holocausto.

Afirmar que la perspectiva del torturado y del torturador son visiones igualmente válidas, que después de un holocausto o un genocidio no hay ninguna verdad objetiva a determinar, que la búsqueda de la verdad constituye una ilusión propia de occidentales sujetos a la idea de la representación, constituyen coartadas, quizá peores que las leyes del olvido, la tergiversación del pasado o el silencio histórico... lleva además a la inhibición práctica... y a no intentar búsquedas para averiguar que es lo que verdaderamente sucede en la sociedad” (Reynoso).

El sujeto que surge de estos planteamientos es un sujeto esquelético, en una sociedad raquítica, un sujeto insolidario, una sociedad en la que predominaría el olvido del otro, el olvido del sufrimiento de los vencidos y maltratados por la historia (Blanco).



Extraído de
Fundamentos en humanidades
Universidad Nacional de San Luis
N° II (1/2000) / pp. 77 - 110
Frente a la posmodernidad
José Guillermo Fouce
Universidad Complutense de Madrid
 

martes, 10 de marzo de 2009

LA INFLUENCIA DEL ENTORNO: UNA PARADOJA

La imposibilidad de separar el aprendizaje individual del contexto de socialización es evidente. La importancia de la experiencia y la biografía en el sentido y la calidad del aprendizaje fuera y dentro de la escuela han sido reconocidas primero en el ámbito de la educación (Dewey, 1925; 1938) y mucho más tarde en el de la psicología (Bruner, 1990). Como se ha apuntado anteriormente, los estudios neurológicos actuales ponen en evidencia que nuestras configuraciones neuronales están en estrecha relación con nuestra experiencia personal, cultural y social, el tipo de actividades que realizamos, la riqueza de los estímulos a los que accedemos y el sentido que vamos atribuyendo a los diferentes aspectos de nuestra vida. De ahí que en nuestro entorno, del que también forma parte la escuela –desde la infantil a la universidad– represente un papel fundamental a la hora de fomentar o inhibir nuestra capacidad de aprendizaje. Y el entorno en el que hoy nos movemos la mayoría de los individuos está caracterizado por sus aspectos paradójicos.

En el contexto de la sistémica la paradoja designa aquello que simultáneamente es «vale» y no es «no vale». Por lo que en rigor lógico, la paradoja es algo que tiene lugar «aunque y porque no tiene lugar», o viceversa: que no sucede precisamente porque sucede. Ningún momento de la historia conocida se nos antoja, desde el punto de vista de la educación y el aprendizaje, tan paradójico como éste. Nunca se había hablado, escrito, legislado y adjudicado tantos recursos como ahora para que todos los chicos y chicas hasta los 16 años –al menos en los países de nuestro entorno– tuviesen acceso a aquellos aprendizajes que no les puede proporcionar su familia, su contexto más cercano e incluso su lugar de trabajo. Nunca se había dicho tanto y de manera tan persistente que el futuro de la propia sociedad y el sostén del bienestar alcanzado dependan de la capacidad de los más jóvenes para acceder al saber acumulado, entender la complejidad de los fenómenos sociales y seguir buscando solución a los problemas planteados.

Nunca los individuos habían tenido un acceso tan amplio, masivo y no restringido la información a través de las diferentes tecnologías de la información y la comunicación –desde las más tradicionales, los libros, a las más actuales, las redes telemáticas–. Sin embargo, la fuerza de este discurso –en el sentido de fijar cómo la realidad es percibida y los sujetos se posicionan en ella–, los recursos proporcionados y las facilidades de acceso a todo tipo de información no redundan automáticamente en el aumento del deseo y la motivación –sobre todo de los jóvenes–, para aprender, en la ampliación de su sentido de la responsabilidad hacia los otros y el medio ambiente y en su decisión de acceder a la educación superior y a los ámbitos de la investigación. Las razones de esta situación son muchas y de índole muy variada y se sitúan en los diferentes entornos que nos rodean.

En el ámbito familiar, en el que se supone que niños, niñas y adolescentes han de poder realizar un conjunto de aprendizajes básicos, el desarrollo de los mismos se ve influenciado por la combinación del descenso de número de hijos, la mayor permanencia de los progenitores o tutores fuera de casa, un mayor nivel de bienestar y un miedo creciente de las familias a lo que sucede en el exterior.

Esta situación pone a niños, niñas y adolescentes en una espiral de falta de atención emocional, sobreprotección y consumo en la que les es difícil arriesgarse, tomar decisiones, experimentar la autonomía y la responsabilidad y encontrar sus propios deseos. Este contexto, si bien proporciona a los padres una cierta tranquilidad, no parece el más apropiado para que niños y niñas desarrollen su potencial personal y social y les permita interactuar en las mejores condiciones en el mundo actual. Un mundo en el que la capacidad para afrontar la incertidumbre, transferir lo aprendido y seguir aprendiendo a lo largo de la vida parecen fundamentales.

En el ámbito social, los medios de comunicación –cuya influencia se ha multiplicado por el ingente desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación–, presentan un conjunto de valores en conflicto sin solución de continuidad. Las contradicciones están instaladas en nuestras propias familias, escuelas, vida pública, social. De este modo, niños, niñas, jóvenes y adultos hemos de aprender a convivir con ellas. Este estado de cosas ha llevado a plantear, de forma irónica, que en el momento de la historia en el que más se habla de la importancia de transmitir valores, lo que se da a entender en la práctica es que los únicos valores que realmente se aprecian son los que cotizan en bolsa.

Esto tiene consecuencias importantes en el proceso educativo de los más jóvenes, cuya manera de enfrentarse a las contradicciones puede llevarles al cinismo (a entender rápidamente que lo importante es lo que se hace, no lo que se dice, con lo que se convencen de que a la larga les dejarán en paz porque todo el mundo hace lo contrario de lo que predica); la salida del sistema (al situar en la organización actual del sistema económico y social la perversión de los valores que posibilitan y fomentan la convivencia y la justicia); o a aprender a vivir con la herida que produce el ser consciente del cúmulo de contradicciones en las que se debate el mundo actual y ser capaz de construir el un sistema de valores propio que le ayude a vivir su vida con sentido. Estas posiciones sitúan a los jóvenes de forma muy diferente a la hora de invertir sus esfuerzos y su capacidad para adquirir y desarrollar aprendizajes escolares y a aceptar los retos de la sociedad actual.

Por otro lado, como ha señalado Corea (2004: 42-43) existe una evidente confrontación entre la subjetividad pedagógica, que en principio promueve la escuela, y la subjetividad mediática cada vez más presente en la sociedad. Para esta autora:, Los espacios de encierro, la subjetividad disciplinada, el tiempo de la evolución o del progreso no son hoy entidades reproductibles porque el suelo en el que arraigaban se ha diseminado: encontramos que ni la fluidez del capital ni la velocidad de la información son condiciones favorables para la subsistencia de lo instituido, cuyo requisito de solidez, «sistematicidad», fijación y perduración es hoy imposible. (…) la subjetividad «informacional» o mediática se nos presenta como una configuración bastante inestable y precaria. (…) El discurso mediático produce actualidad, imagen, opinión. (…) Miro la tele: tengo que estar lo más olvidado posible. En lo posible, tirado. En lo posible, haciendo otra cosa. Nadie mira tele mirando concentrado la pantalla. Eso no existe. En vez de la interioridad y la concentración requeridas por el discurso pedagógico, el discurso mediático requiere exterioridad y descentramiento: recibo información que no llego a interiorizar, la prueba es que al minuto de haber hecho zapping no recuerdo lo que vi y debo estar sometido a la mayor diversidad de estímulos posibles: visuales, auditivos, táctiles, gustativos.

Estoy mirando tele y estoy haciendo a la vez otra cosa: comiendo, tomando mate, coca o cerveza, tejiendo, jugando, estudiando, etcétera. Lo más radical en todo esto es lo más obvio: no miro un programa, miro la tele, veo zapping, es decir, una serie infinita de imágenes que se sustituyen unas a otras sin resto ante mis ojos. Ninguna de estas operaciones produce ni requiere la memoria, puesto que ninguno de los estímulos que se suceden en pura actualidad requiere el anterior para ser decodificado.

Por otra parte, la concentración, elemento esencial de la subjetividad pedagógica, no es de ningún modo un requisito del discurso mediático. Esta nueva configuración de la subjetividad representa unos cambios en las formas de aprender y representar el conocimiento por parte de los más jóvenes, que ningún sistema educativo ha comenzado a analizar y abordar en toda su profundidad y que a buen seguro tendrán que hacerlo más pronto que tarde.

La escuela, sobre todo la secundaria, nació en un determinado momento, para un determinado grupo social, desde una determinada concepción de la enseñanza y el aprendizaje y con unas finalidades muy concretas. Sin embargo, hoy, no sólo se ha convertido en un derecho sino también un deber para todos, lo que evidentemente ha hecho variar sus finalidades. Además, el saber acumulado sobre el propio aprendizaje ha diversificado las visiones sobre los modos de enseñar y aprender (Sancho, 2002). Pero la cultura escolar y la práctica docente no han cambiado al mismo ritmo que su entorno social, ni la población a la que ha de atender. De aquí que un buen número de estudiantes no la sientan como su lugar para aprender. Incluso un considerable porcentaje de estudiantes que tienen éxito en pruebas como las PISA muestran una sensación de incomodidad, de no sentirse parte de la escuela (en Finlandia el 21,3%, en Corea el 41,4 en Canadá el 20,5%8; en España es del 24%) y un bajo nivel de participación (en Finlandia el 22,9%, en Canadá el 26%; en España es del 34%). Sin embargo, chicos y chicas pasan un promedio de siete horas diarias durante una media de 200 días al año en la escuela en un momento en el que su capacidad de aprendizaje está en plena ebullición y son capaces de dedicarse intensamente a aquello que les interesa (música, juegos de ordenador, relaciones interpersonales, y un largo etcétera).

¿Qué relación con el aprendizaje les propone la escuela? ¿Cómo conecta con el deseo de los adolescentes para aprender tal como lo hacen fuera de la escuela? ¿Cómo tiene en cuenta la biografía de los estudiantes y se pregunta por la constitución del yo epistémico y sobre sus relaciones con el yo empírico, como sujeto portador de experiencias que inevitablemente busca interpretar? ¿Adopta simplemente una posición didáctica en la que se presupone que el yo epistémico (el sujeto del conocimiento racional) ya está constituido y a la espera de condiciones didácticas que le permitan nutrirse del saber de forma ejemplar? (Charlot, 2001).

Las preguntas que se haga la escuela y el sentido de las respuestas que se dé, marcan a su vez la relación institucional con el saber. Los objetos de saber existen para los individuos, pero también para las instituciones (escuela, familia, trabajo). Cuando un individuo aprende en el seno de una institución, sólo podrá ser «buen alumno» caso que se adapte a la relación con el saber definida por la institución (por el papel que le otorga a ese saber, por la organización del currículo y las prácticas de enseñanza, etc.). Mientras el individuo pertenece a varias instituciones, cuyas relaciones con el saber pueden ser diferentes (Charlot, 2001, p. 18).

La capacidad de la escuela para movilizar la entrada de los estudiantes al conocimiento disciplinar, a la actividad intelectual, parece el problema central de la relación con el saber. Una relación que puede explicar por qué (el motivo) y para qué (el fin, resultado) se moviliza o no el sujeto. Lo que está relacionado con qué deseo es capaz de sustentar esa actividad. Esta relación, con el saber, pocas veces planteada de forma explícita por la escuela, parece constituirse en un factor determinante para el aprendizaje, que va más allá de la motivación para convertirse en razón de ser y de actuar. Postman (1999) emplea el término razón en un sentido diferente al de motivación, ya que en el contexto escolar ésta se refiere a un acontecimiento físico temporal, en el que se despierta la curiosidad y se enfoca la atención. Pero no debe confundirse con la razón que alguien puede tener para asistir a una clase, escuchar a un docente, pasar un examen, hacer los deberes o soportar la escuela, aunque no esté motivado para nada de ello. Esta clase de razón es algo abstracta, no siempre presente en la conciencia, que resulta difícil describir. Pero sin su presencia la escolaridad no funciona.

Para que la escuela tenga sentido los alumnos, sus padres y sus profesores necesitan un dios a quien servir o, aún mejor a varios dioses. Si carecen de ellos la escuela pierde todo significado. Aquí viene a colación el famoso aforismo de Nietzche: «El que tiene un porqué para vivir puede soportar cualquier cómo». Ello es de aplicación tanto a al escuela como a la vida en general (Postman, 1999, p. 16).

Es por ello por lo que si la mayoría de los entornos en los que se mueven chicos y chicas –pero sobre todo la escuela– difícilmente fomentan la curiosidad, el riesgo intelectual, el placer por mejorar y aprender, el sentido del esfuerzo, el espíritu crítico y la creatividad ¿en qué condiciones se apropiarán del conocimiento escolar y el mundo que les rodea?

Recuperado de
Re2006.pdf
el 5 de febrero de 2009
Número extraordinario PISA
http://www.revistaeducacion.mec.es/
Aprender a los 15 años: factores que influyen en este proceso
Juana Mª Sancho Gil Universidad de Barcelona

miércoles, 18 de febrero de 2009

Los docentes y los medios

Nuevamente el debate sobre el papel de los medios y sobre la actitud que los diferentes sectores y actores de la sociedad pueden o deben tener frente al sistema masivo de medios. Una polémica sobre el poder, la educación y la construcción de sentidos.

Es nuestra convicción dar cada vez más importancia a la relación Educación-Comunicación, es decir, Escuela-Medios Masivos. Estamos convencidos de que el docente está cada vez más necesitado de “manejar” las reglas de juego y tecnologías comunicativas, no desde el recurso didáctico de “usar” los medios, sino desde la necesidad de “reverlos”. Tanto en defensa de su rol como trabajador de la educación como fomentando el espíritu crítico, dándole batalla desde el aula al flagelo de la masificación.

Hace ya varios años nos decíamos con dolorosa ironía “los docentes enseñamos a leer a los niños, mas no sabemos leer nuestro propio recibo de sueldo”, en clara alusión a la necesidad de crecer en conciencia de nuestros derechos. Hoy, con una escuela que compite en desigualdad de condiciones con la televisión y con Internet, necesitamos aprender a leer el lenguaje audiovisual de las nuevas tecnologías. El hábito de nuestros educandos es “el videoclip y el zapping”.

En este contexto, invito a los docentes a confrontar, influir y construir –poniéndoles “valor agregado” a nuestras palabras– entre las llamadas TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación) y su influencia en el aprendizaje dentro de la escuela. Confrontar con el modelo de exclusión, de una Argentina para pocos, de la eficiencia llevada al grado superlativo, de la especulación financiera, del neoliberalismo social donde “los más aptos sobreviven”, de la escuela de la competencia en contra de la solidaridad, del cientificismo sin trascendencia. Influir ante un gobierno que, cuando acierta, requiere respaldo; cuando duda, requiere aportes; y cuando se tienta con volver a las cómodas recetas del ajuste ortodoxo, requiere firmeza de los trabajadores. Construir con los compañeros, porque únicamente la organización vence al tiempo y no sólo trasciende a ministros, sino también nos trasciende a nosotros mismos.

De ahí que nuestra consigna en el plano de la cultura sea “agreguémosle valor a las palabras”. Y esto desde la doble acepción del concepto de valor, es decir, palabras valiosas y palabras valientes. Por ejemplo, educación liberadora es un concepto valioso, porque nos remite a replantearnos los fines de la educación y a salir de la trampa neoliberal, que la analiza exclusivamente desde la gestión. Pero al mismo tiempo, hablar de liberación requiere un grado de valentía, pues supone denunciar la opresión, la dependencia, la colonización pedagógica y la desinformación. Si anhelamos una Argentina sin excluidos es porque queremos una sociedad de pleno empleo. En consecuencia, es preciso que tomemos conciencia de que solamente lo lograremos a través del sostenimiento de un perfil productivo integrado, diversificado y de alto valor agregado.

Hoy en día se ha desplazado el centro de gravedad del control social desde la escuela hacia los medios masivos, en especial la televisión. Esto implica que los centros de poder invertirán más en la “TV basura” que en la educación. Es contra este antimodelo cultural que debemos confrontar. Para poder revertir esta situación debemos desde el sector educativo influir en la redacción de la próxima ley de radiodifusión. Necesitamos una ley que garantice el derecho a la información de los ciudadanos; así como tenemos una democracia política y queremos una democracia económica, también hay que plantearse la democracia al acceso a la información.

En este sentido, es importante recordar que hay sectores de poder que no quieren que el Estado ni la comunidad desarrollen conocimiento a través de la escuela, ya que esto es susceptible de ser conducido de un modo popular. Se les hace mucho más fácil controlar la sociedad a través de medios de comunicación concentrados y tecnologías difíciles de manejar. Entonces, la escuela tiene una competencia fuerte y la ley de radiodifusión tiene que contemplar esto, porque el rol de los medios masivos debe estar enfocado a ayudar al sistema productivo.
En definitiva, es imprescindible que los docentes nos apropiemos de las Tecnologías de la Información y la Comunicación, no sólo como recurso didáctico para utilizarlos en el aula, sino más bien para comprender los metalenguajes, la construcción simbólica. De este modo, lograremos decodificar y adquirir una posición crítica ante los medios de comunicación.

Promovamos la Formación en la Recepción Crítica de Medios, para evitar una sociedad idiotizada y masificada. Intentemos construir una comunidad en donde cada uno sea artífice de su propio destino y no objeto de la ambición de nadie.


Por Horacio Ghilini *
* Secretario general de Sadop (Sindicato Argentino de Docentes Privados). Secretario de Estadísticas, Registros y Defensa al Consumidor de la CGT.
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